• 23/septiembre/2009 •

Acerca de debates, apriorismos y sistemas

<b>Augusto Cavallari</b><br>Profesor de la Universidad Central de Chile.

Augusto Cavallari
Profesor de la Universidad Central de Chile.

Hemos sido testigos del debate, la semana pasada, entre los candidatos a la Presidencia, señores Arrate, Frei, Enríquez y Piñera, el cual tuvo amplia difusión en los medios de comunicación, especialmente por la televisión abierta, que lo transmitió en vivo, cumpliendo así con la difusión de un evento que era esperado con notoria expectación por nuestra sociedad política y por la ciudadanía, en general.

Una vez concluido, ha procedido el análisis de los diversos sectores, señalando, según el interés de cada cual y –como era esperable- indicar quién de los candidatos venció o superó a otro en diversos parámetros o áreas concretas o su desempeño global. Sin embargo, un aspecto que escasamente ha sido abordado, pero ciertamente no menos polémico, corresponde a la inserción de acusaciones, en el contexto de las intervenciones, lo que generó respuestas duras de los propios exponentes y naturales reacciones de ataques recíprocos.

La pregunta que debe surgir de este contexto es si los debates deben comprender una anticipación de temas a tratar o no.

Es claro que la presentación de temas imprevistos, con una finalidad que la postre resulta inocultable, no tienen por objeto sino descolocar al adversario, de tal manera que no pueda contar con medios o tiempo para explorar, o diseñar un contra planteamiento. El resultado, es que el debate resulta más candente, emocionante e incluso paradójico. Pero nuestra sociedad no requiere de más calor, emoción o paradojas, requiere de soluciones. Para otro tipo de fines o para un público que requiere o precisa entretención, son las polémicas encendidas, abiertamente hostiles o sencillamente dramáticas. La ciudadanía requiere conceptos, ideas claras, proyectos globales y específicos y, finalmente, el don del liderazgo y el carácter macizo que exige el arte de gobernar.

Quien aspira a ser Presidente de Chile no puede ni debe centrarse en cuestiones puntuales ni en defectos de otros, debe focalizarse en aquéllos males que aquejan a Chile, muchos de ellos endémicos, a tal punto que algunos han calificado de inexorables, para tratar de remediarlos y hacer de nuestro país un lugar mejor en el cual vivir y progresar.

No obstante, sin un afán de legislar los debates, esto es, sin pretender seguir una corriente regladora o reglamentarista de todo acto o hecho de carácter público, que encuentra asidero en un principio vetusto, según el cual solamente lo previsto en la ley debe considerarse y aquello que no lo está expresamente o no lo está, merece eliminarse o despreciarse, veremos que, en definitiva, ha resultado nefasto para nuestra sociedad y para el ordenamiento jurídico, toda vez que restringe áreas o espacios, que pueden cubrirse con iniciativas provechosas y valiosas y que pudieron generarse en una atmósfera de creatividad, que exige, a su turno, un mínimo rango de libertad.

Es del caso estudiar la posibilidad de anticipar los temas a tratar en un debate, para que éstos sean comunes a todos los participantes y todos puedan exponer acerca de los mismos.

El tema propuesto, en esta oportunidad, tiene que ver con la

igualdad de oportunidades y medios y del desempeño bajo condiciones similares, que no es, sino la aplicación del relevante principio de igualdad. Y pretende excluir iniciativas de corte meramente efectista, que causan expectación, pero que limitan la medición, incluso en un plano sujetivo, de los partícipes, bajo condiciones de igualdad.

El desempeño futuro de la actividad de gobierno, a la que aspiran los partícipes en un debate preliminar a las elecciones, no puede aquilatarse mediante un espectáculo ocasional, no puede anticiparse ni avizorarse en medio de ataques imprevistos o descolocadores. Por esto es que sería, en nuestro concepto, recomendable que los organizadores de un debate, del nivel que es comentado, previesen la posibilidad de objetar acusaciones sorpresivas y, en este ámbito, hostiles, en orden a permitir que en cada candidato puede advertirse y evaluarse su afán de servicio público, su don de mando y su batería de propuestas, de índole nacional y social que, debe ser, el norte y el fin, de quien pretenda regir los destinos de un país que, sin duda, merece presenciar eventos como el aludido, con una necesaria altura de miras.

Augusto Cavallari.

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