• 26/septiembre/2009 •

Chile, ¿Hacia el Pluralismo Cultural?

<b>Leonardo Mazzei de Grazia</b><br>Director Licenciatura en Historia Universidad Andrés Bello (UNAB)

Leonardo Mazzei de Grazia
Director Licenciatura en Historia Universidad Andrés Bello (UNAB)

Me parece apropiado el planteamiento del ministro Viera Gallo, en el que dice que la pertenencia a una etnia no está determinada por la pureza de la sangre, los apellidos o los siglos de convivencia con otros pueblos mayoritarios. “Lo central – afirma el Ministro – es reconocerse como parte de una cultura y una tradición”. Este es el proceso de identidad, de la construcción de la pertenencia, al que complementa su contrario: el concepto de otredad, es decir, el sentirse diferentes a los otros y el ser reconocidos como tales. “La cara oscura de la identidad – ha escrito el sociólogo Manuel Antonio Garretón – es la autoafirmación total que lleva a la negación del otro”.

Paradigma de la autoafirmación es el pensamiento de Samuel P. Huntington, el conocido profesor de Ciencias Políticas en Harvard, fallecido el año pasado, autor de la teoría del choque de las civilizaciones. Para Huntington la inmigración latinoamericana y, dentro de ella, sobre todo la mexicana, supone una amenaza a la identidad cultural de Estados Unidos. Identidad fraguada por los colonos fundadores angloparlantes. Elemento fundamental de la transmisión cultural ha sido el idioma inglés y el fallecido profesor temía que, con el aumento de la tasa de crecimiento demográfico de los latinos y la continuación del flujo inmigratorio, pudiera llegarse a un bilingüismo ajeno a la tradición identitaria estadounidense. Otros elementos nucleares de la cultura originaria del país del norte son la adhesión al protestantismo y una ética del trabajo.

Las generaciones posteriores de inmigrantes fueron asimiladas en la cultura iniciada por los padres fundadores y realizaron sus propias contribuciones a la misma, pero no la cambiaron en lo fundamental. “Ello se debe – escribió Huntington – a que fue la cultura angloparlante, las libertades políticas y económicas a que ésta dio lugar, las que los atrajeron a Estados Unidos”. La identificación de los estadounidenses con su país alcanzó su máximo nivel durante la Segunda Guerra Mundial. Después declinó, lo que el autor atribuye a la inmigración de origen hispano y a la tendencia pluriculturalista que en la década de 1960 proclamó que Estados Unidos no era una comunidad nacional de individuos que compartían una cultura, una historia y un credo comunes, sino un conglomerado de diferentes etnias y culturas subnacionales. Ello se vio reforzado con las políticas de discriminación positiva, en cuyo contexto se promovió la educación bilingüe, la diversidad lingüística y las ayudas sociales a los inmigrantes ilegales.

En el caso de Chile, por mucho tiempo se sostuvo y destacó su supuesta homogeneidad étnica; pero tal homogeneidad de base mestiza no incluyó a la población de todo el territorio, sino a la que habitaba en el territorio colonizado por los españoles – desde el desierto de Atacama hasta el Biobío-, quedando fuera varios pueblos originarios. Los aymaras que habitan en la franja precordillerana y altiplánica de Tarapacá y, en menor proporción, en la región de Atacama. Según datos del censo de 1992 había 50.000 habitantes chilenos que hablaban esa lengua (en Bolivia y Perú el número de aymaras es mucho mayor: 1.237.660 en Bolivia – censo de 1992 – y 296.465 en Perú – censo de 1993). Los mapuches que según las informaciones proporcionadas por el ministro Viera Gallo llegan a 900.000 en todo el país y frente a los cuales se ha tenido un doble discurso: por una parte el indígena indomable que nos legó su heroísmo patentizado en el emblema nacional -el rojo que representa a la sangre araucana-; y la otra imagen, que es la que ha prevalecido, la del indígena mapuche como un cúmulo de vicios, entre otros, flojera, pereza, alcoholismo (sin reparar que fue el comercio fronterizo el que proyectó el consumo de alcohol a niveles desmesurados). En el extremo austral el contacto con los colonizadores propició la casi total extinción de pueblos como los kawésqar o alacalufes, de los cuales apenas quedarían 17.

Desde otra perspectiva, a la zaga de nuestro mejor posicionamiento económico relativo, nos hemos ido transformando en un país de inmigración. Hay una suerte de “pequeña Lima” que se reúne en las cercanías de la Catedral y Plaza de Armas de Santiago. En el servicio doméstico las asesoras del hogar peruanas suelen ocupar puestos no apetecidos por las trabajadoras nacionales, como es el de empleadas “puertas adentro”. Estas trabajadoras presentan algunas ventajas; así, por ejemplo, se dice que los niños a cargo de ellas hablan un mejor español. Pero no sólo del Perú llegan los inmigrantes, también lo hacen desde otros países latinoamericanos como Ecuador, Colombia y Haití, entre otras procedencias, y hasta vienen de áreas lejanas como Corea. Todavía se recuerda el trance ocurrido a una inmigrante coreana a quien se le impidió el uso de una piscina. Al contrario de lo que pregona la canción “y verás como quieren en Chile al amigo cuando es forastero”, nos falta el sentido de la otredad, de reconocimiento de los otros y del valor de los otros. Debemos, pues, procurarlo para hacer de Chile un país más solidario, un país mejor.

Leonardo Mazzei de Grazia.

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