• 08/diciembre/2014 •

Chile, país de eufemismos

Chile, país de eufemismos

Hernán Narbona Véliz
@hnarbona
periodismohnv.blogspot.com
Poeta, Escritor, Administrador Público y Licenciado en Relaciones Internacionales. Periodista Independiente, autor del libro "Crónica de Dos Siglos", 2010, Fondo Editorial Periodismo-Probidad

<b>Hernán Narbona Véliz</b><br><b>@hnarbona</b><br><b>periodismohnv.blogspot.com</b><br>Poeta, Escritor, Administrador Público y Licenciado en Relaciones Internacionales. Periodista Independiente, autor del libro "Crónica de Dos Siglos", 2010, Fondo Editorial Periodismo-Probidad

Hernán Narbona Véliz
@hnarbona
periodismohnv.blogspot.com
Poeta, Escritor, Administrador Público y Licenciado en Relaciones Internacionales. Periodista Independiente, autor del libro "Crónica de Dos Siglos", 2010, Fondo Editorial Periodismo-Probidad

Los eufemismos son cobardes metáforas que envuelven el lenguaje del pueblo, robándole la verdad y el norte de su futuro.

Un eufemismo es una palabra o una expresión utilizada para sustituir una palabra que socialmente se considera ofensiva o de mal gusto. Normalmente se utilizan eufemismos, entre otras razones, para decir que algo en forma “’políticamente correcta”, para expresar que algo en forma  socialmente aceptable, que suene bien.

Por eso, evitamos decir pobres y decimos vulnerables; en vez de decir golpe de Estado, hay quienes se quedaron con eso de pronunciamiento militar; en vez de decir mendigo o pordiosero, se habla de gente en situación de calle; en vez de hablar de un mentiroso suena mejor que falta a la verdad. En vez de hablar de tráfico de influencias se prefiere decir lobby, conversaciones de pasillo o movidas; los viejos o ancianos son personas de tercera edad; es vez de muerto, se habla de finado o extinto.

Cuando se anuncia que alguien ha muerto se habla de que nos ha dejado, que partió. Si la causa fue un cáncer, no se lo menciona, se habla de prolongada enfermedad. Si un bebé es feo, como muchos lo fuimos, se dice “qué guagüita más simpática”. Las mujeres hoy no se embarazan, entran en estado interesante. Parir es un verbo prohibido, hay que decir  dar a luz. Estar sin pega, es decir cesante, es hoy tener un empleo precario o estar desempleado. Hoy nadie es modista o sastre, ahora son diseñadores de vestuario. El «SAPO» que marca a las micros su frecuencia sería hoy un Supervisor Administrativo de Procesos Operativos. El mozo que nos atiende en un restaurante es un «garzón»  o un «jefe», «oiga, pssshhh».

En política es donde más se usa el  eufemismo. En aras de la “no discriminación” el sordo es alguien con pérdida de audición; el ciego, no vidente; el feo es poco agraciado; así, parecemos “más acogedores”  e “inclusivos”. Los eufemismos distorsionan la realidad, crean realidades virtuales. En los liceos ya no hay matonaje, a eso hoy le llaman mobbing;  en el trabajo el asedio sexual a un subordinado se llama acoso.

El eufemismo quiere suavizar el lenguaje pero sin cambiar el fondo. El Presidente Mujica dijo, por ejemplo, “si a un político le gusta la plata es peligroso, hay que echarlo fuera de la política”. En Chile esa misma idea habría herido muchas epidermis delicadas y se habría dicho como máximo “la relación de política y negocios no es aceptable”. Para evitar llamar a alguien ladrón o corrupto con todas sus letras, se dice que faltó a la probidad y lo sancionan a tomar clases de ética.

En las conversaciones cotidianas, el grueso de la gente tiene convicciones de taxista o de peluquero, flotan en las conversaciones evitando comprometer de manera asertiva alguna posición. Eso permite marchas y contramarchas, con gran superficialidad. Ese trasfondo cultural, es de gran relativismo moral, y frente  a situaciones que debieran mover a la indignación, lo echamos a la broma, corriéndonos por la tangente.

Criticamos la política, pero nada hacemos por cambiar. Los días de elecciones nuestra protesta es quedarnos arrellenados en la cama y no estar ni ahí, con el eufemismo de que al abstenernos estamos ejerciendo la libertad y no siendo cívicamente irresponsables y en vez de libres, esclavos resignados. El gran desafío es hablar las cosas por su nombre, asumiendo lo políticamente incorrecto como conducta ética ciudadana.

Hernán Narbona Véliz

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