• 27/enero/2013 •

Chilito y los chilenitos

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

La realización de la Cumbre Celac-UE ha permitido satisfacer una de las dimensiones más queridas por el ego nacional: Tener a decenas de mandatarios extranjeros alabando al país, diciéndonos que somos un país ordenado institucional y económicamente, que hemos sabido sortear las dificultades de las crisis internacionales, que hemos resistido las tentaciones populistas y demagógicas, que somos casi-casi parte del Primer Mundo.

Eso nos encanta, aunque sepamos al mismo tiempo que tenemos los pies de barro debajo de esa estatua brillante que se irgue para recibir las loas que, posiblemente, no pasen de ser palabras educadas con el país anfitrión.

¿Sentirán los extranjeros la misma admiración por nuestra excelencia cuando ven, por ejemplo, que en una de las primeras reuniones el color de fondo de la bandera de la Unión Europea -azul con estrellas amarillas- fue reemplazado por un tono violeta que no tiene nada que ver con las exigencias básicas de la organización, que seguramente será calificada de todos modos como impecable cuando se vayan las visitas?

Las alabanzas a la economía nacional no consideran tampoco los signos de corrupción dejados en evidencia, por ejemplo, con el caso de La Polar, o con la precariedad del empleo o el nivel de endeudamiento de las personas.

Las loas a la estabilidad institucional y política no toman en cuenta que en nuestro país tenemos un sistema electoral que deja sin posibilidades de representación a un alto porcentaje de personas, ni que no tenemos mecanismos de solución de los conflictos ni para que las personas logren la revocación del mandato de las autoridades electas que no cumplen con sus deberes.

Las exaltaciones a este país que le gusta sentirse culturalmente cerca de Europa y económicamente a los llamados “jaguares asiáticos”, tampoco tienen relación con una Nación en la que más del 80 por ciento de los chilenos no entiende lo que lee y la mitad de ellos simplemente no lee libros.   Del mismo modo, no tienen nada que ver con que tenemos una vasta población que no tiene la capacidad para desempeñar más que trabajos manuales.

Los visitantes extranjeros tampoco dicen que no sabemos proteger nuestras riquezas naturales, que embarcamos el cobre sin fundirlo ni refinarlo, que estamos dispuestos a agotar nuestras reservas de peces por venderlos pronto, que podemos arrasar con la naturaleza y las tierras aptas para agricultura para reemplazarlas por condominios o viviendas sociales.   ¿Por qué no lo dirán?  ¿Dirán algo de nuestra manía de exagerar con los diminutivos mientras ostentamos al mismo tiempo aires de grandeza?

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