• 05/noviembre/2010 •

Comprensión lectora y riqueza de vocabulario

<b>Marco Antonio López Sandoval</b><br>Secretario de Estudio de Pedagogía en Educación Diferencial Universidad San Sebastián.

Marco Antonio López Sandoval
Secretario de Estudio de Pedagogía en Educación Diferencial Universidad San Sebastián.

Una de las principales dificultades del aprendizaje en los jóvenes que cursan la enseñanza media y la educación superior es que no comprenden lo que leen, antecedentes avalados en los resultados de las pruebas de medición nacional como Simce y PSU de los últimos años.

La pobreza de vocabulario de nuestros jóvenes para expresarse reduce sus competencias básicas para cualquier aprendizaje. La asignación del significado de lo que escuchamos o de lo que leemos se origina en nuestro sistema semántico, un verdadero “almacén” de la memoria a largo Plazo (MLP), en donde están contenidos nuestros conocimientos relativos al significado de las palabras.

Este “almacén” se enriquece día a día y constituye una variable extrínseca a cada individuo, dependiendo de los contextos sociales de desarrollo y de las experiencias de aprendizajes lingüísticos a través de la infancia.

Sin embargo, esto tiene mucho de actitudinal y del aprendizaje del buen y adecuado uso del diccionario, herramienta fundamental para enriquecer el sistema semántico de nuestro lenguaje y así poseer el dominio y el entendimiento de lo que leemos.

La responsabilidad que cabe a la escuela o colegio, como así también a los miembros del contexto familiar, en el desarrollo del vocabulario de los niños y jóvenes está dentro de los fines de la educación, dentro del proceso de socialización. Hoy en día, existe una gran brecha del lenguaje cotidiano del niño o joven, adquirido –generalmente– a través de los medios de comunicación y del lenguaje académico utilizado en los ambientes educativos y los marcos teóricos de las bibliografías presentadas.

Si un niño ve al adulto más cercano leer, será probable que considere importante la lectura. Así mismo, con el diccionario. Y por extensión, si no lo escucha en el uso de nuevas palabras, tampoco el menor tendrá oportunidad de enriquecer su vocabulario.

Es por ello que somos los adultos quienes debemos buscar y usar nuevos vocablos, pues antes de recomendar una actividad a las nuevas generaciones, debemos darle la importancia con nuestra propia acción.

El uso de nuevos vocablos dejarían de ser “palabras extrañas” si fueran del uso común y habitual de todos nosotros. El problema de un vocabulario pobre se debe a que, en términos generales, somos perezosos para pensar en la palabra exacta y precisa y no nos damos el trabajo de buscarla en el diccionario. En muchos casos, a pesar de conocer los vocablos precisos y adecuados para la expresión de una idea, recurrimos, sin el menor esfuerzo, a palabras que las sustituyen. Estas palabras vienen a ser una especie de “comodín” en nuestro hablar habitual. “Pásame esa cosa” o “esta cuestión” es bastante común escucharlas entre mucha gente. Incluso, cada vez resulta más común el uso de palabras con un claro sentido vulgar y soez.

Debemos tomar consciencia en esforzarnos en influir positivamente a los niños y jóvenes con palabras que pueden enriquecer su vocabulario, para así desarrollar una sociedad más comunicativa, reducir la brecha lingüística entre lo académico y vulgar, y ampliar los horizontes de la comprensión lectora y de la expresión oral de nuestros niños y jóvenes.

Marco Antonio López Sandoval.

Publicado: 05/11/2010

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