• 13/diciembre/2009 •

Crónica de una elección anunciada

<b>Loreto Ibañez Fontan</b><br>Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Magíster en Persuasión, Propaganda y Manipulación de Masas. Ha trabajado en varios medios de prensa, principalmente en Televisión. Como discípula de importantes escritores de la talla de Pía Barros, Pablo Simonetti y Andrés Rojo, ha ganado varios concursos Literarios, en un género que ella misma define como "realista y pornosoft... la realidad oculta que cada uno de nosotros lleva dentro".

Loreto Ibañez Fontan
Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Magíster en Persuasión, Propaganda y Manipulación de Masas. Ha trabajado en varios medios de prensa, principalmente en Televisión. Como discípula de importantes escritores de la talla de Pía Barros, Pablo Simonetti y Andrés Rojo, ha ganado varios concursos Literarios, en un género que ella misma define como "realista y pornosoft... la realidad oculta que cada uno de nosotros lleva dentro".

Para ser franca, esperaba más para el domingo… Elecciones Presidenciales con más algarabía frente a una visión de cambio y un rito por venir, eran parte de mi expectativa, y por creer en mis presagios más allá de la cuenta -resultados aparte- me llevé un poquito de decepción: ni siquiera el dedo entintado duró lo que en otras elecciones, y qué decir del resto… mi capacidad de asombro, fue otra vez coartada por creerme más irreverente de lo que mi propia y particular realidad permite ante la realidad «real» en que habito por «decreto supremo».

No es que esté sufriendo un ataque de pesimismo; por el contrario. Confieso que, al menos en lo que a resultados «seudopreliminares» respecta -y cualquiera sea el candidato (nombre que no confesaré) por el que yo haya votado- el «Piñerazo» de hoy, supone una suerte de «caos» (recordemos que, de acuerdo a la Teoría del Caos, éste no significa enfrentar un «desorden», sino, asumir un nuevo orden, según sean las condiciones concluidas ante eventos específicos, concretos, científicos y sociales). Y eso es precisamente lo que nuestro país enfrenta tras el último proceso eleccionario… un nuevo orden que demuestra que la historia es cíclica y que no hay mal (ni bien) que dure cien años, y mucho menos como solía decir mi madre -de quien heredé la capacidad de analizar cada cosa desde múltiples perspectivas- y que en paz descanse, tampoco hay ser humano (aquí debo ser honesta… mi mamá decía lo mismo que yo quise escribir, antes de autocensurarme: el dicho reza en realidad, que «no hay mal que dure cien años, ni «huevón» que lo aguante) que lo soporte, y tal como ya he dicho, lo mismo se aplica para lo que pueda considerarse «el bien».

Pero días como hoy, dejan ver que los chilenos somos gente con clara responsabilidad cívica. De acuerdo a las cifras oficiales del SERVEL «El padrón electoral esta vez alcanzó a los 8 millones 285 mil personas, y es el más alto en la historia. Esto implica claramente mayor participación. Hay cerca de 300 mil nuevos inscritos, y es casi un hecho que todos ellos ejercieron su deber ciudadano». ¿Qué puedo concluir? Que cualquiera sea el deseo propio, Democracia es una palabra inmensa, y aunque conozco algunos casos que a estas alturas de la humanidad, siguen renegando de ella, tal concepto, llevado a la práctica, bien podría considerarse en su definición más básica: El Gobierno de la mayoría, lo que a su vez, me lleva a pensar en la capacidad de nuestro pueblo para sobreponer los deseos propios, ante el bien de la comunidad toda… ¡qué maravilla!

Confieso que me viene bien el refrescón: a mis treinta y siete años, crecí pensando que el cargo de Presidente de la República en Chile, era vitalicio… recién cerca de los veinte, descubrí que no, que lo que yo daba por seguro, tenía otro nombre, para muchos impronunciable, o disfrazado de eufemismos que, al fin y al cabo eran distintos modos de decir lo mismo: «dictadura», «gobierno militar» y otra serie de conceptos que ni siquiera vienen al caso.

Recuerdo claramente aquel 5 de octubre de 1989… recién salía yo del colegio y ¡Oh sorpresa!… los Presidentes eran seres que se elegían con lo que se denomina «sufragio» (siempre he dicho que el lápiz y la palabra son las mejores y más sanas de las armas para provocar los cambios). Así, tras un «NO» rotundo, cambiaba la historia, la única historia para mí conocida… pero ¿qué ocurrió entonces? Un país harto de obedecer órdenes por las buenas o por las malas (aquí quisiera hacer análisis aparte de la frase que adorna nuestro Escudo Nacional, y que bien quisiera yo ver alguna vez replanteado: «Por la Razón o la Fuerza» ¡Por favor!… La Fuerza me parece el último recurso, en cambio la Razón, y válgame la redundancia, es para mí -con todo y mis discordancias- el mejor ejemplo de civilidad frente a un acuerdo general de país, porque es la propia Razón, la que nos lleva al análisis común de la visión de progreso y aceptación del deseo mayoritario).

Pero no quiero perder el hilo e irme por las ramas… después de lo que fue para algunos lo peor y para otros lo mejor («dictadura» o «gobierno militar»), nuestro país quedó pegado en lo que representaba lo contrario… ¡Veinte años de Concertación! pero ¿para las nuevas generaciones, que no vivimos cierta parte oscura de la historia y entre las que me incluyo para el caso, cuáles eran los cambios?… «Que veinte años no es nada» dice la letra de un conocidísimo tango, sin embargo, lo mismo de lo mismo, tampoco es un buen modo de alternancia para llegar a ver cambios.

Esta última elección supone un vuelco que ya viene marcada con la responsabilidad de demostrar hacia dónde vamos. Me pregunto ¿será que el Poder va más allá de un pecado capital como la vanidad? Me declaro crédula, y pese a mi inconfesable preferencia… pienso y responsablemente declaro, que espero lo mejor de esta nueva manifestación popular… parece frase hecha, lo sé, pero tal vez por resabios de ingenuidad, creo que para que un país avance, todos debemos remar hacia el mismo lado, o dicho de otra manera «si no puedes contra ellos (y cuando se trata de un estado de Democracia), únete a ellos», miren que si cada uno de los chilenos que votamos, hacemos un mínimo aporte, quién sabe si de una vez por todas, crecemos como personas, como país… mi modesta opinión es que ese es el camino a seguir: mal que mal, del blanco al negro, la carta cromática considera once gamas de grises, pero todas unen una realidad indiscutible que sirve como lazo… el blanco es presencia de luz; el negro es ausencia de la misma, pero el gris, que muchas veces olvidamos, es el puente indestructible, para que cada uno de nosotros, ciudadanos, encontremos un punto para avanzar en beneficio de un Chile que promete, eso sí, siempre y cuando, todos logremos asumir que Democracia es mucho más que un Gobierno del Pueblo… Democracia es trabajar por nosotros, asumiendo que los resultados son fruto del voto mayoritario. Y si logramos tener la madurez que el «nosotros» del que hablo, es un Chile capaz de ver hacia adelante, aprendiendo de su pasado, no tengo duda alguna, que poco a poco, veremos frutos en los resultados.

¿Qué me gustaría? Celebrar no al supuesto ganador, sino llenar las calles para celebrar el cambio. Declaro que cada candidato tenía sus virtudes y yo, como hembra que soy, nunca me quejé de ninguno…

Jorge Arrate era mi ídolo de un Chile que alguna vez fue escenario político de los no resentidos, sino de los románticos.

Marco Enríquez Ominami, seguirá siendo mi «chico» rebelde, al que espero ver compitiendo con toda su fuerza en un próximo proceso eleccionario.

Eduardo Frei, quizás y pese a haber crecido bajo un alero valórico tan indiscutible como el que seguro le inculcó su padre, me provocaba un poco de recelo de haberse repetido el plato (¿lo hubiéramos visto más tiempo en el país que viajando tan exageradamente y con familión incluido como hizo durante su mandato?).

Y de Piñera qué decir… espero que cumpla cada una de sus promesas, que su gabinete sea tal como tantas veces declaró: no por acuerdos políticos, sino por las capacidades de quienes llame a participar de un Gobierno que vaya más allá de sus colores políticos… ESO Sí, y en esto soy irrevocable: hace años que guardo un disco con una animación que cobraré así sea encadenándome desnuda a las puertas de La Moneda… ¡Exijo Sebastián que cumplas la promesa de la que más alarde hiciste todos estos años! QUIERO MI MAPOCHO renovado, sin sangre ni basura… ¡¡¡QUIERO MI MAPOCHO NAVEGABLE!!! Lo prometido es deuda, y yo, tal como cumplo mis promesas, cobro las ajenas… ¿por qué nadie apostó el topless que ofrecí? ¡Porque quienes me conocen saben que mi palabra es irrevocable! (se la perdieron, ¡pero juro que nunca es tarde! Menos aún cuando la segunda vuelta que nos espera el próximo 17 de enero, de sorpresivo seguro que tendrá poco y nada)

Una pregunta al margen y que rogaría me ayudaran a resolver… ¿por qué después de cada elección ningún candidato asume su derrota y todos ganan? Bueno sería que Chile entero se sintiera un triunfador… ya lo dije: si el Mapocho ha de ser navegable, bien valdría la pena que todos remáramos para el mismo lado.

Ahora me voy a celebrar… ¿a celebrar qué? Cualquier cosa… siempre encuentro excusas para inventar celebraciones.

Atentamente,

Loreto Ibáñez Fontan.

Publicado: 14/12/2009

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