• 19/noviembre/2014 •

De la corrupción a la radicalización de la Democracia

Estas últimas semanas nuestras redes sociales y los medios de comunicación se han visto inundados por los escándalos que protagoniza una política trasversalmente dominada por el mercado y el dinero, donde no existe otro fin que el mismo lucro, donde las elites con el poder que le otorga la globalización -que no es más que los diversos mercados- buscan pactar transversalmente con la clase política.

Ahora bien, también fuimos testigos de una marcha en contra del proyecto de reforma educacional del gobierno, una marcha de una derecha social nacida y criada en el seno de la Concertación, la marcha de la Confepa. Sumado a ello existe una ciudadanía que es (des) valorada y se auto valora a sí misma por su mayor o menor acceso al consumo y no por ser portadora de derechos, convirtiéndose entonces el mercado en su espacio público,  lo que va sepultando aún más los vínculos sociales colectivos.

De esta manera se nos aparece sin tapujos cómo el sistema capitalista en su fase neoliberal se ha estructurado de tal forma que no actúa como represor sino como seductor y cautivador, sus tentáculos operan como un poder estabilizador que hace que las personas por sí mismas se sometan al entramado de dominación. El neoliberalismo convierte al trabajador en emprendedor, en empleador de sí mismo, no prohíbe sino que construye el imaginario de la realización mediante el consumo lo que genera dependencia sin tener que pedir explícitamente obediencia.

El Desconcierto, en su columna “Confepa: La marcha de la derecha social” lo ejemplifica muy claramente: “el emprendedor que cree que esa es su identidad, el tipo que comenzó a ver capital humano cuando se mira en el espejo, esas familias de “clase media” que poblaron, por cientos de miles, las villas periféricas de las ciudades del país como quien ocupa la tierra prometida, los sobre endeudados que lavan orgullosos el auto nuevo el domingo antes de echar arriba a los niños para partir al mall; en fin, todos los que escucharon el mensaje de los sacrosantos ministros de Hacienda y quisieron sentirse parte del crecimiento económico e irse a vivir al jaguar de Sudamérica. Suyo fue el éxito del modelo, suya fue su despolitización.”

La explotación con “libertad” hace creer a las personas de que las frustraciones y carencias son culpas propias. Por ello no se hace necesario querer cambiar la sociedad, porque es difícil identificar al sistema represivo como a los opresores  e identificarse a sí mismo como oprimido u oprimida, al contrario las personas se sienten libres, esto hace que la resistencia sea más fácil de neutralizar que de mantener, porque el neoliberalismo hace uso de la “libertad” en lugar de someterla.

Sin embargo viviendo bajo estos tentáculos cuando la concentración de tanto poder se vuelve grosera -como el financiamiento a las campañas- no solo se facilita que se visibilice el conflicto en la cúspide entre política y empresarios, sino que deja en evidencia como dicho matrimonio ha  subordinado al Estado para que sea cómplice de su propio saqueo regulado, que no se perpetúa solo cuando se es parte del gobierno de turno sino también en la posterior recompensa que se le entrega a ese político sensible al poder del dinero que pasa a los directorios de los grandes grupos económicos para ejercer el papel estelar de lobbista.

La corrupción es un elemento que une a la partidocracia en Chile, corroe todo el sistema político, hecho que revienta este año de la manera más escandalosa. Sin embargo el poder fáctico de los grupos económicos sigue siendo fuerte como para que entre cena y cena en la Sofofa regañen a su burdel de políticos que no han podido seguir escondiendo la corrupción bajo la alfombra. A la corrupción política, le gana el enojo del empresariado por proteger su mayor libertad, su libertad de explotación.

Colusiones, intereses cruzados, influencias desmedidas. Ante este panorama se agudiza la crisis de la democracia de los acuerdos con sus guardianes del orden a costa de la desigualdad, que por mucho tiempo ha permitido que los que trabajan no adquieran y los que no trabajan adquieran. A su vez, la democracia liberal representativa no logra contener la desafección de las mayorías excluidas por la política clientelar: de decisiones a puertas cerradas por grupos privados o semiprivados sobre los cuales no tenemos ningún tipo de decisión.

Hoy requerimos rescatar a ese Estado subordinado y secuestrado y dotarlo para que sea democráticamente fuerte. La democracia radicalizada es el espacio donde la sociedad defiende sus derechos de los posibles incumplimientos y agravios estatales, como de su misma corrupción. Una democracia con tiempos de beligerancia que nos permita la redistribución del poder en la sociedad para así evitar la dominación de individuos o grupos que nos imponen su interés de clase como el interés de todas y todos, que lo único que ha hecho es destinar a la existencia de condiciones mínimas de sobrevivencia a la gran mayoría de Chile y aumentar grotescamente el bienestar de los pequeños grupos de poder. Una desigualdad descarnada sin remordimientos  ni tapujos.

Daniela López Leiva

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