• 16/agosto/2011 •

Desmemoriados

Carolina Wemyss Cumsille

Carolina Wemyss CumsilleActualmente es Redactora Creativa de Moreau GTM & C y Encargada del Area de Lenguaje de CAPYTA. Como docente se desempeña en los Centros de Asesoría pedagógica Y Trastornos del Aprendizaje de varias Universidades. Además es Miembro Honorario Cum Laude del Directortio de Suite 121.net 2010.
Carolina Wemyss CumsilleActualmente es Redactora Creativa de Moreau GTM & C y Encargada del Area de Lenguaje de CAPYTA. Como docente se desempeña en los Centros de Asesoría pedagógica Y Trastornos del Aprendizaje de varias Universidades. Además es Miembro Honorario Cum Laude del Directortio de Suite 121.net 2010.

Hace unos días, hablando de todo y de nada con unos amigos, nos enteramos que hay un capítulo final en que el coyote por fin caza al correcaminos y se lo come. ¿Fin de la historia?. De la animada, sí. La nuestra, la real, aún no termina. Aunque tal vez estemos cerca.

En esta vuelta a un pasado común, algunos seguimos el viaje en la memoria hasta encontrarnos con nuestro futuro. Parece contradictorio, pero no lo es. Encontrarse con el futuro en el recuerdo es sólo eludir las trampas del tiempo, para bien o para mal.

Y así como hablamos del correcaminos, que tiene la posibilidad de “volver a la vida” retrocediendo a capítulos anteriores, hablamos también del fenómeno social del “cacerolazo”, que se ha vuelto a dar en los últimos días, y fuimos hacia atrás en la memoria hasta las primeras manifestaciones de este fenómeno, que no fue en 1988, como reseñaba un columnista en un medio escrito, sino a principios de los 70, cuando estaba motivado por el desabatecimiento de alimentos. Problema que fue “mágicamente” resuelto en los días posteriores a nuestro 9-11, clímax de un proceso histórico de supuesto cambio. Suceso del que, aparte del caceroleo, recuerdo a mi madre fuera de casa mendigando comida en las colas (eso era) para nosotros, y a mi padre fuera de casa porque tardaba hasta cuatro horas en recorrer los poco más de 10 km hasta su trabajo por los paros de locomoción colectiva.

Esta era la forma de vida para nosotros, sus hijos. A los 7 o 9 años no hay muchos puntos de referencia para comparar. Y casi siempre los padres se equivocan y creen que los niños no son capaces de comprender la realidad. Pero siempre hay un instante en que la realidad nos golpea y despierta del sopor de la costumbre.

Ese instante fue por esos días a medianoche, en el silencio de una parcela entre los cerros de El Arrayán. Nos despiertan luces y ruidos, y la visión surrealista y aterradora de tres tipos en uniforme de camuflaje y boinas negras, con sus armas apuntándonos directamente… ¡a un par de niños de 7 y 9 años! Eso es la demencia y el caos golpeándote en el rostro y quebrándote la inocencia con el miedo a la muerte.

Por esos años, ese fue el golpe certero; por éstos, fue el ver a los niños asesinados en Gaza a fines de 2008, que esta vez quebró la esperanza al ver aniquilada la inocencia y el futuro en manos de la ambición materialista.

Estos y otros crudos recuerdos son los que, a algunos de nosotros, nos hacen ver con escepticismo la lucha idealista de los jóvenes de hoy en nuestro país, como las de muchos jóvenes a través de la historia. Cito a Emma Goldman: «Todas las guerras son guerras entre ladrones demasiado cobardes para luchar, que inducen a los jóvenes de todo el mundo a hacer la lucha por ellos». Porque esos cobardes arrastran a los jóvenes por las riendas de sus sueños libertarios. Y muchas, ya demasiadas veces, los estupidizados jóvenes terminan matando y dejándose matar para que solo ganen los que nunca lucharon. Y si traemos nuestro pasado común a la memoria, esto es lo que se ve venir nuevamente en nuestro país.

“Me gustan los estudiantes”, cantaba Violeta Parra, que fue bandera de los movimientos que luchaban contra el franquismo en España. A nosotros también nos gustan. Los que realmente estudian. Y no hablo de una carrera profesional, sino de los que a cualquier edad estudian la situación presente desde todas las posiciones antes de decidir su actuar y así poder diseñar un futuro posible sin caer en la utopía.

Y es que hay detalles que siempre se nos van. O que se nos ocultan, más bien. Uno es que el jefe es siempre el que paga, y es él el que pone las reglas. Y sucede que nosotros también pagamos y, por consiguiente, también somos jefes. Y adivinen de quienes. Pero no hacemos legítimo uso de ese poder sencillamente por que lo ignoramos a pesar de lo evidente. Si lo hiciéramos, estaríamos un paso más cerca de la solución. Sólo un paso más, porque el jefe mayor, el que tiene el real poder sobre la vida y la muerte, el jefe de los que pagan, es el que maneja las armas. Que paradojalmente es alimentado (literal) por nosotros mismos consumiendo productos superfluos y espectáculos masivos, y desviando la mirada ante las injusticias y crímenes masivos cometidos a diario en el planeta, haciéndonos cómplices de éstos.

Es por esto que, por ahora, sólo podemos esperar que los niños de hoy no tengan un despertar como el que les cuento, o que si lo tienen, tengan también la oportunidad de contarlo a su vez como la tenemos muchos hoy, y no como no la tendrán tantos otros en aquellos lugares del planeta en que el caos y la violencia brutal se ha instalado como forma “normal” de vida y de muerte. Porque más que una vida digna, lo que se nos ha arrebatado como humanidad es la muerte digna, de la que nos alejamos en el momento en que nos alejamos de la naturaleza y caímos en el delirio de la superioridad de la especie.

No debemos olvidar que, a diferencia del correcaminos, nosotros tenemos sólo una oportunidad para vivir realmente.

Carolina Wemyss Cumsille.

Publicado: 16/08/2011

Loreto Ibáñez Fontan, editora general Columna Digital: loreto.ibanez@columnadigital.cl

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