• 01/marzo/2010 •

Dios y los terremotos

<b>Rodrigo Larraín</b><br>Sociólogo, académico pre y postgrado en las Facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central. Tiene una Maestría en Ciencias Sociales, una Licenciatura en Educación, un post-título de Administrador e Investigado

Rodrigo Larraín
Sociólogo, académico pre y postgrado en las Facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central. Tiene una Maestría en Ciencias Sociales, una Licenciatura en Educación, un post-título de Administrador e Investigado

Comenzaré recordando el diálogo de Yahvé con el profeta Elías (Libro Primero de Reyes, Capítulo 19, versos 9 al 15, especialmente el verso 11: “…después del huracán, un terremoto; pero en el terremoto no estaba Yahvé”. Dios no está o no es asimilable a un acontecimiento de la naturaleza, porque es una persona.

El terremoto es un mal que el mismo Hijo de Dios soportó cuando murió en la cruz, tal como lo relata el capítulo 27, verso 53, del Evangelio de Mateo, y que hizo exclamar al centurión con miedo “Verdaderamente este era hijo de Dios”.

Algunos terremotos en la Biblia son sucesos escatológicos, del final de los tiempos, y sólo esos terremotos que están, por ejemplo, en el Apocalipsis son castigos de Dios. Pero ese libro está escrito en un estilo tremendista.

Suponer que Haití o Chile han sido colectivamente castigados por Dios es una blasfemia, es suponer que todos, aún los justos y los inocentes, son culpables y, sin discriminación, deben ser castigados. Es decir, se trataría de un Dios malo. Aunque fuese cierto que el antiguo dictador haitiano, “Papa Doc”, haya pactado con las fuerzas ocultas del vudú, ¿qué culpa tendrían los niños y las personas buenas? Debemos suponer que Dios abandonó a ese pueblo.

Obviamente no, la miseria haitiana no es el resultado de la falta de ayuda internacional, más bien es el producto de decisiones políticas antihumanas, si queremos ver pecado, este está presente en los que tenían capacidad de decidir el destino del país. No es el terremoto, que es un accidente trágico de la naturaleza y que, por lo mismo, no se puede criticar, es la culpa de aquellos que establecieron una estructura de pecado. También de las pequeñas y grandes negligencias culpables, como en el caso chileno.

La naturaleza es una educadora brutal, lo hace cuando la violentamos ecológicamente y cuando no nos adecuamos a sus leyes. Cuando Dios creo el mundo –la realidad natural o naturaleza– la dotó de un propósito, permitir que el hombre, representado por Adán, fuese señor de ella; pero la dotó de leyes que debían cumplirse, no comer del fruto prohibido, por ejemplo. Sin duda, la leyenda del jardín del Edén tiene un objetivo pedagógico: mostrar cómo se introdujo el pecado en el mundo, como nos llegó la imperfección y el mal. Y esa imperfección fue violar las leyes de la naturaleza tal cual Yahvé lo había dispuesto. Y eso sí es asunto nuestro, de la humanidad representada alegóricamente en Adán y Eva. Y cuando vemos que Chile es un país de pacotilla estamos desatendiendo las leyes naturales.

Ciudades y pueblos mal emplazados, obras públicas y casas habitaciones hechas para que no duren, autoridades negligentes, población vuelta lumpen, vandalismo, etcétera; lo anterior no es de Dios e implica un deterioro de la manera de estar en la naturaleza, en armonía con la naturaleza material y en paz con la naturaleza humana. Pero estos no son tiempos de mucho respeto.

Nótese que lo anterior no está muy distante de los genocidios, las desapariciones, el aborto, la tortura y otras infracciones graves en contra de la naturaleza humana. Pero, a pesar de todo, Dios nos ama y no nos manda catástrofes.

La Sagrada Escritura, según el diccionario que he consultado, contiene 17 menciones sobre terremotos. En lenguaje coloquial, la Biblia no “pesca” mucho a los terremotos, son manifestaciones naturales y punto, y se usan para poetizar los ejemplos, como en la “perícopa” con que empezó la columna. Quizás sólo en el caso del profeta Amós el terremoto tiene una connotación religiosa, pero es dudosa su autenticidad histórica. Solamente Isaías menciona al terremoto como castigo divino, pero las profecías estaban redactadas con un estilo tremendista y apocalíptico. Como en el libro del Apocalipsis donde se habla de los tiempos finales, del juicio a los hombres y a las naciones, pero ¿quién sabe exactamente como interpretar los diversos escritos apocalípticos, incluso el libro de Daniel del Antiguo Testamento?

Un comentario que siempre me llamó la atención sobre este punto. Cuando ocurrió la Reforma Protestante, el doctor Martín Lutero pensó sacar el Apocalipsis del canon bíblico reformado, pero, finalmente, lo dejó porque la tradición lo había considerado. Curiosamente, de la herencia de la Reforma provienen quienes más argumentan con ese libro, que no fue el único apocalipsis de su época, pues varios fueron considerados apócrifos y no entraron en el Nuevo Testamento. Pero, recordemos que Dios no está en el huracán ni en el terremoto.

¿Estamos cerca del juicio, del fin de los tiempos? Algunos así lo dicen, y a veces con una Biblia en la mano, pero el Señor Jesús declara que ni los ángeles lo saben, sólo el Padre. En el Evangelio de Mateo en el capítulo antes citado, se relata que cuando expiró Jesús el velo del Templo se rasgó, tembló la tierra, las rocas se partieron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de hombres justos resucitaron.

En perspectiva religiosa, ¿qué podemos concluir? quizás una sola cosa: que para el próximo terremoto no muera nadie por nuestras faltas, delitos y males, que hagamos nuestra “pega” bien hecha, que no violentemos la naturaleza tanto física como humana, y que, tal como cuenta Mateo, la resurrección de los justos sea una muestra de salvación aquí, en este mundo, en donde comienza la vida eterna. Por ahora, podemos pensar que todas las víctimas inocentes alcanzarán la gracia e intercederán por nosotros, y así obtendremos el consuelo y la esperanza de reencontrarnos con ellos en una vida mejor.

Rodrigo Larraín.

Publicado: 05/03/2010

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