• 10/septiembre/2009 •

Dirigentes políticos: ¿servidores públicos?

<b>Carlos Cuadrado S</b><br>
Director Ejecutivo de Grupo Vértice. Periodista. Magíster en Ciencias Políticas.

Carlos Cuadrado S
Director Ejecutivo de Grupo Vértice. Periodista. Magíster en Ciencias Políticas.

Lo repiten hasta la saciedad cada vez que pueden, como una especie de muletilla, de frase hecha, de recurso discursivo: “soy un servidor público”. Y lo propagan a los cuatro vientos, especialmente en época de campaña, a todo aquél que esté dispuesto a escucharlos.

Candidatos presidenciales, miembros del Congreso, alcaldes, concejales y funcionarios de partido recurren permanentemente a esta terminología. Pero ¿es válido que estos personeros se definan a sí mismos como servidores públicos? ¿Qué es ser un servidor público?

Si tomamos la denotación de la palabra podemos señalar que es toda persona que presta un servicio o labor dentro del ámbito público, por lo que efectivamente forman parte de esta categoría; así como todos aquellos que trabajan en el mundo privado pueden considerarse servidores privados.

La falacia conceptual del significado está en la connotación que los políticos le otorgan a la palabra, es decir, el sentido y orientación que le dan a la misma, ya que cuando se autodenominan servidores públicos, lo que quieren transmitir es que su labor es un apostolado de entrega a la comunidad, con un aroma beatífico y servil, que presenta un alto grado de desprendimiento hacia el prójimo, porque se sacrifica tiempo y se gana menos dinero.

De ser así, ¿podríamos inferir que los políticos (de alto rango) se encuentran en el mismo nivel de servicio que carabineros, bomberos, auxiliares de hospitales públicos, asistentes de hogares de ancianos, voluntariado social, damas de rojo, blanco y verde, entre otros?

¿Está en un mismo rango un parlamentario que mensualmente obtiene una suculenta dieta (remuneración), tiene chofer, celular gratis, bono de bencina, fuero legislativo y que goza de todas las bondades, beneficios y placeres que entrega el poder, a un funcionario de la policía uniformada que a diario debe exponer su vida en la calle, combatir la delincuencia y realizar todo tipo de menesteres riesgosos, para finalizar el mes recibiendo una precaria renta; o de un bombero, quien opera en condiciones extremadamente difíciles y cuya única retribución es alimentar su espíritu de colaboración con la ciudadanía?

Si a todas luces existe una diferencia evidente entre unos y otros, ¿por qué entonces los dirigentes políticos insisten en definirse como tales? La razón tiene una lógica muy clara. La actividad política en su cotidianidad está muy lejos del glamour y grandeza que muestran muchas veces los medios de comunicación. Es un mundillo repleto de pequeñeces, minucias, intrincados laberintos, negociaciones antiéticas, muñequeos solapados, revanchismos, envidias, y conductas poco decorosas, como lo son, en general, gran parte de las acciones que realizamos los seres humanos. Si la actividad política se mostrara tal cual es en el día a día, sería aún más intragable para el electorado.

Por eso es necesario disfrazarla, aliñarla y maquillarla para que se vea más atractiva a ojos de la sociedad, en una especie de asepsia permanente, de blanqueamiento constante que le otorgue cierta épica, pomposidad y cualidades de las que carece. Es publicidad engañosa que utilizan para intentar transformar a esa lejana y fría esfera, en una cálida y abrazadora.

¿No sería absurdo acaso ver a un policía, que tras participar en un operativo antidroga, declarara ante la prensa que actuó en su calidad de servidor público y que dicha condición lo enaltece y lo hace un ser distinto a los demás? Decirlo sería redundante, majadero e innecesario, porque esa característica es inherente a su función y se explica por sí sola. Así como la entrega espiritual le es propia al sacerdote y los negocios al comerciante.

La actividad política no es más ni menos diferente al trabajo que deben realizar a diario millones de chilenos que también se rigen a estatutos, reglamentos y normas de las empresas en el marco laboral, por lo que atribuirse una condición especial por ser político, parece antojadizo e irrisorio.

No por nada, en el estudio de valoración institucional efectuado conjuntamente el 2008 por los centros de pensamiento Cieplan, Libertad y Desarrollo, ProyectAmérica, CEP y PNUD, Carabineros es la entidad que mayor confianza genera en la población con un (56%), mientras que los partidos políticos están en el último lugar con un (6%) y el Congreso en el penúltimo con un (16%).

Ser servidor público es una actitud, una disposición y una voluntad de entrega que se afianza con el tiempo, y no un simple artilugio retórico al que se recurre para legitimarse frente a las masas.

Así como nunca llegará a ser líder quien se considera tal, tampoco será realmente un servidor público quien debe pregonarlo para sentirse uno de ellos, porque ambos son atributos que se construyen en función de los demás y no del ego propio.

Carlos Cuadrado S.

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