• 09/marzo/2010 •

Dos Chile y un terremoto

<b>Carlos Cuadrado S</b><br>Director Ejecutivo de Grupo Vértice. Periodista. Magíster en Ciencias Políticas.

Carlos Cuadrado S
Director Ejecutivo de Grupo Vértice. Periodista. Magíster en Ciencias Políticas.

Tras las devastadoras consecuencias generadas por el terremoto que remeció 6 regiones el pasado 27 de febrero, el país sufrió una fractura expuesta, donde quedaron en evidencia una serie de fallas tectónicas de raigambre social, que demostraron, una vez más, la fragilidad de nuestro tan almidonado progreso.

Si hasta antes del desastre natural nos jactábamos de los avances materiales que habíamos experimentado como nación, después de este episodio habrá que replantearse una serie de indicadores que se maquillaban a través de metodologías confusas. Uno de ellos, es el relacionado con el nivel de pobreza existente en el país, ya que estas cifras han sido utilizadas como caballo de batalla por las autoridades para graficar el nivel de desarrollo experimentado por Chile en los últimos 20 años.

De acuerdo a la última encuesta CASEN, un 13,7% de la población se encuentra bajo la línea de la pobreza, sin embargo, tras el movimiento telúrico que dejó a miles de familias prácticamente en la calle, esa cifra aumentó considerablemente, dando cuenta que la movilidad social existe, pero sólo en los quintiles más pobres, ya que entrar y salir de la pobreza es una constante en la vida de muchos compatriotas.

El terremoto develó de forma casi surrealista la existencia de un número importante de chilenos que vive insertos en un modelo económico de subsistencia, dependientes exclusivamente de los recursos naturales que logran extraer con precarios medios productivos y cuya actividad les permite adquirir lo necesario para el día a día.

Otra de las deficiencias que desmanteló este seísmo, es la amplia brecha entre el poder adquisitivo que ha alcanzado un segmento de los chilenos y el nivel cultural que experimentamos, lo que no necesariamente está ligado al estrato socioeconómico. El ejemplo más claro fueron las desafortunadas declaraciones de un conspicuo miembro del mundo de la construcción, quien comparó el estado de las edificaciones inclinadas tras el terremoto, con la torre de pisa, evidenciando un ejercicio intelectual de pobreza franciscana.

Ni hablar del saqueo y desvalijamiento de centros comerciales, supermercados y todo tipo de boliches en las zonas más golpeadas, que además de demostrar durante horas las consecuencias que provoca la falta de autoridad en un estado de derecho, dio cuenta de la escasa reserva moral que tenemos cuando se nos presenta la oportunidad de acceder gratuitamente a todos esos bienes con que la cultura del consumo nos bombardea permanentemente. Ya va más de 1 millón de dólares en especies incautadas y se espera que la cifra continúe aumentando.

Capítulo aparte merece la ineficiencia institucional del Estado para reaccionar frente a escenarios como éste, dando cuenta de que los recursos que se tienen son precarios y propios de naciones del tercer mundo, incluso aceptando la atenuante de que fue uno de los 5 terremotos más fuertes que se han registrado en la historia.

Mirando la catástrofe desde una perspectiva positiva, este desastre parece ser el mejor ejercicio de humildad para un país que en materia macroeconómica apuntaba sus objetivos hacia la OCDE, pero que en aspectos domésticos, sigue con un retraso abismante.

Son muy loables todos los gestos de solidaridad que se generaron los días posteriores para ir en ayuda de los afectados, pero el trabajo de reconstrucción no sólo deberá ser material, sino que el país requiere también de una restauración social que amalgame un alma nacional dividida por dos Chile, cuyas realidades son diametralmente distintas.

Carlos Cuadrado S.

Publicado: 09/03/2010

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