• 31/enero/2010 •

El Estadio

<b>Felipe De Larraechea M.</b><br>Periodista, Consultor de Comunicaciones Estratégicas.

Felipe De Larraechea M.
Periodista, Consultor de Comunicaciones Estratégicas.

Con resignación, pero sin asombro, escuchamos a la Presidenta Michelle Bachelet dar la triste noticia referente a que la última gran obra a inaugurar bajo su administración, el remodelado Estadio Nacional, no estará finalizado para el 3 de marzo próximo, fecha repetida hasta el cansancio y en la que estaba prevista una jornada doble – si, como las de antaño para regocijo de los nostálgicos – con la Roja de todos como protagonista y las selecciones de Costa Rica y Corea del Norte como invitadas.

Tristes los futboleros, tristes los rockeros, resignada la ciudadanía.

«No vamos a entregar un estadio a medias» enfatizó la Mandataria, lo que debe ser aplaudido por todos. Pero es lo mínimo que esperábamos escuchar luego de los horrores descubiertos en los otros estadios inaugurados por el Estado y confirmados por la Contraloría General de la República. Grietas, filtraciones de agua y daños estructurales son el penoso resultado del trabajo hecho «a la rápida», o sea mal.

No hay que ser un erudito en construcción para darse cuenta que la batalla de explicaciones dichas por los responsables del proyecto no tienen sustento alguno. ¿No había ningún inspector disponible encargado de controlar el avance de los pedidos a los contratistas?

Hoy, la opinión pública acostumbrada a este tipo de situaciones no se traga cualquier cosa, no cree lo primero que le dicen, y exige que los responsables se hagan cargo de sus errores.

Parecer ser un síntoma endémico de las últimas administraciones. Buenas ideas – qué duda cabe de aquello – aunque pésimamente ejecutadas – tampoco hay dudas de esto último -. La ausencia de personas técnicamente capacitadas se evidencia con ahínco luego de destapadas este tipo de situaciones, dónde queda demostrada su necesidad y preponderancia para el éxito futuro de cualquier tipo de proyecto, le disguste a quién le disguste.

Con esto entonces, es esperable que el inoperante – políticamente hablando – y sobrevalorado 81% de aprobación de los chilenos para con Michelle Bachelet (es decir ocho de cada diez personas) comience a decender dramáticamente, mismo efecto que sufrió el ex presidente Lagos, sucesos que llegó a tal nivel que desencadenó en lo que todos ya sabemos: borrarse de cualquier tipo de contienda electoral para dedicarse a la sustentabilidad del planeta tierra (lo vi en su Honda Civic Híbrido hace una par de días en Manquehue con Vitacura, por lo que puedo dar fe de esto último).

Una nueva manera de hacer las cosas. Una mejor manera.

Y hacía allá apuntan los mensajes y guiños que nos ha dado Sebastián Piñera durante las semanas posteriores a su triunfo electoral, y que representan efectivamente lo que esperamos. Que por fin se cierre el candado del pasado que por tanto tiempo ha mantenido abierta la puerta a heridas y divisiones, a santos y demonios, y a la institucionalización oficializada de las malas prácticas.

Pese a todo, lo único cierto es que finalmente, y para desdicha de algunos, será el propio Sebastián Piñera el encargado de cortar la cinta. El hecho, esperamos, sea un indicativo de lo que viene.

Felipe De Larraechea M.

Pubicado: 03/02/2010

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