• 10/agosto/2009 •

El hospital de Pablo y la crisis en la gestión

<b>Marcos Vergara</b><br>Académico Escuela de Salud Pública Universidad de Chile.

Marcos Vergara
Académico Escuela de Salud Pública Universidad de Chile.

Escribir del Félix Bulnes y de la gestión de los hospitales representa para el que suscribe una tarea cargada de sentimientos intensos.

En primer lugar, porque mi hijo Pablo, el menor de dos, nació en los pabellones del Félix Bulnes, por cesárea, hace 21 años. En ese momento, el factor de decisión fue que mi colega, el obstetra de la madre de Pablo, trabajaba allí.

Yo mismo, 32 años antes que Pablo, nací en el Hospital San Juan de Dios, del mismo Servicio de Salud del hospital Félix Bulnes, en Santiago. Preciso es recordar que por aquellos entonces no existía la aseguradora Colmena Golden Cross, que paga la cuenta, ni la Clínica Las Condes, adonde vamos a dar los médicos cuando nos enfermamos hoy por hoy, dado que no nos andamos con chicas.

Hace 21 años, cuando Pablo nació, el gobierno militar había empezado a jugar los descuentos y nos preparábamos para hacernos cargo del sector público de la salud que, a nuestro entender, pasaba por su peor momento, en particular en los hospitales, que habían sufrido la sequía de la rigurosa política fiscal y del foco de recursos escasos puestos en la atención primaria.

Me pregunto ¿Qué hace que hoy, al igual que cualquier ciudadano, pueda yo dudar de tomar la misma decisión de hace 21 años, más allá de que se haya abierto para mí -por pertenecer al estrato social privilegiado- el acceso a las más sofisticadas instalaciones sanitarias? ¿Cómo es posible que después de los esfuerzos realizados por sucesivos gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia, a los que personalmente adscribo aún con entusiasmo, la situación pudiera ser peor que en aquellos entonces?

Se me ocurren tres cosas:

Primero, que hay un cambio notable en la ciudadanía, la que empieza a no estar disponible para aceptar su destino así simplemente, si cree que no ha recibido la atención apropiada por algún servicio público, los hospitales entre ellos. El AUGE promueve esto y la ciudadanía se ha encontrado con los medios, con los cuales puede tejer ahora un espacio de reivindicación.

En segundo lugar, porque los recursos allegados al sector no han sido suficientes. En efecto, mientras el sistema privado ha duplicado su capacidad instalada en la última década (ya había crecido de manera sustantiva desde la creación de las Isapres en adelante), el sector público todavía no alcanza niveles de inversión que le permitan siquiera cubrir la depreciación anual de sus activos fijos. Es decir, se descapitaliza año a año. Calculábamos con mis colegas, con data disponible, que poner a los hospitales públicos en una situación técnicamente comparable a la del sector privado (no en hotelería, sino en capacidad resolutiva y actualización tecnológica) representa una cifra cercana a los 2 mil millones de dólares de una sola vez, para empezar. El tema acá es dónde poner los recursos, pues cuando aparecen voces que reclaman por ello, es necesario advertir que los recursos no pueden tener cualquier destino dentro del sistema. Y es necesario priorizar.

Y en tercer término, me aparece el otro tema que me compromete personalmente, pues éste es mi giro: la gestión. Es necesario decir al respecto que, efectivamente, los hospitales públicos se encuentran todavía rezagados (por cierto no todos en el mismo grado y hay honrosas excepciones) en esta materia central para la calidad de los servicios y para la seguridad de los pacientes.

Digámoslo de una vez. La gestión hospitalaria como tema universalmente aceptado en todas las latitudes a estas alturas del partido ha sido resistida en Chile por razones ideológicas. Como si hacer gestión en salud y en los hospitales fuese algo malo. Como si los servicios hospitalarios proporcionados por hospitales públicos fuesen “bienes públicos” respecto de los cuales el interés por la gestión es pecaminoso y mal intencionado.

Podemos entender el trauma que significó para los hospitales públicos la irrupción de los muchachos programados por los “chicago boys” después del 73, quienes fueron comisionados para administrar la escasez, bajo la hipótesis de que había ineficiencia hospitalaria, lo que en rigor puede haber sido poco discutible, pero hay formas y formas. En efecto, soy un convencido de que ese trauma hizo retroceder significativamente el tema de la gestión hospitalaria en el país, incluso desde las aulas (la propia Escuela de Salud Pública a la que pertenezco), donde se había alcanzado a esbozar programas orientados a desarrollar esas competencias de gestión. Es decir, hablar de gestión en un hospital empezó a ser una muy mala noticia.

Pero ha llegado el momento de dar un salto en la materia. Hemos de removernos de nuestros viejos traumas y asumir que tenemos un problema de gestión en los hospitales, asumirlo seriamente, tan seriamente como para acompañar esta convicción de los recursos que harán falta para salir adelante. Entre otras muchas cosas, habrá que remunerar apropiadamente a los directivos, aún cuando esto provoque malestar en los sindicatos. De lo contrario el sistema de Alta Dirección Pública tendrá que batirse en retirada del sector. Y con la cola entre las piernas.

Marcos Vergara Iturriaga

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