• 31/agosto/2010 •

¿El olvido de La familia en el debate educacional?

<b>Rodrigo Ahumada</b><br>Director de Historia y Geografía Universidad San Sebastián.

Rodrigo Ahumada
Director de Historia y Geografía Universidad San Sebastián.

¿Tiene algo que decir la familia sobre la educación de sus hijos en una sociedad cada vez más compleja como la nuestra? ¿Puede recaer todo lo que consideramos educación sobre los hombros de los profesores, que carecen muchas veces de la formación y de las herramientas adecuadas para comunicar los valores esenciales para una genuina formación humana? Antes de responder a estas interrogantes, nos parece importante señalar dos ideas directrices que nos permitan situar adecuadamente la presente reflexión.

En primer lugar, la educación en cualquiera de los niveles que se le considere (familia, escuela, universidad…) siempre es formación integral de la persona. Esto implica al menos dos cosas: primero, que el sujeto central de la tarea educativa siempre es la persona del educando; segundo, que la educación al ser formación, no puede ser reducida a la mera transmisión de contenidos o de habilidades por muy importantes que ellas sean. Toda obra educativa, exige por parte del educador ya sean padres, apoderados o profesores, desarrollar en el educando su libertad interior, la responsabilidad consigo mismo y con sus semejantes, y la formación afectiva que le permita vivir la maravillosa realidad del amor y de la amistad. Todo esto implica una sólida formación en valores tanto morales como cívicos sin los cuales la libertad, la responsabilidad y el amor serían tan sólo una mera caricatura.

En segundo lugar, la educación siempre es educación ante alguien no ante algo. Esto quiere decir, que no obstante la importancia que tienen actualmente, las metodologías activas de aprendizaje, la presencia del educador es absolutamente indispensable (padres, apoderados y profesores). Su tarea consiste esencialmente en guiar mediante el principio de autoridad a la persona que va a ser educada para que ésta desarrolle, en la medida de lo posible, todas sus capacidades o potencialidades mediante el cultivo de sí mismo en la verdad y en el bien.

A partir de estas ideas se entiende, entonces, que si es por la educación que la persona alcanza su plena madurez y realización humana, la familia es el primer lugar y el fundamental “medio social” (no el único), donde ella recibe los bienes y los valores indispensables para su existencia como sujeto humano. Es en la familia donde aprendemos a dar nuestros primeros pasos y pronunciamos nuestras primeras palabras; donde adquirimos los primeros hábitos esenciales para la vida cotidiana; donde vivimos nuestras primeras alegrías y tristezas… Pero sobre todo, aprendemos a recibir y a entregar cariño de nuestros padres, hermanos, abuelos y parientes. En síntesis aprendemos a ser personas.

¿Cuál es entonces la tarea de la familia en educación? La respuesta nos parece más que evidente. Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, a ellos les corresponde primera y fundamentalmente, como derecho inalienable la educación de los mismos y, por lo tanto, ellos son los primeros y principales educadores. No se trata tan sólo de un derecho, sino también de un deber de la familia. Pensemos que este deber es de tal trascendencia que cuando, por diversas razones no está presente, es difícil poder suplirlo, como lo demuestran los estudios más recientes tanto de la psicología como de la pedagogía y sociología. Por esta razón, la familia debe esforzarse por crear o favorecer el desarrollo de un ambiente humano animado por el amor, y por el respeto mutuo, que favorezca la educación integral tanto personal como social de los hijos. De ahí la importancia de promover en nuestro país políticas públicas para proteger y fortalecer la familia. En efecto, en cuanto la familia es esencialmente comunión de personas, se convierte en la primera e insustituible escuela de sociabilidad, el lugar natural y el instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la sociedad al desarrollar un clima de respeto, justicia, diálogo y amistad.

Si estos valores, que se aprenden y viven primeramente en la familia, no se defienden y promueven, la democracia no es sostenible en el tiempo, y el desarrollo integral de nuestro país que la ciudadanía clama y anhela corre el riesgo de transformarse tan sólo en una quimera.

Rodrigo Ahumada Durán.

Publicado: 31/08/2010

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