• 14/enero/2010 •

El progresismo

<b>Rodrigo Larraín</b><br>Sociólogo, académico pre y postgrado en las Facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central. Tiene una Maestría en Ciencias Sociales, una Licenciatura en Educación, un post-título de Administrador e Investigado

Rodrigo Larraín
Sociólogo, académico pre y postgrado en las Facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central. Tiene una Maestría en Ciencias Sociales, una Licenciatura en Educación, un post-título de Administrador e Investigado

El desafío de imaginar la sociedad futura quedó, para la izquierda, entrampado por el así llamado «socialismo real» (el que resultó de la revolución rusa y, más tarde, de la invasión del Ejército Rojo a otros países, gracias a la guerra desencadenada por los nazis). La pregunta que apremia es de si es posible un proyecto socialista, de izquierda y progresista. Y si somos más rigurosos, si este proyecto socialista puede ser uno que no tenga nada que ver con el marxismo.

Personalmente creo que la propuesta de Marx es una de entre muchas acerca de cómo construir la sociedad de mejor modo. El pecado ‑‑no de Marx sino de la propuesta «socialista real»‑ fue que derivó a un totalitarismo atroz, que en nombre de la libertad y la felicidad humanas impidió esas mismas cosas que decía buscar.

Lo que está cuestionado, entonces, es la superioridad moral del socialismo respecto del capitalismo. Ni más ni menos. ¿En qué podría ser mejor?, ¿Es posible distinguir un sistema como el de Stalin, Mao o el de Kim Il Jong, con otro encabezado por Mussolini o Hitler? ¿Qué tienen de socialistas o democráticos populares los regímenes autoproclamados socialistas que dejaron príncipes herederos como Ceaucescu en Rumanía, al hijo de Kim en Corea del Norte o la curiosa herencia fraternal de Cuba? La pregunta más incisiva aún es, si a pesar de todo esto, vale la pena seguir en la izquierda o quedó cancelado para siempre el ideario socialista. Yo no lo creo.

Es legítimo seguir soñando cómo podría ser la realidad futura, para dónde podríamos avanzar y cual debiera ser el sentido del progreso. Es decir, considero y afirmo que es posible un sistema moralmente superior al capitalismo desbocado o salvaje. Creo, como el viejo Protágoras, que es posible el humanismo y «que el hombre es la medida de todas las cosas». Por eso soy progresista.

¿Qué es ser progresista? Adherir a una serie de valores y normas morales de la convivencia social, que específicamente hoy día, se contraponen a la tecnoburocracia inhumanizante de la modernidad. ¿Cuáles valores y normas? Un conjunto lo suficientemente amplio que no derive en prácticas casi religiosas (cierto marxismo fue una religión y, en general, la mala política se vive con pasión religiosa fundamentalista). La religión en Occidente suele mostrar lo más óptimo del ser humano, la caridad, la compasión y la piedad, pero a veces éstas no alcanzan para cubrir un defectillo religioso: el fanatismo para imponer la verdad a la fuerza. De ahí que junto a los valores absolutos de la verdad, la justicia y la libertad haya que añadir la tolerancia.

Tolerancia en sentido etimológico es soportarnos. Uno debiera soportar el mal aunque no lo comparta. Además, como nuestra sociedad civil es heterogénea la única posibilidad de convivencia democrática es la tolerancia, porque la sobrevivencia social misma debe ser conservada. Nuestra sociedad es frágil, sus estratos son algunos modernos, otros atrasados o bien simplemente marginales. La izquierda progresista tuvo el mérito de fortalecer (e incluso crear) la sociedad. Lo hizo desde el Estado, y ello no es ningún pecado, sobre todo preocupándose de cuatro cosas, algunos todavía resisten: educación, salud, medios de comunicación y vivienda.

La izquierda progresista creó sociedad, mas su error fue su incapacidad de crear desarrollo económico. Pero, incluso, esta no fue su culpa, sino más bien ello se debió a una cultura premoderna. Se crearon capas medias, un proletariado incipiente, un mínimo de campesinos conscientes de sus derechos, una delgada capa intelectual, se expandió la educación básica y media, se luchó por universidad para todos, se fomentó la lectura, etc., etc. Pero nos faltó racionalidad, solidaridad, democracia, método científico, espíritu crítico, industrialización agraria, tolerancia entre otras muchas cosas, y nos sobró simulación: esfuerzos denodados para ocultar nuestra condición mestiza, mucho querer blanquearnos, bastante sentirnos europeos y otras sandeces que hasta hoy gozan de buena fama (se habrán fijado en el «casting racista» de nuestra publicidad, por lo menos). Por ello es que hoy día algunos simplones llaman modernidad a la sociedad de consumo, o al más vulgar de los capitalismos usurarios. Otros más snobs prefieren decir, sin entender, posmodernidad.

La ética de la más mínima responsabilidad aún nos empuja a levantar una propuesta emancipadora del ser humano. Tal vez Marx ayude si de profeta lo volvemos a mirar como un crítico social (sin olvidar que vivió en el siglo pasado), también el cristianismo que se interpela cómo dar respuesta a épocas posmodernas, quizás el pensamiento laico de raíz masónica, una dosis de irreverencia y, por encima de todo, que lo que propongamos no puede ser pura palabrería sin sustancia pues hay mucho en juego.

Rodrigo Larraín.

Publicado: 15/01/2010

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