• 21/octubre/2009 •

El sentido psicológico de la pareja

<b>Marco Antonio Campos</b><br>Psicólogo clínico y psicoterapeuta. Académico de la Universidad Central.

Marco Antonio Campos
Psicólogo clínico y psicoterapeuta. Académico de la Universidad Central.

Parece bastante evidente que la pareja, la relación con un compañero afectivo, ha ido evolucionando con el paso del tiempo y en consonancia con los cambios culturales, políticos y económicos.

Con más libertad, con menos tiempo, y con mayor diversidad que generaciones precedentes hoy vivimos nuestras relaciones con nuevos desafíos y contradicciones, con oportunidades y complicaciones que hacen de este tipo de vinculamiento un aspecto central de la vida de una gran mayoría de personas alrededor del mundo.

Básicamente en una relación de pareja se establece un lazo afectivo entre dos personas en el cual existe un profundo y distinguible sentimiento de exclusividad. Este sentimiento de exclusividad se experimenta normalmente como placentero y acompañado de una representación mental en el que nos reconocemos a nosotros mismos como un ser humano especial y único para el otro en la relación.

La búsqueda de un compañero afectivo es parte de nuestro comportamiento innato y, en este sentido, no sólo tiene importancia en la biología de la reproducción. La psicología moderna ha encontrado suficiente evidencia que demuestra que las personas que tiene pareja son más sanas, viven más años y en mejores condiciones que aquellos que viven solos.

El vivir en pareja conlleva un sentido psicológico muy profundo relacionado con la identidad personal y la satisfacción de necesidades de filiación, permite ampliar los límites de la conciencia y enriquecer y expandir nuestro mundo afectivo. La pareja es un referente emocional único que aporta a la identidad de las personas y al sentido de continuidad existencial en cada uno de nosotros. La necesidad de vincularnos afectivamente como adultos tiene una estrecha relación con nuestra tendencia de vinculamiento al inicio de nuestras vidas.

Psicológicamente hablando, una relación de pareja provee de un espacio de desarrollo personal insustituible dada la intensidad y la calidad de las emociones que en ella se desencadenan. De hecho, cuando iniciamos o terminamos una relación surge en nosotros una diversidad de tonos emocionales tanto agradables como desagradables que no se sienten bajo ninguna otra circunstancia existencial.

Las tonalidades emotivas que se puedan experimentar dependen de cuáles son las necesidades, las motivaciones y las expectativas que ponemos en la relación. Por lo general, las personas pueden estar en búsqueda de seguridad, de confirmación, de protección o simplemente de cariño, o tal vez la combinación de algunas de estas. En definitiva, lo más importante en una relación es el modo en que nos sentimos y nos vemos a nosotros mismos en ella. Es decir, más allá de quien sea la persona con la que estamos, es el modo en cómo nos sentimos con ella lo que define la relación, su calidad y su duración.

Efectivamente, cuando nos involucramos en una relación de pareja establecemos una serie de reglas y compromisos más o menos inconscientes. El modo en que nos relacionaremos con la otra persona, si seremos o no puntuales, cuánto espacio de libertad dejaremos para nosotros y cuánto nos pedirán, quién manejará la relación, cómo se tomarán las decisiones importantes, cuáles son los límites para quienes están fuera de la pareja, son todos aspectos que van definiendo a la relación y a quienes forman parte de ella.

Para algunas personas el único modo de sentirse enamorados y comprometidos en una relación es sintiendo la completa seguridad de que son el ser humano más importante en la vida del otro, el más importante, a veces lo único verdaderamente importante en la vida de su compañero (a). Otros, en tanto, deben asegurarse un espacio de libertad y de cuidado antes de vivir una relación con más plenitud, es como si el compromiso fuera tolerable sólo en estas condiciones. Otros, aquellos que viven obsesionados con el abandono y le temen al rechazo podrían pasarse la vida entera sin comprometerse para evitar la pérdida y, si lo hacen, probablemente tendrán esta misma sensación con más frecuencia de lo que desearían.

En la relación de pareja las personas tenemos la oportunidad de conocer a fondo a ese ser humano que es nuestra compañera afectiva y, quizá más importante, tenemos la oportunidad de saber mucho más sobre nosotros mismos al experimentar e indagar en el complejo mundo afectivo que se despliega en ese círculo especial de intimidad en el que se desenvuelve la relación.

La búsqueda de un compañero afectivo impone una serie de tareas las que la mayor parte del tiempo son asumidas de un modo inconsciente. Después de esa química inicial, que muchas personas describen como inmediata, las personas se disponen para conocer más a fondo a él o la candidata. Es frecuente que en esta etapa, cuando iniciamos una relación de pareja, junto con la ilusión, la alegría y el misterio de la seducción puedan surgir sentimientos de inseguridad o de temor. Muchas personas, por ejemplo, necesitan estar completamente seguras de que no recibirán un rechazo para abrirse y mostrar sus sentimientos. Otros, en cambio, pueden desplegar un complejo repertorio de pruebas para “testear” al compañero.

Una relación de pareja impone, al igual que muchas experiencias humanas, un desafío a la propia identidad. Es un desafío por cuanto ésta nos obliga no sólo a reorganizar nuestro modo de hacer las cosas, sino porque además produce cambios en el modo de sentir y de sentirnos a nosotros mismos

El funcionamiento de una relación de pareja implica una coordinación entre quienes la conforman, es una “sintonía” muy sutil en la que están coordinados aspectos como las emociones, ritmos psicofisiológicos, expectativas y comportamientos. Cuando esta coordinación se pierde la pareja comienza a experimentar conflictos. La coordinación en la pareja no es una simetría entre las personas que la conforman, no se trata de que ambos miembros de la pareja funcionen del mismo modo. En realidad el concepto alude a un modo de relación en el que cada uno puede ser el que es y, que, en este ser el que se es aceptamos y somos aceptados, respetamos y somos respetados como seres humanos legítimos, únicos, especiales. Visto así la coordinación tiene que ver con la capacidad que tenemos de ver al otro en su dimensión humana, sin idealizaciones ni descalificaciones. Para ello debemos saber distinguir nuestro comportamiento del otro, diferenciar el propio mundo interno del funcionamiento de nuestra pareja; conocer nuestro modo de sentir para comprender cómo nos afecta el modo de ser de nuestra pareja. Esto es uno de los aspectos más sorprendentes y enriquecedores de una relación: todo lo que podemos aprender sobre nosotros mismos al vernos en ella. En efecto, cuando estás en una relación y si te tomas el tiempo de ver con cuidado, podrás encontrar un camino que te llevará a tu mundo interno y en él verás aspectos de ti mismo que te sorprenderán, es un camino de autodescubrimiento, una senda hacia la autoconciencia.

La coordinación en la pareja no es una condición estable, rígida o congelada. Como en toda relación se producen oscilaciones, discrepancias y desbalances que desafían a la pareja y a su identidad, a la vez que promueven el cambio y la evolución de la relación.

Cuando las discrepancias superan la capacidad da la pareja para mantenerlas dentro de márgenes aceptables y ya no es posible integrarlas dentro de los límites propios de su identidad surgen conflictos más serios, verdaderas crisis de pareja.

Una pareja en crisis no es necesariamente una relación que termina. Es un momento que evidencia que el modo en que los miembros de la pareja se han estado relacionando ya no provee de una sensación de plenitud y felicidad, esto debido a que el modo en que nos sentimos en la relación ya no es el mismo de antes. Podrías sentir que no eres lo más importante en la vida de tu pareja, o que donde habías encontrado seguridad y cuidados hoy sientes desprotección. En el fondo, el modo en que te ves a ti misma (o) en esa relación ya no te hace sentido o desafía groseramente tu propia identidad personal.

Una revisión de la relación ha de ponerse en marcha antes de tomar decisiones que marcarán nuestras vidas para siempre. En ella la pareja deberá buscar el modo de comprender los factores que están generando la descoordinación, analizará el camino recorrido y pondrá las cartas sobre la mesa con honestidad y confianza con el fin de reencontrarse en una relación que ha de experimentar una evolución necesaria. En otras palabras, debemos comprender que las parejas van experimentando cambios que son producidos, entre otras cosas, por niveles crecientes de compromiso, por la llegada de los hijos, por cambio en las motivaciones y expectativas de cada uno de los miembros de la pareja que – obviamente – son personas que siguen en evolución. Las relaciones de pareja cambian y nuestra habilidad de percibir las necesidades del otro y de ver lo que nos ocurre pude ayudarnos a seguir en ellas. Si no somos capaces de generar los cambios necesarios, entonces probablemente, esta será una crisis que la pareja no podrá superar y pronto sobrevendrá la tristeza y la angustia de la separación.

En síntesis, a la hora de la crisis esta puede ser vivida como una oportunidad de cambio o bien como un estancamiento inútil que nos pondrá de vuelta en la senda de la soledad, el vacío y/o el sinsentido.

Marco Antonio Campos.

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