• 15/junio/2013 •

El valor de la política

<b>Camilo Escalona Medina</b><br>SenadorEx presidente del Senado

Camilo Escalona Medina
SenadorEx presidente del Senado

En el debate público se da por establecido que hay una crisis de la política; observar los ajetreos por espacios mediáticos de distintas figuras así parece confirmarlo. Para mí el dilema es más grave. Lo que vivimos hoy en Chile es un cuestionamiento profundo al grado de desigualdad reinante en el país. Por ello, el tema de fondo es la crítica a un sistema político que se percibe incapaz de hacerse cargo de ese problema.

Hay fenómenos que se han manifestado a escala planetaria, como los desencantados o indignados. Solo en los países herméticos, como Corea del Norte, o con regímenes integristas sin libertad de conciencia, el fenómeno adquiere otra naturaleza. En la sociedad democrática, aquella que busca orientarse por decisiones adoptadas racionalmente, se rechaza un tipo de modelo que ha separado con una irrefrenable desigualdad a unos grupos humanos de otros, con una fractura definitiva.

Tampoco ayuda en nada al rescate de la política el exitismo del Gobierno, su enorme autocomplacencia, su porfía en tratar de convencernos de que vivimos en una realidad que solo existe en el convencimiento de los gobernantes. En Chile, con un Estado débil, este fenómeno crítico es aún más duro, ya que a la desigualdad se agregan vergonzosos abusos de poder que distancian aún más a las personas del sistema político. En esa dirección, vamos mal.

En consecuencia, el valor actual de la política democrática significa que prevalezca la razón por sobre la sinrazón.

Desde el mismo sistema político hay un deterioro que empeora la situación, de modo especial el desdibujamiento de los proyectos políticos nacionales, que debiesen presidir la línea de conducta de los diferentes partidos, fuerzas o corrientes que se desenvuelven en el escenario nacional. La irrupción de un canibalismo político, en que no existen propuestas de sociedad, sino que el exclusivo afán de destruir al adversario, aun cuando este se encuentre en las filas del mismo partido u organización, es una de las manifestaciones más deplorables de una acción política mezquina, de corto plazo, del exclusivo afán individual del cacique o caudillo de turno.

Por otra parte, se registra un notorio debilitamiento en la consistencia que debiesen tener las diferentes corrientes de opinión para asumir y defender sus opciones de sociedad. Hoy bastan algunas opiniones aisladas «por Twitter» para modificar la agenda y se promete lo que no se está en condiciones de cumplir. Se ha llegado a un punto demasiado riesgoso, se confunde la ciudadanía con populismo y el espacio público se faranduliza, lo que en los hechos excluye o posterga los temas que afectan a millones de personas, que son reemplazados por presiones de corto plazo o alcance. Con ello, las alternativas nacionales se ven empequeñecidas y se debilitan las políticas públicas, así como la eficiencia y legitimidad de la democracia.

Por otro lado, los partidos políticos invierten poco en sí mismos, en la formación de los suyos, en la fortaleza institucional con que actúan. Se reconoce que sin partidos no hay democracia, pero ante la impopularidad en las encuestas, actores políticos significativos se presentan como si no lo fueran. Se ha instalado un hábito tan impropio como desafortunado. Para rescatar el valor de la política, quienes la ejercen deben, en primer lugar, dignificarla como una herramienta esencial para la democracia. Esa es una responsabilidad que no se puede eludir.

De igual forma, en el afán mediático que se ha impuesto, los propios parlamentarios actúan como si no fueran tales. Se presentan como si realizaran tareas de significación comunal, pero que no son de su condición o competencia de legisladores, lo que ha llevado a que un número significativo de buenos congresistas, aquellos que enriquecen el proceso de formación de la ley, hayan sido excluidos, porque fueron atacados sin descanso con la excusa de que estaban «lejos» de la gente, argumento central de la demagogia y legitimación de las malas prácticas, las de ganar una elección recurriendo a cualquier método o instrumento.

Así se da la paradoja de que se pueden aprobar leyes imperfectas o claramente lesivas socialmente, con el entusiasmo de los que se autodefinen con más propiedad «al servicio de la gente». Más desprestigio ocurre cuando se denuncia cohecho en el curso de la discusión de una ley decisiva, como la de Pesca, y se revela la conexión perversa entre política y dinero.

Esto lo acentúa el sistema binominal, en que ese tipo de elementos se hacen imprescindibles para su fuerza política. Sin ellos se puede perder la representación parlamentaria, de manera que el binominal premia, al final, las malas prácticas y produce el más severo debilitamiento de los partidos políticos.

Por eso, me parece lo más urgente cambiar el binominal y rehacer el camino perdido, en el sentido de reinstalar el valor de la política como aquel inspirado en proyectos de sociedad, cuyo propósito no es ni puede ser otro que el interés nacional. Eso permite ver que el arte de la política no es conseguir una cuota de poder a cualquier precio, ni el enriquecimiento individual o de grupos, sino que la capacidad de conducir el Estado hacia metas nacionalmente compartidas. En otras palabras, ser capaces en esta década que vivimos de enfrentar y reducir la desigualdad en Chile.

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