• 01/mayo/2018 • Educación
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En defensa de las actividades extraescolares y extraprogramáticas en la Escuela…

Cristian M. Cárdenas Aguilar
Prof. Ciencias Sociales / Mag. en Economía y Gt. Regional

Las actividades extraescolares y extraprogramáticas tradicionalmente han ocupado un sitial secundario – a lo sumo complementario – en la escuela. Aunque parezca incomprensible, son muy pocos los proyectos educativos que entregan real importancia a este tipo de acciones a nivel nacional, por lo que no resulta exagerado afirmar que al parecer existe un desconocimiento de los múltiples impactos positivos que estas oportunidades generan en la formación integral de los y las estudiantes.

El contexto escolar actual y, en concreto, el proceso de enseñanza aprendizaje, parece estar en demasía circunscrito a un método de constante adquisición de conocimientos según áreas del saber. Así es común encontrarse con realidades en las cuáles muchos profesores y profesoras consideran que es parte de sus responsabilidades abocarse única y exclusivamente a la entrega de conocimientos especializados de acuerdo a los niveles – llámese cursos – que los educandos van superando en el tiempo, siendo estos últimos en la mayoría de los casos receptores pasivos y no activo – constructores de sus propios aprendizajes.

Por lo expresado previamente, no es extraño apreciar y determinar que existe una excesiva “segregación disciplinaria” al interior de la escuela, dónde es cotidiano observar que profesores y directivos consideran a un estudiante “exitoso” como aquel que demuestra un buen rendimiento (notas) por asignaturas y en pruebas estandarizadas como el SIMCE o la PSU. Y lo que es peor aún: creer que un área es más importante que otra, inculcando – tal vez inconscientemente – una cultura de priorización que no es recomendable dado que los niños y niñas se encuentran en una etapa de búsqueda de motivaciones. De ser así, el quehacer docente y escolar propiamente tal sería muy limitado y retrógrado, situación que es totalmente contraproducente con el desarrollo transversal que a temprana edad debiese fomentarse. Por el contrario, sin descuidar lo disciplinario, también desde la escuela se requiere propiciar más espacios, incentivos y estímulos para que con frecuencia los educandos vislumbren habilidades, destrezas y motivaciones inter y transdisciplinarias.

¿Por qué entonces las actividades extraescolares y/o extraprogramáticas debiesen tener una posición mucho más central en el ambiente escolar y educativo? Para autores como Mahoney, Cairos y Farwer (2003), las actividades extraescolares mejoran el nivel educativo, las competencias interpersonales, y el nivel de atención del alumnado en general. Para otros especialistas como Hollway (2012) y Bauer (2003), este tipo de espacios aumentan la motivación, y estimulan el pensamiento crítico y la madurez personal, respectivamente.

En nuestro país existen muchas opciones de participación externa, así como también las propias de cada establecimiento educacional, aunque en estas últimas se aprecian bastantes desequilibrios. Lo cierto es que cada espacio es una oportunidad de notable crecimiento y desarrollo personal para estudiantes, profesores e incluso familias. Así, cualquiera sea el taller de artes, ciencias, deportes u otro que se lleve a efecto, los beneficios van a ser siempre colectivos. Misma situación para actividades que involucran contacto con el entorno, como ser el caso de Explora, Delibera, Olimpiadas de Matemática y Actualidad, Economía más Cerca (Banco Central) y muchas otras, las que en general desarrollan en sus participantes incontables impactos que van mucho más allá de la mera adquisición de conocimientos disciplinarios.

Finalmente, sólo decir que la experiencia personal lleva a concluir que las actividades extraescolares y extraprogramáticas requieren urgentemente mayor énfasis en la escuela, aunque siempre teniendo especial cuidado con no saturar en términos de tiempo a los estudiantes, dado que el tiempo para el ocio (tiempo libre) en una necesidad elemental. Este tipo de actividades generan un fuerte sentido de pertenencia (identidad), refuerzan ostensiblemente la autoestima, convicciones, valores y principios, propician el conocimiento del entorno y sus diversas realidades socioeconómicas, permiten el contacto de los y las estudiantes con sus pares fomentando las relaciones interpersonales, desarrollan habilidades y destrezas muchas veces “ocultas” en los niños (as), involucran y comprometen a las familias (apoderados) en los procesos, mejoran las relaciones sociales entre los participantes, ayudan a gestionar de mejor forma los tiempos y generan un clima de positivismo en base al descubrimiento de motivaciones que a la larga favorecen al rendimiento escolar convencional.

Nuestro sistema educacional debe y puede avanzar hacia un equilibrio entre el currículo tradicional y las actividades extraescolares. La educación con sentido es posible.


Cristian M. Cárdenas Aguilar
Docente Ciencias Sociales

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