• 29/octubre/2010 •

En los 80

<b>David Bueno</b><br>Periodista.

David Bueno
Periodista.

31 de octubre. 12 de la noche. Decenas de niños golpean la puerta de mi casa pidiendo dulces. Gritan como locos. Están desatados. Hay vampiros, princesas, diablos y personajes de terror. No les abro. No tengo dulces. Espero tranquilo que dejen de gritar y se vayan. Lo hacen, pero antes lanzan dos huevos hacía la ventana que se quiebran en mi cama y el computador. Todo mal.

Esto me pasó el año pasado y me puede volver a pasar. Y tal vez no sea el único caso. Tal vez a muchos les pase. Y mientras escribo esto y pienso en dónde voy a comprar dulces para evitar “actos vandálicos”, hago un ejercicio de memoria para recordar de dónde salieron estos personajillos malvados que se disfrazan cada fin de octubre para recorrer las calles de la ciudad con sus dulces y travesuras. En lo que los gringos popularizaron como Halloween o noche de brujas.

Más allá del origen del festejo – sea celta, americano o de Chuchunco City- y de las razones por las cuáles llegó a nuestro país, esto no pasaba en los ochenta. Al menos cuando yo era niño.

No recuerdo haberme disfrazado de nada para esa época, ni pedir dulces, ni hacer bromas, ni nada. Tal vez se hacía, pero yo no me acuerdo. Que me corrijan los más “viejitos”.

En los ochenta nos preocupábamos de otras cosas. De la pichanga en la esquina, el trompo, las bolitas, el volantín. Del “ring raja”, el tombo, las naciones. Y me quedo corto. Todos los días eran Halloween, pero nosotros no lo sabíamos. Éramos malvados de enero a diciembre.

En el caso de las niñas tampoco tengo memoria de estas prácticas al respecto. Era común verlas jugar a las muñecas, a “tomar once” o a saltar la cuerda hasta que llegara la noche. Y tal vez más allá. Ninguna bruja ni doncella. Ni por si acaso.

En los ochenta compartíamos el mismo pan con mantequilla entre 20 amigos y tomábamos todos de la bebida de litro que habíamos comprado luego de hacer “la vaca”. En los ochenta jugábamos al caballito de bronce o al cargar la mata y nos pasábamos por buena parte todos los malos olores, porque todos olíamos a lo mismo.

En los 80 no existía el Play Station, ni el Nintendo, ni nada. La diversión estaba en la calle. Conversábamos largas horas con nuestros amigos sin importar el reloj. Así nos enterábamos de sus vidas y las de toda su familia. De las cosas que les pasaban, de sus proyectos, de sus sueños. No era juntarse a apretar botones y luego “calabaza”, cada uno pasa su casa. Era compartir, sentarse en la cuneta. Subirse al árbol.

En los ochenta juntábamos laminitas de todos los álbumes habidos y por haber y los jugábamos en plena calle. Nos gastábamos todo la mesada hasta esperar completar el álbum y que nos saliera “la clave” para cobrar el premio. Molíamos los cubos con una piedra para beberlos cansados luego de jugar a la escondida. O a la escondida con pelota. Para los que se acuerdan.

En los 80 el barrio era el barrio. Nacíamos y nos criábamos donde mismo y nuestros padres también. Y los vecinos eran amigos. Se saludaban, se juntaban los fines de semana y se ayudaban.

En los ochenta no había Internet y las tareas las hacíamos de los libros de nuestros viejos que terminábamos recortando y pegando sobre carpetas. Sacrificando todas las enciclopedias. O de lo contrario, yendo a la biblioteca del colegio a pelear por el ventiunico libro que había. No había más.

En los 80 disfrutábamos de los casette y del personal stereo. Y rebobinábamos la cinta con un lápiz de pasta para que no se agotaran las pilas. Ni pensar en los discos compactos, el mp3 ni nada que se le parezca.

En los 80 veíamos todos los mismos “monos” y teníamos conversaciones en común porque la oferta de canales era mínima. Había más integración.

Y ahora. Ahora debo ir a comprar dulces para que no me “apedreen” la casa con huevos crudos. Prepararme para Halloween, noche de brujas o cómo se llame. Soportar las travesuras de los niños, en una celebración que no es de ellos, no es tuya, no es nuestra. Pero es lo que hay.

Entonces cierro el baúl de la abuela. Y guardo los trompos, bolitas, cuerdas, pelotas y volantines, pero sin candado. Para sacarlos de vez en cuando y recordar que en los 80 nosotros éramos igual y hasta más felices. Y con menos plata.

David Bueno.

Publicado: 29/10/2010

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