• 17/febrero/2013 •

Estar solo

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

Joseph Ratzinger ha anunciado su decisión de renunciar a su trabajo, lo que no tiene nada de particular aunque ese puesto sea el de Papa, si no fuera por el hecho que esa medida refleja al mismo tiempo lo que siempre se suele decir, en cuanto a la soledad del poder.

En el caso del alemán, esa soledad tan propia de los poderosos lleva aparejada consigo la contradicción de que está a la cabeza de una iglesia que todos los domingos ora por él, que se trata de una institución excepcionalmente vertical en la que uno supondría que basta con que su líder imparta una orden para que sea obedecida, aun cuando se trate de un asunto que entra en el pensamiento y la vida privada de las personas.

Resulta raro entonces que alguien así se sienta solo.  Puede estarlo quien no tiene nadie que lo acompañe o que nadie siquiera se interese en una conversación, pero no es el caso, como le ocurre a millones de personas sin las oportunidades de un Papa.

Oficialmente, Ratzinger ha dicho que carece de las fuerzas para cumplir con sus responsabilidades.  Está en todo su derecho, pero en los días posteriores se han venido entregando otras interpretaciones que ponen en duda la efectividad de su supuesto poder y hasta ahora se ha dicho incluso que la idea de retirarse a un monasterio dentro del territorio del Vaticano -un estado independiente, hay que recordarlo- incluye el propósito de eludir cualquier obligación de responder ante la justicia casi por cualquier tipo de investigación en la que pudiera estar relacionado, ya sea directa o indirectamente, por acción u omisión.

Sin duda, eso es estar solo, como un dictador que ha perdido su autoridad y no le queda más defensa que el dinero que pudo acumular en su momento.  Es bastante triste que el representante de Dios, una autoridad moral que debiera ser sinónimo de intachabilidad, esté expuesto a ese escenario de tener que autorecluirse para no responder por sus actos.

Algo se hizo mal y es difícil pensar que Ratzinger o los oscuros vericuetos del poder pontificio sean los únicos responsables, pero lo concreto es que en estos días cuesta encontrar personas interesadas en asumir un cargo que tradicionalmente estuvo tan rodeado de honor, prestigio y poder.

Es probable que alguien siga rezando por Ratzinger porque, como dice la sabiduría popular, a nadie le falta Dios, aunque sus propios representantes hayan faltado a sus deberes de forma que toda la majestad moral que acompañaba el cargo de Papa esté puesta ahora en duda.

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