• 05/agosto/2010 •

Fundamentos éticos de la modernización del Estado

<b>Rodrigo Ahumada</b><br>Director de Historia y Geografía Universidad San Sebastián.

Rodrigo Ahumada
Director de Historia y Geografía Universidad San Sebastián.

Una de las tareas pendientes y prioritarias para la consolidación de la democracia, el crecimiento económico, y la promoción de la igualdad de oportunidades como pilar indispensable para el desarrollo integral y armónico de nuestro país, se encuentra directamente ligado al tema de la modernización del Estado.

Los numerosos casos que hemos conocido en las administraciones recientes de corrupción, falta de probidad, mala gestión, o simplemente de inoperancia política en la administración pública, como consecuencia en gran medida de la proliferación de “operadores” políticos carentes de las competencias profesionales necesarias, y enquistados en el aparato estatal deambulando por las diversas reparticiones públicas, son un ejemplo patente de lo que señalamos.

Desgraciadamente, muchas de las soluciones que se han planteado en el debate público, sin ser necesariamente malas, son radicalmente insuficientes, porque adolecen de una reflexión previa y rigurosa sobre los fundamentos éticos de dicha modernización. El gran olvidado sigue siendo la persona concreta. Las recientes cifras que hemos conocido estos días sobre el aumento de la pobreza en Chile ligado al crecimiento de la desigualdad en la distribución de ingreso no son una mera casualidad, son la consecuencia y el rostro más dramático de un Estado inoperante.

No nos engañemos, cuando hablamos de modernización del Estado, lo que está en discusión en último término, dice relación con una apremiante interrogante: ¿Quién es el actor fundamental de la actividad política en una democracia, la persona o el Estado? Precisemos desde el inicio. El único sujeto, y al mismo tiempo principio y fin de la política es la persona y no el Estado. En efecto, la persona en cuanto es un sujeto racional y libre es un fin en sí mismo y no un medio u objeto que puede ser manipulado o instrumentalizado para fines distintos al mismo bien de la persona.

El Estado, en cambio, es un medio o instrumento cuya tarea consiste en ser rector del bien común, cooperando de manera eficaz y eficiente para que cada persona alcance su pleno desarrollo y realización, garantizando siempre el respeto a su dignidad inviolable. Para decirlo con el filósofo de la democracia, Jacques Maritain: “El Estado es aquella parte de la sociedad política cuyo objeto propio consiste en mantener la ley, promover la prosperidad común y el orden público, y administrar los asuntos públicos” (Cf. El Hombre y el Estado).

No debemos olvidar, que en una sociedad democrática, la persona siempre es un sujeto activo, pensante, dialogante y creativo, artífice de su propio destino. En ningún caso, hablamos de un ente pasivo cuyo único papel en la sociedad consistiría en esperar que el Estado le resuelva todas sus dificultades y problemas asumiendo una función “paternalista” que por definición no le corresponde.

Al contrario, en democracia la tarea del Estado consiste en crear el conjunto de condiciones políticas y sociales que permitan a todos y cada uno su mayor realización espiritual y material posible, respetando en ese cometido la libertad, dignidad, derechos e iniciativa creadora de la persona.

Por esto, estamos convencidos que si no existe claridad sobre los fundamentos éticos sobre los que se sustenta la modernización del Estado. En otras palabras, sino se coloca nuevamente a la persona en el centro de la actividad política, difícilmente nuestro país podrá realizar el paso definitivo al desarrollo que la ciudadanía espera de sus gobernantes.

Rodrigo Ahumada Durán.

Publicado: 05/08/2010

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