• 21/abril/2013 •

Guerra

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

A pesar de su habitual lenguaje florido, esta vez causaron impresión las declaraciones del presidente de Renovación Nacional, Carlos Larraín, luego de la destitución del ahora ex-ministro Beyer, en cuanto a que “la guerra está declarada”, en respuesta a la votación opositora en este tema, pero la verdad es que no es nada nuevo, a pesar de que más de alguno reaccionara con temor.

En la historia nacional siempre ha habido un enfrentamiento duro entre facciones políticas adversas, desde O’Higinnistas y Carreristas, Pipiolos y Pelucones.   En el Gobierno de Frei padre, por ejemplo, los partidos de la Unidad Popular rechazaron la posibilidad de apoyar al candidato DC en las elecciones siguientes con el famoso “Con Tomic ni a misa”.

La guerra civil contra Balmaceda es el único de estos enfrentamientos que calificaría como una guerra, porque lo ocurrido durante la dictadura no fue una guerra ni se trataba de una disputa por razones ideológicas, sino de la recuperación de la democracia.

Tampoco hubo guerra cuando los mismos que defienden a Beyer aprovecharon exactamente la misma institucionalidad para destituir a la entonces ministra Yasna Provoste.

Guerra es cuando hay dos bandos armados disparándose con balas de verdad. Lo que hay es una disputa política y nada más.   No hay que exagerar.   Y menos cuando el primo del ministro es el amigo del cuñado del senador y al final todos se encuentran en el matrimonio de la hija del dirigente de los empresarios con el hijo del juez.  En Chile rige una democracia en la que los puestos altos difícilmente son accesibles para quien no pertenece a alguna de las familias tradicionales de la política nacional, y no es posible una guerra entre familiares.   Pueden dejar de hablarse los hermanos, los padres y los hijos, pero nunca llegan a las armas, así que hay distinguir las declaraciones de Carlos Larraín como una muestra más de su ininteligible sentido del humor.

Otra cosa que hay que considerar además es que, pese a todas las manifestaciones rimbombantes de unos y otros, en esencia Gobierno y oposición coinciden en muchos asuntos, comenzando por entronizar la valoración de la economía de mercado como valor superior a la política.   Mientras los que se oponen a esa visión no alcancen el poder, no hay posibilidades reales de disputas políticas en serio y todo se reduce a poner más o menos énfasis en asuntos puntuales, como las políticas sociales, pero la esencia del modelo chileno se mantendrá intacta y la estructura política seguirá sin muchas mutaciones, incluyendo las bravatas.

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