• 30/septiembre/2009 •

Imagen, Satisfacción y Amor

<b>Francisco Diez Becker</b><br>Director Psicología Universidad Andrés Bello.

Francisco Diez Becker
Director Psicología Universidad Andrés Bello.

Días atrás apareció en la prensa la imagen de una modelo mostrando unos “kilitos de más”. No se trataba de una mujer con sobrepeso u obesidad mórbida, sino de una modelo que mostraba un “rollito” a la altura del abdomen. La estrategia mediática surtió efectos positivos para el medio en cuestión y encendió comentarios a favor y en contra por todo el mundo.

Una queja recurrente de muchas mujeres fue la imposición de un canon de belleza que consideran injusto, entendiendo por tal una figura física difícil o imposible de alcanzar, inclusive poco saludable (y con razón). La pregunta entonces es: ¿porqué se somete una mujer a ese canon?. Respuesta: por una demanda de amor. Por más pedestre que resulte leer esa sentencia, sus efectos no son simples ni obvios; basta constatar la prevalencia de trastornos alimenticios y cuadros depresivos asociados al estrés y la angustia por conseguir la imagen deseada. Los hombres tampoco escapamos a esto, porque la imagen no sólo se refiere al físico, sino también a un estatus económico o de éxito.

Queremos que otro nos mire, nos admire, nos desee y en definitiva, nos ame.

Freud, en los albores del psicoanálisis, se refirió a esta característica pulsional: todo objeto es transitorio en la satisfacción que otorga, y habrá siempre un nuevo objeto de deseo en el futuro. En otras palabras, la insatisfacción es estructural y es por eso que las cosas que poseemos, aún cuando todavía funcionan, las reemplazamos por otras. El consumismo apela a eso, creando necesidades relacionadas con una imagen cuyos objetos cambian, satisfaciendo sólo momentáneamente.

Si nosotros mismos nos “cosificamos” en pos de una imagen externa, nos sometemos a igual derrotero que los objetos: ser reemplazados. La consecución de la añorada imagen externa no es garantía de felicidad; es más, nos expone a relaciones emocionales superficiales, porque quedamos cautivos de una especularidad muy feble. Cuando fracasan estas uniones no sólo se pierde a la pareja, sino parte de uno mismo, ya que la identidad (amor propio, autoestima o como quieran denominarlo) radicaba en algo (alguien) externo, insostenible sin ese otro. Estos son los duelos que producen los peores efectos clínicos, porque no se trata ya sólo de enfrentar la difícil pérdida de alguien que nos es querido, sino de la pérdida del Yo, que dejamos de ver en los ojos de ese otro como si fuera un espejo.

La reificación del yo en una imagen, el narcisismo vacío, oculta justamente aquello que nos singulariza, nos hace únicos y que trasciende en el tiempo…y con algo de suerte, irremplazables para otra persona.

Francisco Diez Becker.

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