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Secretaria de Estudios Psicología Universidad San Sebastián Sede Osorno.
No son pocas las lecciones que el terremoto del 27 de febrero nos legó. Aquél, toda una tragedia natural y social, cuyas réplicas en ambos sentidos aún persisten y que ha venido a trastocar, violentamente de un momento a otro, toda aquella solidez y seguridad que nuestro sistema político, económico y social aparentemente nos generaba. Seguridad y solidez, bases de un vanidoso exitismo y supuesta felicidad. Hay una frase que, aunque paradójica o, tal vez contradictoria, reúne la certeza capaz de disminuir nuestros actuales miedos a lo inconmensurable y al fracaso: “lo único constante es el cambio”.
Por más simple que parezca, esta frase sólo tiene sentido si es asumida en su total profundidad. Pues, los cambios que provocamos o, de los que somos pequeños e inocentes actores en el teatro de la naturaleza, siempre tienen su propósito. Cierto es, que al salir de nuestra zona de confortabilidad para enfrentar o sobrellevar los cambios, resulta difícil movilizarse hacia aquello que es desconocido, novedoso y, que muchas veces nos aterra.
Considerar y reconsiderar, una y otra vez, los parámetros que entendemos y que facilitan nuestra senda hacia el éxito y la felicidad, debe ser la primera tarea que las consecuencias del terremoto nos llaman a asumir de manera reflexiva. Pues, el camino hacia lo que concibamos por éxito y felicidad sólo dependerá del análisis y entendimiento de nuestras experiencias, expectativas, anhelos y sueños.
Para este logro,
Por ello, con el dramatismo del terremoto en la mente, la televisión retratando nuestra precariedad económica y espiritual, los escombros en las ciudades, caletas y pueblos asolados recordando a diario lo que fuimos, aparece como el momento propicio para demostrar lo que estamos dispuestos a luchar y a sacrificarnos por encontrarle un nuevo sentido a esta nueva etapa que como persona y como pueblo, la naturaleza sabiamente nos ha llamado a asumir.
María Angélica Elgueta.
Publicado: 14/05/2010
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