|
|
Abogado y profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Chile.
El sacerdote Karadima es inocente. Eso hasta que no se demuestre lo contrario. ¿Y entonces por qué tanta alharaca entre la feligresía que se precipita a poner las manos al fuego por él? ¿Cómo fue que este episodio logró poner en jaque a la jerarquía eclesiástica chilena, enfrentando al arzobispo de Santiago con su subordinado directo, el obispo auxiliar Andrés Arteaga? Como si ya no fuera lo suficientemente difícil hacer girar ese pesado y gigantesco portaviones que es
Así como en este caso algunos se apuran en absolver al sacerdote Karadima, otros desde la comodidad de sus casas condenan sin miramientos y de inmediato a los que por televisión son exhibidos como culpables cuando apenas son detenidos. Hacemos esta clase de cosas, sin distancia, sin siquiera pensarlo dos veces. Condenamos y absolvemos, según sea nuestro estado de ánimo. Lo hacemos porque no entendemos de que se trata el principio de inocencia, que dicho sea de paso, recién llegó a estas latitudes de la mano de la nueva justicia criminal. Este principio se asienta en el hallazgo hecho por la cultura anglosajona que probar hechos ocurridos en el pasado (todo delito se comete allí) es algo particularmente difícil. En la reconstrucción racional de eso, el pasado, hay que tomar distancia y actuar con saludable escepticismo. El juicio por jurados se establece en Inglaterra en 1215, luego de la abolición de las ordalías y sus horrores. El estándar de la duda razonable cuelga entre 1500 y 1800. En otras palabras el principio de inocencia y las reglas que indican como ponderar la prueba quedaron fijados ya al despuntar el siglo XIX. Por eso, estas cuestiones son parte del acervo cultural de esos pueblos, y por eso también no ocurre lo mismo entre nosotros. Es una importación no tradicional demasiado reciente. Así que no es de extrañarse.
Para colmo confundimos el derecho con
Marcelo Toro.
Publicado: 28/04/2010