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El opio y el mundial
Ricardo Pinto Neira

Periodista. Columnista Diario El Sur de Concepción y El Clarín Chile.

Dicen que el fútbol es como la religión. Una droga para embobinar multitudes, para aletargarlas. Triste definición narcótica de una pasión que mueve masas, no precisamente en Chile, aunque se piense lo contrario.  El mundial ha permitido verificar en el ambiente lo mejor y lo peor de lo nuestro. Los bemoles de una hinchada “menos hincha” de lo que parece. De un pueblo enfrentado a su triste historia de sinsabores y derrotas.

 

Tanto así que ahora, las más extrañas y exitistas manifestaciones tienen como denominador común un entrenador. Uno de calidad indiscutida. Más bien, un tipo lo suficientemente profesional como para detestar los fanatismos desbandados. Uno que comete errores, los corrige y se mantiene fiel a una filosofía. Uno que está lejos de ser el mentor de un cambio de mentalidad transversal. 

 

Pero los chilenos sienten que alguien nos convirtió en ganadores de golpe. Y corren. Se ponen la camiseta. Y vuelven a ser más nacionalistas que nunca. Como en España 82, Francia 98 o en los días en que la victoria se amiga con los nuestros. Nadie se acuerda de los estadios vacíos en que juegan el Chago Morning, Palestino o la U de Conce. No hay minutos en la televisión para la miseria de la Primera B o la Tercera División. El fútbol nuevamente vende. El mercado le abre las puertas y el consumismo nos refriega la necesidad de sentirnos parte de un mismo sentimiento, aunque no tengamos idea de cómo se juega a la pelota.

 

Lástima. Porque desde el punto de vista más objetivo, lo de Chile en el mundial era a todas luces esperable y hasta ahora, que enfrenta a Brasil en octavos de final no obedece a ningún análisis sociológico que amerite una revolución social. Le ganó a los que tenía que ganar y perdió con uno de mayor jerarquía. Simple.

 

Pero acá se presta para el show y no para la evolución ideal de la que todos hablan y a la cual estrujan aprovechando de lucrar. Seguimos mirando trastes en la tele en desmedro del debate futbolero, nos anticipan y muestran la parte más desbocada de las hordas delincuenciales en celebraciones, como si el destrozo fuera parte esencial al manifestarse en un país lo suficientemente aporreado por la naturaleza. Yo, que tengo mis años, o estoy muy equivocado o parece que he visto siempre lo mismo.

 

Acá hay que aprovecha la bonanza segura. La última vez que Chile hizo algo digno en una copa del mundo se reflejó apenas en los dos años siguientes, con una medalla en las olimpiadas de Sydney. Después, regresamos a la irregularidad, a los egoísmos, a la desidia de un pueblo que sólo celebra mientras gana y da la espalda cuando pierde.

 

Viene una Copa América. Y luego un mundial en nuestro continente. Esta generación joven debe mantenerse intacta más allá de lo que traigan en el bolso desde Sudáfrica. Lo de los entrenadores, créanme, da lo mismo en la medida que sean estrictos, que impongan respeto y se den a entender fácilmente con sus dirigidos y su entorno. Bielsa, más que enseñarnos a ser ganadores, sólo ratificó el camino que en su momento timbraron Jozic, Acosta Y Borghi. Todos foráneos, Todos impartían respeto.

 

Ahora, si Chile se mete entre los cuatro primeros del torneo y en agosto, la Universidad de Chile clasifica a la final de Copa Libertadores, el escenario realmente brilla y estaríamos en un interesante piso. Las mentalidades cambian con resultados porque sólo ellos ratifican los conceptos y las metas. Vamos bien. Pero la pomada dejémosla en el cajón…

 

Ricardo Pinto Neira.

 

Publicado: 29/06/2010

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