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Facultad de Educación UDP.
Cuando la evidencia destaca que casi el 50% de los estudiantes de la educación superior se retira antes del quinto año y que la causa principal no es académica, sino vinculada a problemas económicos o de vocación – en un 40% de los casos-, la atención sobre el proceso formativo se torna más que relevante de analizar.
La cuestión económica y de financiamiento de la educación ha sido abordada como objetivo en las políticas públicas, las que se han focalizado en el acceso y la cobertura educativa en las pasadas administraciones, aunque parece ser aún insuficiente. La vocación, no obstante, refiere directa o indirectamente al problema de la calidad y excelencia de la enseñanza y requiere un análisis a la luz de condicionantes personales, familiares y educacionales fundamentalmente. Tanto si se considera a la vocación como una condición de origen innato- ampliamente discutido como tal- como adquirida y desarrollada en el curso del aprendizaje y de la apertura al mundo simbólico, es posible rescatar la ineludible influencia en la apropiación vocacional individual de las interacciones educativas formales e informales.
En el plano informal, es relativamente frecuente escuchar a niños y jóvenes proyectándose como médicos, ingenieros o profesores al modo de sus padres y/o madres – “cuando sea grande seré enfermera como mi mamá” o “quiero estudiar para profe como mi hermano mayor”- ante la pregunta intencionada de su entorno inmediato. Los mecanismos de identificación operan en la construcción de esta identidad profesional y los de proyección generan expectativas de desarrollo más o menos realistas de acuerdo a la propia historia.
Pero, ¿qué ocurre con la educación formal?, ¿por qué parece disuadir más que estimular a la perseverancia y motivación en los objetivos previamente delineados desde el propio entorno? Si se entiende la vocación como una construcción social que impacta la subjetividad desde las interacciones y propuestas de los agentes educativos, entonces, el rol, posicionamiento y desempeño de los docentes resulta fundamental en este proceso. Docentes más conscientes de sus elecciones y de cómo ha influido su propia historia personal, familiar y social en las mismas, favorecerán una apropiada orientación vocacional en sus estudiantes. Al mismo tiempo, docentes capaces y dispuestos a revisar sus procesos y estrategias de enseñanza-aprendizaje en conjunto con sus alumnos posibilitarán la búsqueda y construcción de sentidos compartidos.
La mantención de la vocación no supone una continuidad estática de las primeras elecciones sin mayor cuestionamiento. Justamente, un cuestionamiento que se problematiza y des problematiza desde el aula, guiado por un docente que se atreve honestamente a revisar sus prácticas y exponer sus dudas, reafirma su propia vocación de formador y aporta a la reafirmación de la vocación en otros. Docentes con esta vocación podrán incluso favorecer el aumento de la vocación docente, tan desvalorizada en nuestro país desde hace algunas décadas.
Paola Andreucci A.
Publicado: 07/07/2010
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