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Coordinador de Prácticas Pedagogía en Educación Básica Universidad San Sebastián.
Nuevamente el Simce y sus resultados ponen en el tapete las falencias de la educación chilena. La segmentación y la desigualdad social de nuestro país, tal como lo señalan diferentes investigaciones, afectan directamente la formación de nuestros niños.
El Ministro de Educación, con el propósito de dar una señal clara, no sólo de preocupación, sino que también de ocupación en el problema, ha propuesto transparentar los resultados. Para ello, dispuso la realización de mapas regionales con los “números” de cada establecimiento y también colores que permitirán identificarlos y categorizarlos según su rendimiento en: alto (verde), medio (amarillo) y bajo (rojo).
Lo anterior recuerda la antigua práctica de agrupar a los alumnos de un curso en filas: la de los aplicados, la de los “más o menos” y la de los flojos. En ese tiempo, todos queríamos estar en la fila de los mejores estudiantes, pues el hecho de formar parte del grupo opuesto nos estigmatizaba y nos discriminaba.
Así, cuando los padres reciban la carta y el mapa comunal, bien vale preguntarse: ¿no estaremos estigmatizando a los colegios categorizados con rojo?, y sin querer les haremos más difícil la posibilidad de superarse, pues si bien es cierto que sus resultados son bajos, desconocemos el contexto en que se consiguieron.
La idea de transparentar los resultados es buena, pues si conocemos nuestras debilidades podremos superarlas, pero esta información debe acompañarse de acciones que lleven a cada uno de los involucrados a asumir su cuota de responsabilidad, o por lo menos tomar conciencia sobre ella.
La opinión pública no debe perder de vista que muchos de los rendimientos obtenidos en los diferentes colegios son producto del trabajo conjunto de los profesores, apoderados y alumnos. Por lo tanto, gran parte de lo que nuestros estudiantes logran, se debe a esa labor mancomunada, y –por ende– los resultados son también consecuencia de la acción y participación de todo ellos.
Los padres no deben olvidar que ellos son los primeros educadores de sus hijos, y tienen una alta cuota de responsabilidad, pues ¿cuántas veces a la semana estudian o hacen tareas con ellos?, ¿cuántas veces leen, conversan y les plantean sus opiniones sobre los diferentes acontecimientos de su entorno?, ¿comparten con ellos sus sueños e inquietudes?
Si las respuestas a estas preguntas son todas positivas reflejan compromiso, participación y, de seguro, los logros académicos de los hijos son los esperados por sus padres. Ahora, si son negativas, los resultados ya están a la vista.
Como segunda derivada, vale conocer cuántos padres están preparados socioculturalmente para asumir esta responsabilidad. Si no es así, el sistema educacional y la escuela deben trabajar con ellos, y –en muchos casos– incluso formarlos para luego comprometerlos en la educación de sus hijos.
Estudiar y aprender es un desafío motivante para algunos y estresante para otros. Entonces, no se puede desconocer que ello supone un esfuerzo por parte los niños. De esta manera, los profesores deben redoblar su compromiso para preparar sus clases, perfeccionándose en el saber disciplinar y pedagógico que se les ha encomendado.
Cobra relevancia, entonces, que el docente tenga dominio cabal de los contenidos disciplinares que enseña, de forma que descubra las regularidades que en su ramo surgen y exprese aquellos detalles que habitualmente son más complicados comprender y manejar para sus estudiantes. Junto a lo anterior, hay que considerar que lo que se enseña está presente en el contexto diario del niño, por lo que es relevante partir desde ahí para que comprendan que todo lo que se aprende en la escuela tiene que ver con su vida y posee una funcionalidad que en algún momento será utilizada.
La memoria y la mecánica de procedimientos son sólo un medio para lograr que los alumnos tengan seguridad, independencia y precisión en lo que hacen, por lo que los profesores deben ser conscientes en evitar el facilismo de partir sus procesos entregando definiciones, memorizando fórmulas sin haber realizado una tarea prolija de contextualización.
Lo anterior no rendirá frutos si los profesores y padres no asumen su rol de colaboración mutua para que los niños logren los resultados esperados. El sólo hecho de cambiar a un niño desde un colegio categorizado con el color rojo a otro verde no asegura que el estudiante –en forma milagrosa– mejore sus niveles. Es necesario estar dispuesto a asumir la responsabilidad que ello implica.
Eduardo Romero Fuentes.
Publicado: 27/07/2010
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