Estoy espantado. Necesito un millón de pesos para ir a todos los conciertos que vienen próximamente en nuestro país. Y sólo si quiero comprar las entradas más baratas. Si quiero estar en un sector más “selectivo” y menos “popular”, cosa que en algunos espectáculos es absolutamente necesaria, debo tener cuatro millones de pesos. Y no los tengo. No tengo nada.
Entonces me pregunto ¿La culpa es mía por no tener dinero o es de los artistas por venir todos juntos y al mismo tiempo? Parece que la respuesta no va por ese lado.
Tal vez el problema sea el alto precio de la cultura en nuestro país. Libros, discos, cine, teatro y espectáculos varios, no están ni han estado nunca al alcance de los bolsillos de quienes, como yo, debemos trabajar más de ocho horas diarias todos los días, para tener el dinero que nos ayude a llegar a fin de mes. Y sólo a eso.
No quiero ni me interesa reflexionar a partir desde la experiencia que se da en otros países. No me gusta el ejercicio masoquista. Simplemente dejo externalizar mi molestia e impotencia por tener que perderme imperdibles, verlos por televisión o conseguirme las copias en las sudadas cunetas de la capital. Y creo también representar a muchos. O como dicen los vilipendiados políticos: a la inmensa mayoría.
Si quiero un disco original necesito 10 mil pesos. Si quiero ir al cine a ver una buena película hay que desembolsar otros 10 mil – sumando las clásicas cabritas, a las que me niego a llamarlas “pop corns” y la bebida con más hielo que líquido. Si se me ocurre adquirir un libro que engrose mi “calva”, por no decir pelada, biblioteca personal, otros 10 mil o tal vez más. Y si quiero ir a un concierto, estar cómodamente sentado, ver al artista a una distancia decente y no tener que soportar la fila 12 horas antes del inicio, ahí estamos hablando de 30 mil pesos para arriba.
Sobre esto último, hay quienes postulan que las entradas caras a los espectáculos son culpa, precisamente, del público que está dispuesto a pagar las más altas sumas a cambio de todo lo que mencioné anteriormente. Pero ¿Qué pasa con lo que no estamos dispuestos a hacerlo? ¿O con los que de frentón no tenemos cómo hacerlo? Entonces tenemos que “elegir” entre las 300 opciones, la que más nos guste para ver aunque sea un show por año. ¿Demasiado poco no?
Entonces justifico con razón la industria pirata. No la comparto ni la apoyo. Pero la encuentro necesaria. ¿Cómo no vas a “matar” la música si no tienes acceso a comprarla? ¿Cómo vas a preferir el original si tu único acercamiento hacia él es a través de una gruesa vitrina?
Confieso que hace tiempo que no voy al cine y menos a un recital. La semana pasada me compré un par de discos, pero los saqué a tres mil cuotas con la bendita tarjeta. De otra forma imposible. Y hasta el próximo año. Si mis jefes y los recursos así lo quieren.
David Bueno.
Publicado: 08/10/2010