Ricardo Pinto Neira
Periodista. Columnista Diario El Sur de Concepción y El Clarín Chile.
Fue acá mismo donde le conté “la bolsa de gatos” que quedó en el camarín de Universidad de Chile tras las declaraciones de José Basualdo contra su propia plantilla, a la salida del clásico frente a Colo Colo. Fue en esta columna donde apelamos por abuenarse, amparados ilusamente en la fortaleza de un grupo con objetivos en el bolsillo, con oportunidades de enrielar el norte. El quiebre, al parecer, era irrecuperable.
Sino, cómo se entiende el inesperado fracaso del campeón chileno en la segunda mitad del año. ¿Puede un equipo pasar del sólido pragmatismo, la fórmula incontrarrestable y la notable dinámica a ser un esperpento en menos de cuatro meses? Yo no creo. Y la deprimente despedida de la “U” en Copa Sudamericana -ante uno de los peores cuadros brasileños que he visto- demuestra que acá el grupo estaba desmembrado hace mucho.
No se trata de hacerse el drástico por mera excentricidad. Al cuerpo técnico que llegó a reemplazar la vacante dejada por Markarián simplemente “le quedó grande el poncho” y punto. Tomaron un elenco que jugaba en medio de una olla a presión, con un entrenador casi fantasma, ignorado por un plantel que lo marginó de su intimidad apenas renunció antes del término de campeonato. Un grupo que venía de levantar la copa sólo en base a su categoría en los play offs, a sus individualidades. Basualdo asumió en el mejor momento. Y se farreó la posibilidad.
Nadie podrá decir que su performance disminuyó con las lesiones del segundo semestre. La “U” del apertura se las arregló sin Montillo, apeló a las mismas tapadas milagrosas de Miguel Pinto y el oportunismo de Olivera para llevarse el título y hacer una correcta Libertadores. El resto, un plantel que supo hacer “la pega gruesa" y asumió la alternancia con regularidad.
Los de la segunda mitad del año eran casi los mismos, salvo Emilio Hernández o Marco Estrada. Al ex deté del “Chago” le trajeron un delantero revelación como Puch. Lo desaprovechó. Le arrimaron a un central de selección, el uruguayo Victorino. No le sacó rendimiento. El último estertor de buen fútbol azul fue en Brasil y Santa Laura, enfrentando al Internacional de Porto Alegre, en esa llave pedregosa donde la oncena se vio a ratos como en sus mejores pasajes de otoño-invierno. No hace mucho. Pero con varios quiebres a cuestas.
La nueva banca estudiantil nunca fue capaz de asentar un control absoluto. Al interior hubo caras largas con el contrato y aumento de sueldo de Juan Manuel Olivera a mitad de torneo. Un líder con las medallas que enrostró Basualdo –principalmente para enfrascarse en una guerra absurda con Hugo Tocalli- jamás habría dejado que le desordenaran el vestuario desde la alta dirigencia. Eso es mal manejo en situaciones límite. Episodios como el de La Serena –donde desde la mismísima cancha le pedían que sacara a los que estaban jugando mal- o el primer tiempo impávido contra la Católica denotan un desorden impresentable en el bunker del Caracol.
Ya comenzó la danza de nombres para ocupar un cargo cuando ni siquiera se acepta su renuncia. Como desde Azul Azul la van a ratificar -se lo firmo-, más vale ir sacando conclusiones. No cuaja en este momento un entrenador que sea histórico pero sin conquistas como Musrri o Castañeda, un trabajólico sin mucho carácter como Brindisi, o ejemplos de quietud como los que ya se fueron: Markarián, Salah o Basualdo. A la “U” le hace falta un patrón de camarín, un tipo que se adueñe de las decisiones, uno con experiencia para manejar crisis sin esquivar el apremio de objetivos a corto plazo.
Gerardo Pelusso, Nelson Acosta, Miguel Ángel Russo. Todos suenan, todos son rumores y generan cierto consenso. Con los antecedentes de este año, quien llegue debe tener claro que ese buzo es complicado. No es llegar y calzárselo. Le puede “quedar nadando”…
Ricardo Pinto Neira.
Publicado: 06/11/2009