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Una enseñanza desconocida
Carolina Wemyss Cumsille

Actualmente es Redactora Creativa de Moreau GTM & C y Encargada del Area de Lenguaje de CAPYTA. Como docente se desempeña en los Centros de Asesoría pedagógica Y Trastornos del Aprendizaje de varias Universidades. Además es Miembro Honorario Cum Laude del Directortio de Suite 121.net 2010.

Cuando éramos niños, mi hermano y yo, nuestros padres fueron un algo indefinible entre irresponsables, terroristas, sabios y locos. Y no se sabía bien si tenían una estrategia o iban improvisando sobre la marcha.  Aunque en retrospectiva me inclino por lo segundo.

 

Les cuento: Como no tenían el tiempo para estar pendientes de nosotros, ni el dinero para dejar a otros a cargo, la señal de TV entre los cerros de El Arrayán era paupérrima (gracias, cerros!!) y lo que sí había era vecinos de nuestra edad potencialmente “subversores”, inventaron un ente ficticio que tenía por misión alejarnos de peligros supuestamente mortales. Le llamaban “El Cochololo”...

 

La verdad no sé cómo alguien en su sano juicio puede creer que algo con ese nombre podía provocar otra cosa que risa.  Aunque viendo la relación “gobierno”/ “pueblo” en estos días en el planeta, queda claro que hay quienes aún se asustan con toda clase de cochololos añejos, ya sea propios o afuerinos. Y es que “el cochololo” aún es la forma de asustar del que es dominado por el miedo a perder algo que considera de su propiedad. Sean personas, objetos o símbolos de poder. Tonteras de los adultos. Ustedes saben.

 

Pero volvamos a la historia. La cosa es que, contrariamente a lo esperado por nuestros padres, la subversión se la ganó al miedo y nació la rebelión.  Así fue como la patota se declaró (quedamente, no éramos giles) en “desobediencia civil”. La cual, ignorada por “la autoridad”, se desarrolló con algunas complicaciones, pero sin conflictos “de mayor cuantía”. De seguir con vida se encargó el instinto. O sea, el cochololo sólo incentivó la natural curiosidad infantil, la unión y lealtad al grupo hizo que pasáramos piola y tuvimos mucha suerte. Y por añadidura aprendimos que la curiosidad por sí sola nunca mató a ningún gato, y que lo único que mata es el descuido propio o el miedo ajeno. De lo que dedujimos, aún sin saberlo, que lo único que debemos proteger es la vida. Toda, y en todas sus formas.

 

¿De dónde surgió este recuerdo? No lo sé bien, pero puede que sea de observar a los estudiantes y no-estudiantes en estos días en que al “movimiento” se le sumó un “paro”. No me miren así. Son las contradicciones que hay que aprender a superar en conjunto si queremos avanzar. Porque así es. Estamos estancados en las contradicciones y la incomprensión lógicamente derivada del doble discurso entre la vida pública y la privada.

 

Y esto exacerba la frustración, el descontento, y con ello las reacciones descontroladas contra enemigos imaginarios. Y además cierra las puertas al diálogo, abriendo las del odio y la violencia sin sentido en esta especie de oscuridad existencial en que estamos insertos a causa de esta dualidad no reconocida.

 

Pero confiemos. Los que han permanecido despiertos esperando el alba, saben que nunca es más oscura y fría la noche que cuando se acerca el amanecer.

 

Y les digo esto porque, en un momento de estos dos días de contradictorio paro nacional, pude ver un rayito de luz en la oscuridad. Si ustedes no lo notaron, o no tuvieron la oportunidad de verlo, se los cuento:

 

La situación fue la siguiente. De un lado había un grupo de encapuchados, con sus rostros cubiertos y con palos y piedras en sus manos. Del otro lado había un grupo de carabineros, con sus cascos, máscaras, escudos y armas.  Ambos grupos momentáneamente detenidos y evidentemente desconcertados. En medio de ambos, estaba una fila de manifestantes por la educación en Chile. Estaban uno al lado del otro, en silencio. Frente a los encapuchados, mostrando sus rostros serenos. Y dando la espalda a carabineros, confiados. Todos ellos con sus brazos en alto y sus manos abiertas. Limpias.

 

Fueron sólo momentos, pero de una intensidad inconmensurable. Instantes en que el caos, el miedo y la violencia fueron derrotados por la claridad de esos rostros y manos. Claridad que tiene que ser sostenida en el tiempo por aquellos que consiguieron crecer sin la carga de la inculcación de ideas o valores por la familia o los medios de comunicación del sistema, y que tienen la gran ventaja de ver más allá de lo aparente. Gente capaz de ver al “rey” desnudo. Y algunos de ellos capaces de decir lo que ven.  Quizás hermanos en esa enseñanza desconocida de la que les hablo. O supervivientes a la conocida, quizás.

 

Pero, volviendo a la historia, ¿qué pasó al fin con el cochololo?

 

Bueno, al pobre no le quedó otra que desaparecer cuando, ya lejos de cumplir con su función atemorizante, dejó de ser un potencial enemigo y comenzamos a reírnos de él. O, como siempre dice mi amigo Manuel Mata Brenuy: “Cuando un muro se cae; no hay que apuntalarlo, hay que derribarlo”.

 

Y esto, de algún modo, me hace recordar a otro amigo, Disi Dencia, que un día me enseño que lo contrario al amor no es el odio, sino la indiferencia. Y entonces pienso que lo contrario al miedo podría no ser siempre la valentía, sino también la risa, ¿por qué no?... somos nosotros los que definimos. ¿Cierto?

 

Carolina Wemyss Cumsille.

 

Publicado: 29/08/2011

 

Loreto Ibáñez Montan. Editora General Columna Digital.

 

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