• 27/mayo/2010 •

Inspirar

<b>Felipe De Larraechea M.</b><br>Periodista, Consultor de Comunicaciones Estratégicas.

Felipe De Larraechea M.
Periodista, Consultor de Comunicaciones Estratégicas.

Es imposible que existan opiniones unísonas cuando de analizar o comentar qué representa efectivamente Sebastián Piñera se trata. Que es un tipo de genética democratacristiana pero cargado a la derecha pueden alegar los más puristas, o que simplemente nunca perteneció a la falange dirán del otro lado, pese a su herencia familiar – recordemos que su padre fue uno de los fundadores – y activa participación allá por inicios de la década de los setenta, donde se declaró simpatizante.

Sin embargo, y pese a lo que diga su historia política, hay elementos insoslayables que tienen que ver con su yo más profundo, ese que se mueve y está marcado por sus valores, valores que finalmente son la esencia de su propia cultura.

Tras su discurso del pasado 21 de mayo quedaron de manifiesto aspectos que de una u otra forma comienzan a darnos ciertos lineamientos respecto de lo anterior. Y sin ahondar en planteamientos específicos – notable en educación, aunque materia para otra columna – es decidor que desde ambas veredas políticas haya habido consenso, salvo críticas superfluas y arrebatos emblemáticos como el de Camilo Escalona, que con aquello reafirma que no aprendió nada y nos muestra el pavimento de lo que será su forma de ser y hacer oposición (¿es esa la que los chilenos queremos?) -, en que lo planteado cumplió con las expectativas.

No es trivial entonces que de un lado y otro hayan comenzado a disparar y exigir derechos de autor respecto de los contenidos expresados. Si hasta el Senador y alguna vez candidato presidencial, Alejandro Navarro, culminó diciendo que el discurso era el que debió haber pronunciado Michelle Bachelet en 2009 (¡!). Lo que sintieron fue, en esencia, que lo planteado continuaba con las reformas iniciadas en los gobiernos de la Concertación.

Inclusión pura, en estricto rigor.

El tema, a mi modo de ver, es aún más profundo y tiene que ver con cuál es el mensaje que finalmente quiere transmitir Piñera, tanto a su núcleo duro como al resto del país. Tendemos a pensar que debe estar rigurosamente relacionado con la gestión y el hacer las cosas bien para diferenciarse de las administraciones anteriores, para lo que el propósito de reconstrucción del país tras el terremoto suena como la causa perfecta para empoderar. Pese a lo cruel y calculador que esto suene.

Pero no es suficiente, pues se trata de inspirar.

Hasta el momento el llamado ha sido a hacer cosas y se ha logrado el efecto, que duda cabe. Pero más que movilizar ahora los focos deben apuntar hacia la emoción que genera el objetivo final, ese que de a poco y tras el discurso comenzó a visualizarse.

Entre frases abstractas – “el país de las oportunidades” – y una inacabable pauta de temas propuestos con objetivos autoimpuestos, es que Sebastián Piñera ha comenzado a forjar su sello y su mensaje. El aprendizaje y la estrategia estarán dados entonces por cómo Sebastián Piñera se seguirá desafiando a sí mismo en su búsqueda por dar con el propósito que va mucho más allá de la pasajera coyuntura, y que es el que tiene la misión de dejar grabado a fuego entre todos los chilenos.

Esa es la verdadera interrogante.

Felipe De Larraechea M.

Publicado: 27/05/2010

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