• 08/enero/2010 •

La alegría está por llegar

<b>Felipe De Larraechea M.</b><br>Periodista, Consultor de Comunicaciones Estratégicas.

Felipe De Larraechea M.
Periodista, Consultor de Comunicaciones Estratégicas.

Sebastián Piñera será el próximo presidente de Chile.

Tras el 17 de enero y luego de otra ejemplificadora jornada donde chilenos y chilenas seremos iguales, aunque tan sólo sea durante algunas horas, las riendas de Chile pasarán, por fin, a otras manos, lo que traerá consigo lo que actualmente una evidente mayoría de coterráneos debidamente inscritos desea: una nueva manera de conducir nuestro país.

Pero antes de descorchar, es bueno recordar.

Frente a tanto discurso tildado de “progresista” (por favor que alguien me explique qué quiere decir esto), fácilmente nos olvidamos lo deficiente que ha sido esta contienda en lo que a ideas se refiere y, que en efecto, es lo que esperamos que se genere en un escenario como el que hemos construido en Chile. Pugnas, ataques y sucias maniobras, además de un impresionante despliegue del aparataje estatal al servicio de Frei han sido la tónica desesperada del oficialismo por mantenerse aferrados al poder, ese que de manera veloz se les escapa sin vuelta atrás.

Y podríamos seguir, pero qué sentido tiene si los genios de campaña del vilipendiado Frei siguen sin darse cuenta que lo que realmente mueve al electorado es el futuro y no el pasado. Al parecer, el último grito desesperado es el de reflotar la constante pero poco creativa y cada vez menos efectiva asociación entre el Gobierno Militar y la Derecha, satanizando a esta última, como si comiésemos vidrio.

Mejor ni hablar del “romance” entre la DC y los comunistas. Si alguien me dice al menos un punto de concordancia – política, valórica – entre ambos, es que efectivamente no entiendo nada.

Hablando de Enríquez-Ominami, tras su mayoría relativa – pero notable al final de cuentas, aunque reflejada en un fiasco parlamentario – el ex PS debe estar celebrando por anticipado los esperables resultados del balotaje. El traspaso de emblemáticos partidarios de ME-O al equipo de Piñera no hace más que develar ante la opinión pública la carta que desde un principio ideo soterradamente junto a Carlos Ominami, aquella que buscaba erguirlo como el nuevo referente de la futura oposición, donde cuatro años mirando La Moneda por afuera no es tan malo, para enterrar definitivamente a los “próceres” concertacionistas, empezando de una vez con la necesaria renovación.

Aunque no se trata de cambiar por cambiar, no hablo de nombres más, nombres menos.

El fundamento pasa por la inclusión de un nuevo tipo de político, aquel que no necesita ubicarse bajo el alero partidista para hacer carrera en torno a esto y llegar a lo más alto de la dirigencia nacional luego de 20, 30 o 40 años. A fin de cuentas, se trata de terminar con el desprestigio en el que están sumidos los partidos políticos, piedra angular de los sistemas democráticos modernos. Y me parece que esto es algo en lo que la gran mayoría – independiente de nuestros colores – logramos un alto grado de consenso.

Por lo pronto, algunos esperamos tranquilos el 17 de enero, soñando con una dirección que de una vez por todas administre eficientemente los recursos del Estado, donde los hechos de corrupción sean sólo un mal recuerdo y donde cada uno de nosotros tenga argumentos sólidos para mirar con optimismo los años venideros.

El momento del cambio ha llegado. En hora buena.

Felipe De Larraechea M.

Publicado: 08/01/2010

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