• 09/marzo/2013 •

La construcción del mito

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

Originalmente el mito se refiere a la narración transmitida por la vía oral acerca de las proezas o desgracias de dioses u otro tipo de entidades cuya existencia no se puede verificar pero que permiten explicar el origen de las cosas.   A medida que una civilización cuenta con una mayor cantidad de mitos, más compleja es su comprensión del mundo y más rica su cultura.  Los mitos hacen bien, entonces.

Sin embargo, también es posible construir mitos en estos tiempos en los que la transmisión oral de las historias ha sido reemplazada hace mucho por la escritura y está reforzada además por los medios de comunicación y últimamente por las redes sociales, ya por la vía escrita.

En este caso, se requiere que la formación espontánea de la historia y la asignación social de su relevancia -que es la que le permite al mito su transmisión generación tras generación- sea sustituida por una “voz oficial” que le dice a la comunidad en la que se quiere insertar el mito, que convence a las personas de la necesidad de asignar al personaje o hecho un lugar especial en la historia y adopta las medidas para que no se cuestionen sus afirmaciones.

Ya sabemos que no hay muerto que no sea bueno, pero cuando se trata de promover un mito, la prudencia que se observa al momento del fallecimiento de cualquiera suele perder espacio frente a la exageración, que de todos modos se requiere para reafirmar el mito.

El personaje mitificado no cometió errores ni pecó, siempre quiso lo mejor para todos y se le presenta como un modelo que todos deben seguir.  Se borra de su currículo cualquier mancha y se le saca lustre a sus méritos porque, si la historia no es perfecta, hay que reescribirla.

El problema es que, detrás de todos estos esfuerzos comunes a los nuevos mitos de todo tipo -políticos, religiosos, culturales, etc.- no está el sincero propósito de contribuir, como era en los mitos originales, a la formación de una cosmovisión de las sociedades sino que se trata de imponer determinada ideología y se carece de la espontaneidad que determinaba en la antigüedad cuáles eran los mitos que se conservarían en el tiempo.

Cuando los mitos son impuestos, su perduración es feble y depende, en definitiva, sólo de la capacidad de sus promotores de seguir forzando la verdad a su amaño.  El mito no permite el cuestionamiento y cuestionar las verdades siempre ha sido el mejor camino para el progreso de las comunidades.   Sólo los años dirán cuáles de los mitos modernos son los que sobrevivirán la prueba del tiempo.

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