• 22/agosto/2009 •

La familia es la primera escuela para aprender a ser solidarios

<b>Alejandra Santana López</b><br>Docente Trabajo Social Universidad Andrés Bello.

Alejandra Santana López
Docente Trabajo Social Universidad Andrés Bello.

Ser solidarios no está en nuestro ADN, es un valor que aprendemos desde muy pequeños y que tiene un impacto importante en la forma en que concebimos la vida con otros, especialmente la vida en sociedad, determinando miradas centradas en referentes de justicia y equidad o de individualismo e indiferencia.

La solidaridad, al igual que otros valores significativos para la vida de las personas, es incorporada en los niños y niñas tempranamente a través de la función socialización primaria que ocurre en el seno familiar. Ahí aprendemos, especialmente de las representaciones, actitudes y lenguaje en que nuestros padres han significado la solidaridad.

Sin embargo, la solidaridad en la familia no sólo está presente en esta socialización, sino que ha tomado distintas expresiones. Por ejemplo, por mucho tiempo, se atribuyó a las familias extensas de estratos socioeconómicos medios y bajos, las características de ser en sí mismas una red de relaciones solidarias, en que a través de la ayuda mutua permiten que el grupo pueda subsistir. Así, unos trabajan remuneradamente, otros cuidan de los niños y de los adultos mayores, otros de la mantención de las tareas domésticas, entre otras acciones.

En la actualidad, las estrategias solidarias al interior de la familia también han cambiado, por ejemplo, hoy en día, los abuelos han cobrado un rol preponderante, en los hogares en que los padres o el padre que esté a cargo de la familia debe salir a trabajar. La mayor expectativa de vida permite contar con abuelos saludables, autónomos, vitales, motivados por colaborar con sus nietos y dispuestos a resignificar el sentido de sus vidas. Esto ha favorecido, el encuentro intergeneracional entre abuelos y nietos, la instancia para expresar afectos entre ellos, aportando al desarrollo de ambos de acuerdo al momento del ciclo vital en que se encuentran.

De esta forma, se podría establecer que sociedades más justas, humanas y solidarias, se pueden ir construyendo desde los espacios microsociales, siendo la familia una instancia privilegiada para esto.

Alejandra Santana López.

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