• 17/febrero/2014 •

La (in) flexibilidad del lenguaje

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

​Lo que ha venido ocurriendo en estos días en Venezuela con el uso de las palabras es lo mismo que pasa en todo el mundo. Donde uno dice blanco, la contraparte responde negro, luego el primero entiende que le han respondido blanco y afirma muy orondo que la realidad se corresponde fielmente con su opinión, lo que implica de manera automática que la opinión deja de ser subjetiva para convertirse en verdad. Naturalmente incuestionable e irrebatible. Fin del debate y el inicio de la imposición.

Por eso hay que tener cuidado con el uso del lenguaje. Su empleo varía radicalmente de acuerdo al contexto. En el arte se acepta su flexibilidad, elástica hasta el infinito cuando es necesario, pero en política se necesita el entendimiento y este resulta imposible si cada uno usa las palabras asignándoles sentidos distintos.

No se puede olvidar que la palabra construye la realidad. A partir de la palabra las cosas tienen nombres y pueden ser explicadas, y luego ser motivo de análisis, acuerdos, cambios y renovación.

En política es necesario ponerse de acuerdo en los significados, antes que nada. Si la democracia es una, no puede ser que se le pongan adjetivos calificativos que desvirtúan su sentido original, por muy buenas que parezcan las intenciones. Si la libertad es una sola, no se la puede relativizar de acuerdo al contexto desde el cual cada uno contempla la realidad.

Del mismo modo, la ética, la probidad y el hacer bien las cosas no pueden depender si quien protagoniza los actos políticos sujetos a juicio público es amigo o adversario. Eso es destruir la posibilidad de dialogar.

Hay que ser honestos. Lo que ocurre en Venezuela también sucede en Chile, y en todas partes del mundo. Siempre hay gente que enreda las palabras de manera cantinflesca para negar el entendimiento. Es un truco, es una forma de hacer política basada en el diálogo de sordos. Se trata que la contraparte no pueda responder, o que, en último caso, entregue una respuesta que pueda ser ridiculizada porque dentro del contexto en el cual cada uno elabora sus declaraciones resulta fácil burlarse de quienes no participan de ese contexto, es decir todos los demás menos uno y sus amigos.

Los diálogos de sordos siempre son de a dos. Si el mal uso del lenguaje es utilizado para acusar al rival, se repite el mismo vicio. Si en la política el debate no se da con seriedad, dejando de lado las tretas, se repite infinitamente un espectáculo en el que la gente no entiende lo que se dice y termina por aburrirse y exigir la devolución de la entrada.

Andrés Rojo Torrealba

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