• 05/enero/2010 •

La Unión civil heterosexual

<b>Rodrigo Larraín</b><br>
Sociólogo, académico pre y postgrado en las Facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central. Tiene una Maestría en Ciencias Sociales, una Licenciatura en Educación, un post-título de Administrador e Investigado

Rodrigo Larraín
Sociólogo, académico pre y postgrado en las Facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central. Tiene una Maestría en Ciencias Sociales, una Licenciatura en Educación, un post-título de Administrador e Investigado

Esta es una columna en contra del proyecto de ley que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo, y que fue presentado por diputados tanto del Partido Por la Democracia como del Partido Socialista, incluso este último partido apoyó como bloque la iniciativa. Y ahora ha sido reciclado como Acuerdo de Vida en Común por sus adversarios con motivo de la elección presidencial. Como es de rigor en estos casos, debo declarar que no soy homofóbico (algunos exageran las justificaciones a priori añadiendo que tienen muchos amigos homosexuales, yo no lo haré). Sin embargo me concentraré en dos preguntas: ¿Por qué un grupo de parlamentarios progresistas presenta este proyecto?, ¿es el matrimonio homosexual una bandera progresista?

La verdad es que no, la cultura de izquierda aparece como un proyecto racional destinado a alcanzar la satisfacción de las demandas socioeconómicas –las tradicionales banderas de los proletarios y, en seguida, de los demás grupos pobres sean del campo o de la ciudad– y, en un plano más ético-político, al logro de los derechos humanos para todos. Tan ajena es esta bandera que, como lo destacara un matutino, ha sido una demanda liberal de corte derechista burgués. Solamente cuando el mundo progresista renunció a las banderas de cambio del sistema y muchos de sus personajes se hicieron entusiastas partidarios del Estado subsidiario neoliberal, abjurando incluso del Estado de bienestar a la europea, no les quedó más que buscarse otro proyecto rupturista, aunque su carácter fuera meramente simbólico. Una rebeldía más glamorosa. Así apareció ahora un segundo grupo de derechos culturales que han operado como sustitutos de los tradicionales derechos socioeconómicos.

En Occidente, luego del Imperio romano, el matrimonio fue cosa de heterosexuales; entre los judíos lo fue desde siempre; ese modelo se prolongó en la modernidad y fue canonizado tanto por las iglesias como por los Estados nacionales seculares, más aún, la pareja entre un hombre y una mujer, bien casada, era modelo de orden familiar para burgueses y proletarios, especialmente los más recios militantes. El pensamiento revolucionario no impugnó el matrimonio, cuando más abrió la posibilidad del divorcio.

Por otra parte, no vale la pena discutir el asunto desde un punto de vista religioso, como se suele hacer para provocar una presunta disputa entre fundamentalistas religiosos versus laicos progresistas. Así se escabulle el bulto. No se trata, pues, de culpar a una ofensiva vaticanista ni de defender la intolerancia; tampoco de buscar interpretaciones en diversas culturas, incluso prehistóricas, que excusen las relaciones entre personas del mismo sexo. Sencillamente digo que nunca en la agenda de la izquierda progresista estuvo la equiparación del matrimonio con las uniones homosexuales estables. En la derecha tampoco hasta que el pensamiento religiosos conservador perdió hegemonía, quizás porque sus adalides fueron creyentes de grupos con poca sustancia doctrinal y más preocupados de los beneficios económicos.

Por eso que el proyecto de modificación al artículo 102 del Código Civil que define el matrimonio como “un contrato solemne por el cual un hombre y una mujer se unen actual e indisolublemente, y por toda la vida, con el fin de vivir juntos, de procrear, y de auxiliarse mutuamente” de manera que “un hombre y una mujer” se reemplace por “dos personas” implica una larga evolución de la manera de pensar qué cosa son los derechos de las personas.

El socialismo es una propuesta de igualdad en las condiciones socioeconómicas, esa su lucha primordial, sin embargo, la aparición de una izquierda reaccionaria, esa que se nutre en los ideólogos de los represores de todo progresismo y todo socialismo, como Nietzsche o Heidegger, esa izquierda que solidarizó no con el proletariado sino con los burócratas del así llamado socialismo real y que, por último, se dedicó a embriagarse de deconstruccionismo, de islamismo que manda extirpar el clítoris de niñas, de incienso y posmodernidad. La que no tuvo ganas de ser alternativa al neoliberalismo y que, después de todo, cambió a los obreros por otros segmentos sociales, los gays o los indígenas llegando incluso a defender conglomerados antimodernos, irracionales y perseguidores de derechos humanos como los talibanes. En ese contexto izquierdoso reaccionario se explican las banderas homosexualistas. No se trata ni nunca se trató de defender a los homosexuales, son sólo un pretexto, pero cuyas consecuencias, en un país conservador como el nuestro, pueden volverse en contra de aquellos a los que se dice defender.

Así que, entonces, no existe una izquierda irracional, anti-ilustrada y amnésica en materias de clases y desigualdades sociales, es más bien una banda de reaccionarios retrógados que, se han buscado unos nuevos derechos culturales para reemplazar a los anteriores; que renunciando a la igualdad social descubrieron la igualdad sexual. Indudablemente esto último tiene el riesgo de confrontar a los poderes religiosos o espirituales, pero nunca al gran capital.

Pero todo indica que los retrovanguardistas en algún momento se impondrán, así que no es mala idea que los heterosexuales abandonemos al concepto de matrimonio y comencemos a llamar a nuestros contratos matrimoniales “uniones civiles heterosexuales”. Digo yo, para diferenciarnos en algo.

Rodrigo Larraín.

Publicado: 06/01/2010

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