• 21/diciembre/2017 • Internacional
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Las extrañas rutas de la fe

Carolina Vásquez Araya
Periodista y Analista Política
Nacionalidad: Chilena
Correo electrónico elquintopatio@gmail.com
FB: http://on.fb.me/1NmyyFH
Twitter: @carvasar
Blog: https://elquintopatio.wordpress.com
Periodista y editora con más de 30 años de experiencia, cuyos logros profesionales en el desarrollo de proyectos de gran éxito avalan sus cualidades de liderazgo, creatividad y relaciones públicas. Ha aportado sus conocimientos en proyectos de organizaciones con intereses orientados al desarrollo social, cultural y económico del país, con especial énfasis en el sector de cultura y educación, emprendimiento, derechos humanos, justicia, ambiente, mujeres y niñez.

Basta el transcurso de algunos años para que los santos se conviertan en demonios.

Tan buena, correcta y supremamente piadosa esa sociedad cuya prioridad ha sido proteger la vida desde la concepción. La defensa del óvulo fecundado se ha transformado en una bandera de batalla contra todo intento de reformar la ley y hacerla más humana, sin reparar en las inmensas desigualdades que enfrenta la mayoría de la población, especialmente las niñas, niños, adolescentes y mujeres privados de recursos y ante un destino incierto. Cuando esos embarazos no deseados o provocados por incesto y violaciones traen niños al mundo, estos llegan en total desventaja: desnutridos y rechazados. Pronto crecerán abandonados y, con el transcurrir del tiempo, se transformarán en niñas, niños y jóvenes privados de educación y oportunidades. Entonces, esa misma sociedad que los defendió con tanto ardor, exige para ellos el más cruel e injusto de los castigos: la pena de muerte.

Es oportuno, entonces, recordar los principios expresados en la Declaración de los Derechos del Niño aprobados por la ONU hace 58 años, ampliada en 1989 con la Convención de los Derechos del Niño y la Niña en la cual se les reconoce como sujetos de derechos, siendo ambas de observancia obligatoria por todos los Estados signatarios. En ambos textos están explícitos los derechos a la igualdad, a la dignidad y a la protección para el desarrollo físico, mental y social; el derecho a un nombre y a una nacionalidad desde su nacimiento; el derecho a alimentación, vivienda y atención médicos adecuados; el derecho a educación y tratamiento especial para quienes sufren alguna discapacidad mental o física; el derecho a la comprensión y al amor de los padres y la sociedad; el derecho a actividades recreativas y a educación gratuita; el derecho a estar entre los primeros en recibir ayuda en cualquier circunstancia; el derecho a la protección contra cualquier forma de abandono, crueldad y explotación; el derecho a ser criado con un espíritu de comprensión, tolerancia, amistad entre los pueblos y hermandad universal.

Ahora miremos hacia el interior, aquí a la vuelta de la esquina, en donde niñas, niños y adolescentes son tratados como “material desechable” en una comunidad humana indiferente al destino de sus nuevas generaciones. Ejemplo paradigmático ha sido el escenario del Hogar Seguro Virgen de la Asunción, en donde después de la horrenda muerte de 41 niñas internas en ese siniestro lugar administrado por el Estado no solo no ha habido ninguna reacción de las entidades responsables para dar seguimiento y reparación a las familias afectadas, sino continúan desapareciendo internos de esos centros de reclusión.

Veamos cómo los adolescentes bajo resguardo del Estado y abandonados por su familia, al llegar a la frontera de la mayoría de edad son arrojados de estos “hogares seguros” a la calle sin ninguna protección, carentes de todo recurso para ganarse la vida. Entendamos el mensaje implícito en ese acto despiadado, gracias al cual las redes de trata y las organizaciones criminales se aprestan para reclutarlos como prostitutas, sicarios, esclavos o pandilleros, distribuidores de droga o recolectores de extorsiones. Es imperativo hacer un examen de conciencia para determinar cuál ha sido nuestro papel en esta absurda cadena de errores y contengamos las reacciones irracionales, como la exigencia de una limpieza social que solo revela nuestra absoluta falta de conocimiento de la realidad en la cual sobreviven estas niñas y niños. La tan mentada fe cristiana deja de tener sentido cuando se es capaz de manifestar odio y desprecio por las víctimas y, en un gesto de incomprensible crueldad, se delega todo el poder en sus victimarios.

La niñez es una etapa vulnerable y entraña enormes riesgos. No debemos abandonarla.


Carolina Vásquez Araya
elquintopatio@gmail.com
www.carolinavasquezaraya.com

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