• 15/marzo/2011 •

Las licencias que permite el poder en Chile

<b>Carlos Livacic</b><br>Sociólogo de la U. Central.

Carlos Livacic
Sociólogo de la U. Central.

Dentro de las variadas cosas que solemos escuchar a diario en nuestro país, es que Chile, junto con ser una nación próspera, respeta el Estado de Derecho de las personas y con ello, permite el funcionamiento normal de sus instituciones, lo cual da como resultado una sana convivencia, lo que se traduce en una sociedad más justa e igualitaria. Pero más allá de todas estas hermosas palabras, creo que estamos bastante lejos de la realidad de lo señalado, lo cual se puede demostrar mediante algunas situaciones, las que paso a describir de cosas que han ocurrido en los últimos doce meses en nuestro acontecer nacional.

Primero, no es lo mismo ser una persona con poder o pertenecer a ciertos grupos que ostentan dicho privilegio que ser un ciudadano común alejado de esas realidades. Frente a una gama de situaciones reñidas con las buenas costumbres, acciones criticadas socialmente por todos los actores que intervienen en éstas (conducta social esperada del rol) no tienen el mismo trato, ni menos, la misma interpretación por parte de la sociedad en su conjunto.

Los privilegios que da el poder son incalculables. Aquí en nuestro país los diferentes organismos encargados de velar de que estas situaciones se lleven a cabo son permisivos con los influyentes y draconianos con los mortales, y eso no sólo se siente, sino que se manifiesta a diario en diferentes situaciones que podemos observar. Por ejemplo, es difícil entender que personas que tienen denuncias en tribunales de violencia intrafamiliar acreditada y que estén llamados a comparecer por el hecho sean parte de directorios de los más selectos grupos, ya sea en el ámbito empresarial, deportivo o político. Y además, gozan de todo el respaldo corporativo, impunidad mediática y noticiosa sobre el tema.

Segundo, una de las peores cosas que puede pasar dentro de nuestra sociedad para una persona que desea abrirse paso en el ambiente laboral y cuyo único aval es su capacidad, es no aparecer en el “Dicom”, esa especie de carta magna del mundo de los antecedentes, la que nos determina a las penas del mercado o a las bonanzas del mismo, según sea nuestra situación de uno u otro lado de su listado. Sabido es que las razones que a veces entregan las empresas y bancos para no contratarnos o darnos un préstamo, queda sujeto a nuestra condición dentro del mentado boletín.

En la vereda contraria, es decir, en los grupos de poder, curiosamente este trato no es el mismo. Las personas que son parte de este conglomerado pueden seguir dentro de sus actividades, lidiando con el mercado, siendo asiduos de sus beneficios y, además, postergando de manera infinita en tribunales su comparecencia a través de los diferentes requerimientos que pueda existir por esta situación en su contra. Eso, puede llegar a explicar, como una persona desde el año 2007 a la fecha, teniendo más de 150 cheques protestados, por una suma relativa a los 200 doscientos millones de pesos goza en la actualidad de todas las consideraciones que le da su condición de personaje influyente en las esferas del fútbol, sin ser demandado y operando al amparo de las personas que están detrás de bambalinas.

Tercero, los errores propios de la acción social de cada situación que nos toca llevar a cabo no son para todos por iguales. Nuestra sociedad es considerada permisiva con los poderosos y castigadora con los ciudadanos. A ellos, los poderosos, les perdonan sus faltas, las justifican o minimizan, no son motivos de culpa o purgatorio y siempre hay una razón que ayuda a entender el porqué de su proceder. Hoy, puede aparecer el gobierno señalando que liberarán una serie de presos por delitos menores por razones de buen sentido, cuando en tiempos de campaña, la puerta no sería giratoria frente al mismo tema.

Estos, y tantos casos más, son parte de nuestro anecdotario social, el que se presenta sin aspavientos dentro de nuestro querido Chile, el mismo que da cuenta de manera gráfica, del modo manera condescendiente que existe con los prósperos hombres del mundo de las influencias y por otro lado, de la manera despiadada de trato que hay con los ciudadanos comunes y silvestre de nuestra querida nación.

Carlos Livacic.

Publicado: 15/03/2011

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