• 03/febrero/2013 •

Las mal habladas

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

Si se piensa bien, no hay motivos para la dimensión que cobró el escandalo protagonizado por la ministra Evelyn Matthei y la diputada Marta Isasi, a raíz de la difusión del diálogo subido de tono, cuando se enfrentaron en  una reunión sobre la situación de los trabajadores en la sede de Iquique de la fallida Universidad del Mar.

Es cierto.   Llama la atención que dos mujeres aparentemente educadas tengan un vocabulario como el que se conoció, pero hay que considerar que el habla habitual de muchas mujeres chilenas ha ido deteriorándose en los últimos años.  Es cosa de escuchar en la calle casi cualquier conversación de dos amigas que se sientan en confianza y se podrá comprobar que no sólo usan palabras de grueso calibre sino que hasta comparten detalles de su vida íntima, en especial cuando se trata de mujeres jóvenes.

¿Que son autoridades que deben cuidar su comportamiento?   Claro, pero no es claro que la ministra Matthei supiera que la grabación se podría difundir, aunque la diputada Isasi ha mostrado que la cámara estaba bien visible.   Por otro lado, mucho más grave que decir un garabato es condonar la deuda tributaria de una empresa a la que, al mismo tiempo, se le arrienda una propiedad por varios millones de pesos mensuales, sin que el Gobierno aparte a ese funcionario de su puesto.   Eso es mucho más obsceno.

Otro asunto es que la ciudadanía tenga derecho a exigir de sus autoridades un comportamiento determinado.   En teoría, sí existe ese derecho, al menos en lo que se refiere a todo lo que está relacionado con eventuales abusos en el ejercicio del poder, pero en ninguna ley está escrito que incluso el Presidente de la República no pueda decir una palabrota de vez en cuando.  Son seres humanos, a fin de cuentas, y tienen sentimientos y emociones.

Distinto es cuando se considera a las autoridades como modelos de comportamiento para el resto de la sociedad, y desde ese argumento sí que la ciudadanía tiene derecho a reclamar un comportamiento que trasciende por mucho el marco de lo descrito por las leyes.   Visto el asunto desde ese punto de vista, el decoro es una obligación, pero no ética sino que estética, lo que no le quita un ápice a la responsabilidad que se debe tener de todos modos.   Incurrir en actos poco estéticos amerita un reproche, pero no va más allá de eso porque no es delito ni falta.

También resulta grave que alguien no sea capaz de controlar su vocabulario, porque puede ser síntoma de una situación de estrés que justifica vacaciones, más o menos extensas, según la necesidad.

Por último, más que preocuparse de los garabatos de una ministra y una diputada, sería más útil usar ese tiempo y esa energía en preocuparnos de mejorar nuestro propio uso del lenguaje.

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