• 18/septiembre/2009 •

Las malas maneras y la diplomacia

<b>Cristián Garay Vera</b><br>Académico e investigador IDEA-Usach. Doctor en Estudios Americanos con Mención en Relaciones Internacionales, Universidad de Santiago de Chile.

Cristián Garay Vera
Académico e investigador IDEA-Usach. Doctor en Estudios Americanos con Mención en Relaciones Internacionales, Universidad de Santiago de Chile.

Converso con mi madre, de respetables 78 años, sobre la situación internacional y me espeta que “tienen estos peruanos con nosotros”. Se refiere obviamente a las quejas del ministro de exteriores limeño acerca de la necesidad de un pacto de no agresión y de la necesidad de suspender los Ejercicios Salitre en el Norte. De la respuesta rauda y poco diplomática del Ministro Vidal, pasamos al desaire oficial peruano a la festividad patria en Lima. Me dice respecto de lo primero que eso es interferencia en los asuntos internos, y yo le digo que sí, pero que también lo hace Evo con Perú y la presidenta Bachelet con Colombia, donde sus palabras sobre la inconveniencia de las bases con estadounidenses -estaba en esos momentos en Cartagena de Indias- no fueron nada de bien recibidas, ni en la calle ni en las autoridades. Y ella responde, breve y tajante, “a mi me interesan los peruanos y punto, lo demás no tiene importancia”. Bueno, mi madre es realista a ultranza, y por ello acentúa el interés chileno.

Pero es ocasión también de explicar la naturaleza profunda de esta cuestión.

La Diplomacia no consiste en un ritual de efemérides sociales y protocolos sin sentido, sino que tiene relación con la forma de conducirse en política exterior. La diplomacia aminora el escalonamiento del conflicto, que es la fase previa al “calentamiento” en que un conflicto no armado pasa a una fase violenta. Lo que se contrapone a la diplomacia son precisamente las admoniciones en público, las reprimendas, y la excesiva personalización de la política exterior. Donde no hay controles o ciudadanía, las políticas verbalistas acentúan la militarización y convierten al liderazgo, en impredecible y más riesgoso.

La ausencia de la diplomacia tiene a exacerbar las diferencias ideológicas, o históricas o de cualquier naturaleza, impidiendo buscar convergencias prácticas, cuando estas son el mínimo común posible. Dicho de otra manera la forma de hacer frente a estas presiones desmedidas en el sistema internacional, son las formas diplomáticas y ellas implican las buenas maneras. Sin ese formalismo difícilmente se llegaran a sistemas, proposiciones o diálogos inteligentes, donde se puede concordar un statu quo. Ese statu quo o convergencia es necesaria por la disparidad ideológica y de liderazgos en la región, y constituye el sustrato necesario para una integración latinoamericana si de verdad se desea construir.

La creciente moda de condicionar las decisiones políticas internas mediante llamamientos o referencias políticas internas, no solo es excesiva, sino que produce un daño adicional, al mimetizar los intereses nacionales con ventajas de corto plazo comunicacional, que dañan procesos más profundos. Es por ejemplo, poner de relieve la necesidad que Chile suspenda un ejercicio multinacional, Salitre III, que se inserta en la creciente globalización de nuestras fuerzas armadas al servicio de Naciones Unidas, y no darse cuenta que ése es un pilar del tránsito de fuerzas armadas de diseño convencional a multipropósito, al servicio de intereses no estatales y al servicio de una reconstrucción de las relaciones civiles-militares en democracia.

En suma, lo que hace daño a la región es el diálogo de sordos, en el cual un día Evo, un día Correa, otro día Chávez, o García, instalan de modo inmisericorde sus puntos de vista, en un juego de todo o nada que es ficticio, pues tampoco está en juego la existencia de sus comunidades. No hay nada que justifique un Pacto de No Agresión salvo la profecía muy conveniente de qué el otro planea atacar de modo inminente. Muy por el contrario, esos juegos y turbulencias, casi siempre retóricos, solo consiguen perturbar y rebajar la calidad de vida de las poblaciones. Hoy por hoy el deterioro de las relaciones chileno-peruanas teniendo un trasfondo peculiar y estructural –la cuestión de la Guerra del Pacífico- tiene también un marco de fondo indeseado: excesiva politización, personalización, y sustitución de la política exterior por un juego retórico. Va siendo hora de menos declaraciones, y más cuestiones de fondo, así como congruencia entre el clima que se desea generar y las ventajas que se pretende obtener: está claro que climas indeseados no pueden provocar ventajas superlativas, y que los lideres y sus decisiones en este aspecto no dejan espacio para una razonable convivencia, que al final es lo mínimo deseable y lo máximo alcanzable.

Cristián Garay Vera.

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