• 05/mayo/2013 •

Los que no se arrepienten

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

En la doctrina religiosa, casi sin diferencias, el perdón sólo se le puede entregar al que se ha arrepentido de sus faltas. Para borrar el pecado, es necesario que se asuma que el acto obrado es una falta y se haga lo posible por reparar el daño causado. En suma, que existe un sincero arrepentimiento.

En la doctrina de los derechos humanos que tanto nos ha costado ir aprendiendo, sin que el principio esté extendido aún a todos los sectores de la sociedad, rige la misma norma. Sin arrepentimiento no hay perdón, aunque en ese caso el perdón no significa la amnistía de las sanciones penales que correspondan porque el perdón alcanza sólo la esfera moral y no judicial.

En política, la falta es castigada con la pérdida del apoyo en las votaciones.   Si un partido peca -es decir, no cumple con lo que ha prometido e incurre en el abuso del poder- pierde la confianza del electorado y se ve obligado a dejar el poder.   Para poder acceder nuevamente al poder, debe mostrar, al igual que el pecador, el arrepentimiento correspondiente, o sea reconocer que se ha actuado mal y reparar el daño causado.

Cuando la Concertación perdió el poder en las elecciones del 17 enero del 2010, después de dos décadas a cargo del país, no fue solo porque el actual Presidente Sebastián Piñera fuera un candidato más atractivo que su contendor Eduardo Frei, sino porque muchos quisieron un cambio, por el cansancio acumulado por los hechos de corrupción que afectaron la última parte de los gobiernos concertacionistas y por errores como la implementación del Transantiago.

Ahora las encuestas indican la posibilidad que la Concertación vuelva al Gobierno, también a causa de la baja popularidad del Presidente Piñera, pero las declaraciones al comienzo de la actual administración respecto al reconocimiento de sus errores no han tenido correspondencia con sus actos, como lo demuestra la incapacidad de la oposición para someter a una elección primaria a sus precandidatos al Parlamento, siendo que fue la propia Concertación la que más bregó por un sistema que abriera a la ciudadanía la participación en la tarea de elegir los nombres de quienes se presentarían finalmente a las elecciones para renovar la totalidad de la Cámara de Diputados y la mitad del Senado. Si se trataba de demostrar que se había entendido el clamor ciudadano por una mayor participación, se perdió la única oportunidad de expresarlo con hechos concretos y eso es un pecado político grave del que no ha habido tampoco arrepentimiento.

Es un hecho que la UDI tampoco participará en primarias –al final sólo lo hará Renovación Nacionl y exclusivamente para diez distritos- pero no fueron ellos los que pidieron majaderamente las primarias.

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