• 12/noviembre/2009 •

Maciel

<b>Rodrigo Larraín</b><br>
Sociólogo, académico pre y postgrado en las Facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central. Tiene una Maestría en Ciencias Sociales, una Licenciatura en Educación, un post-título de Administrador e Investigado

Rodrigo Larraín
Sociólogo, académico pre y postgrado en las Facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central. Tiene una Maestría en Ciencias Sociales, una Licenciatura en Educación, un post-título de Administrador e Investigado

En relación a la doble vida que llevaba el Padre Maciel –Fundador de los Legionarios de Cristo– cabe preguntarse varias cosas desde el punto de vista católico tradicional. ‏

Se trata de una comunidad hecha y regida por él sin contrapeso; además, basada en una clase de secretismo, condenado por la encíclica “In Eminenti Specula Apostolatus” a propósito de otros grupos secretos, como los masones, situación desafortunadamente permitida por el papa anterior. Dice S. S. Clemente XII: “También hemos llegado a saber aun por la fama pública, que se esparcen a lo lejos, haciendo nuevos progresos cada día, ciertas sociedades, asambleas, reuniones, agregaciones o conventículos, llamados vulgarmente de francmasones o bajo otra denominación, según la variedad de las lenguas, en las que hombres de toda religión y secta, afectando una apariencia de honradez natural, se ligan el uno con el otro con un pacto tan estrecho como impenetrable según las leyes y los estatutos que ellos mismos han formado y se obligan por medio de juramento prestado sobre la Biblia y bajo graves penas a ocultar con un silencio inviolable, todo lo que hacen en la oscuridad del secreto”.

No es difícil apreciar que si bien el texto se refiere a la francmasonería enfatiza que su mal está dado por ser un conventículo que practica los secretos aunque sean hechos a partir de un juramento sobre la Sagrada Escritura. Entonces para cualquier cristiano todo aquello que resuma alguna clase de esoterismo es peligroso, pues la verdadera Iglesia es cristalina, exotérica y abierta a cualquiera, sin cortapisas o barreras internas.

Nótese que únicamente debido a las presiones externas, sobre todo de la prensa mundial –y no por decisión de la jerarquía eclesiástica– y cuando ya no se pudo esconder más los pecados y los delitos del fundador, se tomaron medidas. Sin embargo, es llamativo que muchas personas auto denominadas puras, fanáticas algo excéntricas, escondan sus prácticas religiosas, al punto que niegan la pertenencia al grupo de exclusivos. No sé si es cristiano considerarse puro –por lo menos en los antiguos catecismos era un pecado mortal presumir de la propia salvación– y menos despreciar a los demás por ser menos en materias de fe, considerando que esta es un don de Dios y no una opción personal. Como se ve, es mucha confusión básica acerca de cuestiones elementales del cristianismo católico.

Pero hay una cuestión muchísimo más grave y que es de orden teológico. Se aparta de la enseñanza de la Iglesia suponer que una obra no tiene causa, dicho de otro modo, que de un acto maligno surge una obra de bien. Sus orígenes descalifican a una obra que su autor diseñó y uso para fines reprobables, testigos de los delitos del fundador señalan que estos comenzaron tempranamente, o sea, nació todo viciado. Ni siquiera infinitas acciones de bien que emanen de una obra mala volverán a esta buena y menos repararán el daño que esa obra hizo, porque el delincuente no actuó en el vació sino en su propia creación. San Agustín fue clarísimo: “El bien es destruido por el mal”, ya que “El árbol bueno no puede producir frutos malos” (Mt 7:18).

Ya lo dice santo Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia que nos enseña la doctrina cierta y segura, contestando si un bien puede ser causa del mal. Dice: “El agente natural produce su efecto tal cual es el mismo, a no ser que se lo impida algo externo a él (como el caso de un criminal es malo y la prisión le impide actuar, afirmo yo)… Por eso nunca se sigue en el efecto un mal a no ser que preexista algún mal en el agente o en la materia…” (Suma Teológica, Parte I – q 49). Así solamente el mal causa al mal, lo demás es un argumento especioso, por eso, si completamos el pequeño texto de Mateo citado nos queda que “el árbol bueno da frutos buenos; pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego” (Mt 7:17-19). Y “el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego” (Mt 3:10).

Pero hay algo que es mucho más preocupante en nuestro medio, especialmente porque entraña una rebelión a la autoridad pontificia y a las enseñanzas de la Iglesia, por parte de los seguidores del inculpado. Cuando el Papa envió a un retiro forzoso a Maciel, incluso los clérigos de ese grupo tendieron a desautorizar al Pontífice antes que aceptar los graves delitos de su fundador, con un olímpico desprecio no aceptaban que pudieran ser posibles los abusos sexuales a menores; segundo, cuando ya no fue posible ocultar los delitos de la desbocada sexualidad del acusado, se intentó probar que a pesar de la maldad de éste su obra era buena –como el argumento para exculpar a Polansky, en que la condición de buen director de cine disuelve un delito antes de alcanzar la fama– y tercero, y doloroso para los creyentes, el que ciertas autoridades hayan declarado que se trataba de un caso de doble personalidad. Gravísimo, pues no sabemos de ningún indicio de tal enfermedad y, lo que es peor, introduce un relativismo moral inmenso.

Hay un riesgo para nosotros los creyentes cristianos, pues si las cosas se ponen así, entonces, se acabó el pecado y la responsabilidad del autor del mismo, porque quien peca no es la persona sino es una de sus personalidades mientras la otra permanece inmaculada; imagino que la personalidad pecadora se condenará y la otra se salvará. Reitero, grave, muy grave.

Rodrigo Larraín.

Publicado: 12/11/2009

Relacionados: