• 22/octubre/2010 •

Made in Chile

<b>David Bueno</b><br>Periodista.

David Bueno
Periodista.

Esta semana hubo dos imágenes que retuve inmediatamente en mi memoria. La primera ocurrió un día en la tarde, mientras pasaba por una conocida cadena de cine y en dónde se promocionaba con grandes carteles la tercera película del director nacional Nicolás López: “Qué pena tu vida”. Por cierto no había nadie haciendo la fila respectiva. Y la segunda fue una petición – más parecida a súplica – de la actriz Paz Bascuñán, parte del elenco de la mencionada cinta, que rogaba casi de rodillas para que el público chilensis fuera a apoyar el nuevo producto nacional. Y me dio un poco de vergüenza ajena, a decir verdad.

¿Por qué tenemos que llegar a esto? ¿Es necesario ir a buscar al público a la propia casa para que vaya a ver una película nacional y llevarlo de la mano para que no se pierda en el camino?

Convengamos en que el cine chileno no está en la elite mundial. Jamás se podrá comparar con la omnipotente industria norteamericana, por ejemplo. Pero hasta ellos mismos tienen una larga lista de bodrios cinematográficos que son para taparse el rostro y salir arrancando. Y la gente, cual circo romano, igual las va a ver.

De acuerdo. Estamos de acuerdo en que entre una Paz Bascuñán y una Angelina Jolie hay varios Brad Pitt de diferencia, sin meterme en la vida de nadie. En que entre una y otra la distancia es bien considerable. Y si nos vamos combo a combo entre el reparto de la película que inspira esta columna y cualquiera de gringolandia perdimos por paliza. ¿Pero por qué no darle una oportunidad a la creación nacional?

El fenómeno es bastante extraño. Si tomamos como referente lo que sucede en televisión, donde series como “Los Ochenta”, “Infieles” y Héroes” revientan la sintonía con historias sencillas, directas y efectos especiales bastante precarios. Claro que al momento de pagar por ver, nuestros bolsillos se cierran de inmediato.

Es cierto. Es cierto que el riesgo es más grande en nuestra pequeña industria y que las caídas han sido más que los pocos aciertos. Pero los intentos de Galaz, Quercia y compañía han sido dignos de destacar. Y hay varios otros que merecen menciones honrosas.

Usando un término de culebrón venezolano, no creo que sea bueno matar a la guagua antes de que nazca, cortarle las alas antes de que empiece a volar. Sacrificarla a la primera de cambio.

Porque “Qué pena tu vida” todavía no cumple una semana en cartelera y ya han salido varios críticos a destrozarla de entrada, a invitar a no verla. Con justa razón o no. ¿Por qué no dejar que los espectadores asistan al cine y juzguen por ellos la calidad del producto? ¿Por qué unos pocos deciden por usted o por mí? Una pregunta aplicable a millones de casos.

Parece que eso de “si es chileno es bueno” no corre en la vida real. Cuántos casos hay de personajes que pasan sin pena ni gloria en nuestra patria hasta que se van de ella, ¿Por qué preferimos el producto extranjero sólo por el hecho de serlo?

Para el caso pienso en los cientos de actores y directores de dudosa capacidad que han nacido fuera de nuestras fronteras y que son venerados y endiosados hasta el hastío en Chile, sin que nadie diga nada.

Yo, esta vez, me cuadro con el producto chileno. Y no es un acto de nacionalismo puro. Porque al igual que muchos, en varias ocasiones no gasté ni un mango por una película nacional hasta esperar verla por televisión. Y tal vez lo siga haciendo. Pero eso no quita que sienta lo que siento y que escriba lo que usted está leyendo. Es un “mea culpa” que todos deberíamos hacer.

Mientras tanto me acerco tranquilamente a la ventanilla del cine. Me preguntan qué película vengo a ver y respondo fuerte y claro: “Qué pena tu vida”. La niña me mira como si la estuviese ofendiendo y me entrega mi entrada. Entonces camino sin prisa hasta la puerta de la sala. Nadie me apura, nadie me empuja. Nadie corre para ganarme el asiento. Respiro profundo y entro. Luego les cuento cómo me fue.

David Bueno.

Publicado: 22/10/2010

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