• 29/abril/2010 •

Manzanas Podridas

<b>Felipe De Larraechea M.</b><br>Periodista, Consultor de Comunicaciones Estratégicas.

Felipe De Larraechea M.
Periodista, Consultor de Comunicaciones Estratégicas.

Tenía pensado redactar otra columna. Una que hablase de la confusión que desde los últimos comicios se ha posado como una nube en pleno invierno sobre la Concertación, y que ha tenido innumerables episodios bochornosos que incluso han llegado a cuestionar seriamente hasta qué punto es necesario mantener con vida ese viejo buque que guió con éxito la transición democrática en nuestro país, pero en el que irremediablemente el paso de los años ha hecho estragos.

Esa es una crisis.

La otra es una que nos afecta como país en nuestras fibras más profundas y que hemos recibido con dolor: las recientes acusaciones hechas a sacerdotes y religiosos por abusos sexuales en diversos países, situación que también tocó fuertemente a la Iglesia chilena.

En su carta hecha pública el pasado domingo 25 de abril en todas las parroquias de la arquidiócesis de Santiago, el Cardenal Arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz, pidió perdón a las víctimas además de llamar a los párrocos a que “conozcan el parecer y el proceder” de las autoridades eclesiásticas ante los casos de pedofilia en el mundo, y en particular las acusaciones por abusos (aunque no hacia menores) contra el sacerdote Fernando Karadima.

Pero también la nota añade que, ante las denuncias presentadas actualmente, los antecedentes fueron entregados al “nuevo promotor de justicia, nombrado en 2009”, a quien se solicitó que indagara “a fondo los hechos”. “Este procedimiento, que aún no ha concluido, ocurre con total reserva, para proteger la libertad de quienes denuncian, defienden y dan testimonios, y preservar el buen nombre de todos ellos”, puntualiza la carta.

No obstante, lo que como católico hubiese esperado es no sólo el llamado a denunciar estos pecados ante la Iglesia y Dios, sino también ante Tribunales pues estamos hablando delitos que deben ser juzgados como tal (pese a que en el caso Karadima la Fiscalía Oriente le ha prestado especial atención al asunto). Y esto representa una problemática que tiene directa relación con un tema que es necesario abordar hoy: la modernización definitiva de la Iglesia.

Es necesario puntualizar, eso si, que si bien es cierto no hay menores comprometidos en el caso Karadima, hubo manejos que no se condicen con la moral eclesiástica ni con el derecho canónico (homosexualidad, castidad, celibato), por lo que la Fiscalía difícilmente levantará cargos contra el sacerdote. De acuerdo a esto, deben ser los tribunales de la Iglesia quienes saquen sus propias conclusiones y juzguen de acuerdo a sus reglas y tomando en cuenta lo que la comunidad les exige.

Pero, ¿cómo hacerlo sin pasar a llevar a aquellos correctos feligreses pero reacios al cambio, o a aquellos otros que vergonzosamente ofrecen golpes a quiénes investigan en pos de la verdad?

No es tarea fácil. Tan sólo recordemos que la última gran reforma la Iglesia Católica se realizó hace más de 400 años, cuando la crisis del catolicismo llevó a generar una división entre el catolicismo y el protestantismo, obra fundamental deMartín Lutero. Para que hablar del anglicanismo y, posteriormente, de la Iglesia Católica Ortodoxa.

En ese período el humanismo como corriente estaba en pañales. Hoy, la Iglesia debe observar la post-modernidad como una oportunidad de acercamiento, apertura y renovación, de reemplazo de su verticalidad a favor de mayor horizontalidad, y no como una amenaza que lo único que logrará es profundizar el secretismo (catacumbas incluidas) y el centralismo de su estructura organizacional, comidillo que para muchos es el combustible ideal para comenzar un incendio.

En estos momentos debemos, en la medida del alcance que los hechos acaecidos tienen para cada uno de nosotros, intentar mantener la mayor objetividad posible frente a este delicado tema, esperando la confirmación o rectificación de las acusaciones (el respeto a la presunción de inocencia es algo que no se puede poner en entre dicho), lo que demostrará para hipotéticas situaciones de similar calibre que como país e iglesia están dadas las condiciones para esclarecer problemáticas de esta índole.

Eso si, no sobredimensionemos. Hay que recordar que sólo en Chile existen más de 1500 sacerdotes y sólo cerca de 20 acusaciones. Es por esto que como sociedad debemos evitar – no podemos – juzgar a aquellos que con cruz en mano han optado por hacer el bien, con fidelidad, honrando su vocación, pero que injustamente son apuntados con el dedo sea por la razón que fuese.

Lo importante y urgente es, entonces, sacar a tiempo las manzanas podridas del cajón.

Felipe De Larraechea M.

Publicado: 29/04/2010

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