• 11/junio/2013 •

Mi cultura, mis derechos

<b>Federico García Larraín</b><br>Licenciado en Filosofía, U de los Andes Bachiller en Estudios Medievales, New York University<br>--<br><a target="_blank" href="http://eldiarioilustrado.blogspot.com/">Pagina Web</a>

Federico García Larraín
Licenciado en Filosofía, U de los Andes Bachiller en Estudios Medievales, New York University
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Ser peatón y usar el transporte público tiene algunas ventajas respecto de andar en auto. Una de ellas es observar la realidad a nivel de calle: se ven cosas que pasan desapercibidas para el automovilista. Hace que uno esté un poco más expuesto a lo que hay, y un poco menos a lo que uno mismo selecciona (estar expuesto principalmente a las propias preferencias es uno de los peligros de la individualización de los aparatos electrónicos y se exacerba con internet, donde los medios alternativos y redes sociales se transforman en cajas de resonancia). Esto va desde oír el programa de radio que suena en la micro a ver los titulares de los diarios que uno no compra.

Hace poco pude fijarme en la última campaña del Instituto Nacional de Derechos Humanos (“Vuelve a ser humano”), en la que a través de varios afiches, sencillos y directos, pegados en las murallas y postes, se llama a los ciudadanos a no sentirse menoscabados en su dignidad al reclamar sus derechos. Uno me llamó especialmente la atención. Decía “Que no te traten como bicho raro por conservar tu cultura”. Se dirigía a los integrantes de los pueblos originarios, y citaba un convenio de la Organización Internacional del Trabajo. Aun así, me quedé pensando cuál era mi cultura, y si alguna vez me habían tratado como bicho raro por tratar de conservarla. Sin duda, el término conservador es peyorativo en algunos círculos.

No hay espacio para definir lo que es cultura, y otros lo han hecho mejor de lo que podría hacerlo yo, pero hice cuenta de lo mucho que ha cambiado la sociedad chilena en el último tiempo, y en los cambios que posiblemente vengan en el futuro. Mi cultura –y eso que no soy tan viejo– era una en la cual hombre y mujer se casaban hasta que la muerte los separase, en la que los alumnos respetaban al profesor y el profesor sabía exigir ese respeto, en la que el embarazo adolescente no era algo indiferente, en la que ciertas imágenes no podían exhibirse en público, en la que fumar marihuana no era señal de estar al día, o en la que una persona podía ofrecer su opinión sin ser insultada de vuelta, etc.

Muchos intentaron defender esta cultura, con poco éxito. Es cosa de notar, por ejemplo, como la ley de divorcio se aplica retroactivamente: a quienes se casaron pensando que era algo para toda la vida, les cambiaron las reglas de juego en la mitad. No se respetó su cultura, ni su voluntad de conservarla.

Más allá de lo dicho, la degradación del debate público, sobre todo en internet, muestra que a quienes quieren conservar su cultura –si se trata de la cultura que habían en Chile hasta hace poco– se los trata como bichos raros o cosas peores. Es de suponer que el INDH no hará ninguna campaña acerca de esto. No hay a quién reclamar este derecho, porque en nuestro país, todos somos iguales, pero algunos más iguales que otros.

Federico García Larraín

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