• 16/julio/2009 •

Más allá de las crisis, un país posible asoma

<b>Rodrigo Vidal Rojas</b><br>
Arquitecto Universidad de Santiago de Chile. Docteur es Lettres, Universite de Lausanne, Suiza Master en Diseno Urbano y Ordenamiento del Territorio, Universite de Geneve, Suiza. Master en Ciencias Sociales del Desarrollo, Universite de Geneve, Suiza. Di

Rodrigo Vidal Rojas
Arquitecto Universidad de Santiago de Chile. Docteur es Lettres, Universite de Lausanne, Suiza Master en Diseno Urbano y Ordenamiento del Territorio, Universite de Geneve, Suiza. Master en Ciencias Sociales del Desarrollo, Universite de Geneve, Suiza. Di

La persistencia del problema de la calidad de vida en Santiago y en algunos de los principales centros urbanos del país es un problema político. Y si es político, es ético. Contrariamente a lo que pueda pensarse, la crisis ambiental, el problema de seguridad ciudadana, las dificultades de higiene pública, los largos tiempos de recorrido hogar-trabajo o la violencia social, son disfuncionamientos de origen político que se resuelven políticamente.

El argumento central que sustenta esta afirmación es de una evidencia casi infantil. En muchos países y ciudades del mundo estas crisis sociales fueron resueltas, demostrando así que las herramientas técnicas, normativas y económicas existen para superarlas. Londres resolvió el problema de la contaminación ambiental que surgió en el período de la industrialización y Curitiba avanza, lenta pero segura, hacia una mejor calidad ambiental. Inglaterra terminó con la violencia en los estadios. Las principales ciudades belgas y holandesas han ido resolviendo el problema de los recorridos hogar-trabajo con leyes e iniciativas creativas; mientras las ciudades suizas gozan de un transporte público de calidad envidiable. En el Cuzco se protege la higiene urbana para exponer calles que da gusto recorrer y en Barcelona, los catalanes se las arreglaron para, en poco más de una década, transformar decenas de sitios eriazos, abandonados o en mal estado, en espacios públicos dignos de imitar. Muchos suburbios de grandes ciudades estadounidenses, tras desarrollarse durantes largas décadas como ciudades casi exclusivamente dormitorio, hoy recobran vitalidad construyendo espacios y edificios públicos que contribuyen a la cohesión social. Tanto en Cuba como en Francia, desde los años ’60, con gobiernos muy disímiles, se logró contener la expansión de la ciudad capital y estimular el desarrollo de ciudades intermedias al punto que, hoy en día, las diferencias de envergadura entre las ciudades capitales y las capitales regionales son mucho menores que lo que ocurre en Chile.

¿Podría alguien sugerir que, tras estos logros, hubo mucho dinero sobrante en Cuzco o Cuba? ¿Más dinero sobrante que el que nos han proporcionado en Chile los excedentes del cobre? ¿Podría alguien, seriamente, sugerir que hubo autoritarismo obligante tras las decisiones de Francia, Suiza, Inglaterra, Holanda, Bélgica o Barcelona? ¿Podría alguien imaginar que tras los logros de Curitiba hubo un mayor manejo tecnológico que el que tenemos hoy en Chile? Lo que vincula estos casos (y muchísimos otros que sería lato señalar) es que detrás hubo decisión y liderazgo político. Desde alcaldes y gobiernos locales con atribuciones y respaldo suficiente para actuar, como en Barcelona, Cuzco, Curitiba y Londres, hasta gobiernos que decidieron que la calidad de vida de las personas era la prioridad número 1, como en Holanda, Suiza y Bélgica, pasando por gobiernos que, como en Cuba y Francia, tuvieron miradas de largo plazo para actuar, y no miradas miopes o corto placistas, en función de la crematística del mercado.

La crisis ambiental de Santiago tiene su razón de ser en la localización de industria pesada contaminante, en la concentración del tráfico automotriz, en la extensión física de la ciudad a través de terrenos hasta hoy polvorientos, en la nula gestión de desechos, en la eliminación de terrenos agrícolas y forestales y en la inutilidad de los planes reguladores (en su forma actual) en un valle con escasa ventilación del aire. La solución es la deslocalización de la industria pesada al norte del Chacabuco, al sur de Angostura de Paine y al poniente de la Cordillera de la Costa; la inversión de los privados en eficiencia tecnológica en su industria; la reducción del parque automotor; el fortalecimiento del trasporte público; la construcción de áreas verdes, parques y bosques urbanos; la eliminación de las miles de hectáreas de polvo urbano; la gestión sustentable de desechos y la disminución de la población residente en el valle del Maipo, por lo menos a la mitad de la que existe hoy. No hay otra solución y ésta es una decisión política. Los recursos técnicos, normativos y económicos para lograrlo, existen.

Estas mismas decisiones, acompañadas por una modificación del régimen horario de la actividad laboral; por un sistema de recompensas (multas y premios) para quienes transgredan o cumplan las normas del buen vivir urbano; un énfasis de verdad puesto en la calidad de la educación básica, dónde se forma al ciudadano; un sistema carcelario reformador de personas reformables y no solo punitivo, donde los reos recuperables se dediquen a labores de bien público, en el campo, en el sur, en el norte, en lugar de estar encerrados todo el día en una prisión; entre muchos otros aspectos, permitiría aumentar la seguridad ciudadana, resolver los problemas de higiene y disminuir los tiempos de recorrido. En un plazo de entre 5 y 20 años habríamos dado un salto cualitativo.

Todo lo anterior es posible; otras sociedades ya lo lograron con decisión y gestión pública; con un Estado y municipios fuertes, fibrosos, enérgicos, financiados y no fofos, grasosos, colesterosos y muchas veces despilfarradores del erario público. Con un emprendimiento privado libre para actuar donde quieran, pero con condiciones previa y claramente establecidas, y en las áreas no estratégicas del país y la ciudad. Pero para eso, se requiere, primero, decidir como sociedad que el bien público y colectivo está en primer lugar. Todos remamos para el mismo lado y no cada uno para su propio emprendimiento. Segundo, un Estado y municipios fuertes, responsables y dueños de la propiedad estratégica de la nación.

¿Alguno de mis lectores ha visto algo de lo anterior en los programas de gobierno de los candidatos a la primera magistratura de la nación? Un país y ciudades dónde sea grato vivir es posible, si tomamos las decisiones políticas requeridas. No tomarlas, contando con los recursos técnicos, normativos y económicos, es faltar a la ética política. Solo con decisión política y estatura ética y moral, nuestras ciudades serán viables para nosotros y para nuestros hijos.

Rodrigo Vidal Rojas

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