• 03/agosto/2015 •

Naturaleza, hombre, Dios (o una encíclica con tres Franciscos)

<b>Federico García Larraín</b><br>Licenciado en Filosofía, U de los Andes Bachiller en Estudios Medievales, New York University<br>--<br><a target="_blank" href="//eldiarioilustrado.blogspot.com/">Pagina Web</a>

Federico García Larraín
Licenciado en Filosofía, U de los Andes Bachiller en Estudios Medievales, New York University
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Y entonces le pregunté: Suponga que el Papa mirara al cielo, viera una nube y dijera: “Va a llover”. ¿Llovería forzosamente? “Oh, sí, padre.” “Pero suponga que no lloviera.” Lo pensó un rato y al cabo dijo: “Supongo que estaría lloviendo espiritualmen­te, pero que somos demasiado pecadores para verlo”.
Evelyn Waugh, en Retorno a Brideshead

Laudato si, la última encíclica del Papa Francisco, como casi todas las encíclicas papales desde la Rerum novarum hasta la Veritatis splendor, pasando, por supuesto, por la Humanae vitae, ha dado que hablar. Algunos la han encontrado perturbadora y se alegran por la incomodidad que está causando, otros han mostrado su desacuerdo. Es, sin duda, un documento fuerte, que nos recuerda que si hemos de vivir cristianamente, y  humanamente, tenemos mucho que cambiar y mucho a lo que renunciar. Toma posturas audaces y desciende a detalles pedestres, hasta sugerir, por ejemplo, que se modere el uso del aire acondicionado. El lenguaje llega a ser duro: compara el estado del mundo con un basural (como si hubiera visto nuestras playas y parques después de una fiesta universitaria). Algunos se han quedado en detalles y buscado inconsistencias. No se trata de eso, lo que importa es la cuestión de fondo: la conexión que existe entre el uso de los recursos de la tierra y la conducta moral y religiosa.

El tono de la Laudato si recuerda la visión de la ciencia y dela técnica de C.S. Lewis (planteada en La Abolición del Hombre) y el planteamiento ecológico-económico de J.R.R. Tolkien y de G.K. Chesterton, es decir, se refiere a la disposición moral que anima la conducta, más que a las aplicaciones técnicas que la habilitan. Al parecer, una de las cosas que más preocupan al Santo Padre, en congruencia con sus encíclicas anteriores, es la codicia humana y sus consecuencias e implicancias en todo orden de cosas. Si algunos de los referentes, y el mismo tono de la Laudato si, parecen demasiado medievales, no es coincidencia: el mismo título de la encíclica está tomado del Cántico de las Criaturas de San Francisco de Asís. Laudato si se remonta a una visión del mundo anterior a Francis Bacon (“torturar a la naturaleza hasta arrancarle sus secretos”).

Esta visión del mundo, va más allá, incluso, de la misma conducta moral. Propone una visión teológica de la naturaleza, un cuidado de ella basado en la doctrina judeocristiana de la Creación. Nuevamente nos podemos remitir al título: Alabado seas. ¿Quién? (El Cántico de las Criaturas se dirige a Dios, no al mundo y su preocupación es el destino final del hombre: termina con consideraciones sobre la muerte que no suelen oírse en los púlpitos contemporáneos. Cito el poema completo abajo.) Ésta es, tal vez, la única manera de plantear el problema ecológico salvando a la vez al hombre y a la naturaleza.

La ecología da por supuesto el fundamento del problema ecológico y por lo tanto lo oculta. Quizás conviene re-plantearse el problema de la manera más fuerte posible: cuestionando que sea un problema. Si, en un futuro no muy lejano desde una perspectiva cósmica, el sol engullirá a la Tierra reduciéndolo todo a cenizas, qué importa que se extingan algunas especies o se ensucien algunas aguas en el intertanto: todo acabará igual. O puesto de otro modo: ¿Qué problema hay en comerse el último huemul asado sobre las brasas del último alerce, si los únicos que los verán serán unos pocos turistas extranjeros? ¿Por qué no aplicar a rajatabla el lema no-oficial de Luis XV: después de mí, el diluvio?

Si se pretende justificar la ecología desde un antropocentrismo (con argumentos del tipo que la biodiversidad es fundamental mantener el equilibrio necesario para el sustento de la vida humana), esa misma línea de argumentación puede usarse en el sentido contrario: los maoríes, por ejemplo, cazaron hasta la extinción a varias especies de aves en Nueva Zelanda y no sucumbieron por ello. Hemos contaminado mucho, pero igual seguimos aquí y vivimos vidas más largas y cómodas ahora que en tiempos menos contaminados. ¿Y qué pasará con las futuras generaciones? Por una parte parece razonable que nos preocupen, pero por otra, podemos volver a Luis XV ¿qué nos puede importar cómo les dejemos el mundo, si nosotros no estaremos ahí para verlo? Además, como indica Lewis en La Abolición del Hombre, las futuras generaciones dependen de la actual para llegar a existir (y a juzgar por las tasas de natalidad en occidente, no habrá muchas futuras generaciones).

No es fácil dar una respuesta sólida acerca del valor intrínseco (que no esté en relación al ser humano) que pueda tener un animal o una planta. El Papa Francisco responde diciendo que el valor de la naturaleza radica en que fue creada por Dios y manifiesta su Gloria. Esta fundamentación, metafísica y teológica, pone orden en el universo. Sin este orden, el caos que reina (es cosa de verlo) surge de la lucha por el poder. El lugar del hombre queda entre las criaturas, por eso San Francisco de Asís se refiere a ellas como hermanas y hermanos, pero sin duda que es una criatura muy especial. Y a pesar de que una visión teológica del problema ecológico resulte inaceptable para muchos en un mundo del cual Dios ha sido expulsado, la gravedad del asunto se puede ver en las alternativas que quedan.

Si se expulsa a Dios del universo, o el hombre se hace dios y domina sin contrapeso sobre la naturaleza (la visión de la modernidad), o la naturaleza se transforma en diosa y domina al hombre hasta anularlo (la visión pagana y neo-pagana). La propuesta del Papa Francisco, tomada del Génesis y en continuidad con el Magisterio de siempre, pone al hombre como administrador de un mundo del cual no es dueño absoluto. Cuando el hombre se hace dueño absoluto de la naturaleza la explota y destruye para satisfacer sus apetitos y su codicia que, al no estar sometidos a una realidad superior, pasan a ser la guía última de su conducta. Los resultados, me parece, son bastante evidentes.

Pero cuando la naturaleza se deifica, resulta ser una diosa cruel, que se vuelve contra el hombre exigiendo sacrificios humanos. Tiene esas dos caras la naturaleza: por una parte es bella, pero por otra es extremadamente cruel. No puede ser de otra manera; para que unos vivan otros tienen morir, y esas muertes pueden ser muy dolorosas. Esta crueldad se manifiesta en los cultos a las fuerzas naturales y a los impulsos básicos del ser humano: el fuego, el sol, la fertilidad, el agua… El mismo C.S. Lewis lo expresó en un poema, escrito durante su período ateo, en el que mira al mundo natural sin sentimentalismo (como poema no es muy bueno, pero lo cito completo abajo; contrasta con el Cántico: una naturaleza absoluta, sin Dios frente a la naturaleza como Creación). Aztecas, mapuche, griegos, fenicios, polinesios… sacrificaban víctimas humanas –mejor si eran inocentes– a sus dioses cósmicos. El nuevo culto a la naturaleza sigue la misma regla aunque más sutilmente. En cualquier caso, el anti-humanismo del ecologismo profundo, en algunos casos explícito, lo permea todo. A modo de muestra, en un reciente seminario de ética la profesora concluyó que el ser humano no era más que una plaga sobre el planeta. Muchos de mis alumnos me han expresado sentimientos parecidos. (Ah, pero siempre son otros los que están demás: quiénes son esos, tal cosa es decidida por los sacerdotes de este nuevo culto.)

El cuidado de la “casa común” presenta diversos problemas y retos. La solución a los problemas técnicos pasa por la técnica (y el Papa dice más de una vez que no existe una solución única en materias temporales), pero lo que el Santo Padre recalca es que la raíz de estos problemas no es técnica, sino moral y espiritual, y por lo tanto, la solución implica una conversión hacia el Creador.

Habla Satán 

C.S. Lewis (1919)
Yo soy la Naturaleza, la Madre Poderosa,
Yo soy la ley: no tendrás otra.
Yo soy la flor y la fresca gota de rocío,
Soy la lujuria en tu carne ansiosa.
Yo soy la inmundicia y la tensión de la batalla,
Soy el dolor vacío de la viuda.
Yo soy el mar, para ahogar tu aliento,
Soy la bomba, la muerte que desciende.
Yo el hecho y la aplastante razón
para frustrar de tu fantasía la recién nacida traición.
Yo soy la araña tejiendo su tela,
Yo soy la bestia con las fauces empapadas en sangre.
Yo soy el lobo que persigue al sol
y lo alcanzaré antes de que acabe el día.

Cántico de las Criaturas

San Francisco de Asís (1224)
Altísimo y omnipotente buen Señor,

tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, te convienen
y ningún hombre es digno de nombrarte.
Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.
Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.
Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.
Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua,
la cual es muy humilde, preciosa y casta.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.
Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.
Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.
Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará
en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.
Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad.
Federico García Larrain
@fgarcialarrain

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