• 25/septiembre/2020 •

¡No te puede fascinar Ripley! o porqué los artistas son de izquierda

<b>Marco Romero</b><br>Gestor Cultural

Marco Romero
Gestor Cultural

¡No te puede fascinar Ripley! exclamó el actor cuando vio a su colega en un anuncio de aquella casa comercial. Un reproche bastante curioso dado que su sueldo también provenía de la recaudación económica por concepto de publicidad. Más allá de la coherencia de la crítica, esta me condujo a reflexionar sobre las principales razones que se esgrimen para justificar esa comunión espontánea, fluida y orgánica del mundo del arte con posiciones históricamente de izquierda. 

Se dice que los artistas se enfrentan a las instituciones donde reside el poder y juzgan severamente la desigualdad e injusticias impuestas por el capitalismo. A esto se suma un rechazo generalizado a la competencia laboral, consumo excesivo de ciertos bienes y servicios que denotaría una decadencia cultural y para concluir, la destrucción ecológica. Sin embargo, sabemos que el poder gubernamental varía constantemente de signo ideológico, lo cual debería impedir una afiliación perpetua con algún movimiento político y si bien la desigualdad y pobreza en Chile es una realidad innegable, no es menos cierto que durante los últimos treinta años esta ha retrocedido fuertemente producto de la estabilidad política y movilidad social que ha promovido el modelo económico vigente. Pero si estos datos objetivos no resultan del todo convincentes, miremos a países desarrollados donde la desigualdad y pobreza aun siendo mínima no desalienta la crítica anticapitalista. Asimismo, los efectos negativos de la competencia laboral surgen en todo grupo humano donde personas que ejercen una misma actividad luchan por recursos limitados, la diferencia radica en que una economía libre también facilita la cooperación espontánea donde se benefician múltiples actores. Con respecto al ‘consumismo nocivo’ que fomentaría el neoliberalismo, observo un desprecio moral e intelectual hacia ciertos grupos sociales más que apuntar a una práctica concreta que esté dañando al quehacer artístico. Finalmente, la destrucción ecológica es una realidad indesmentible y probablemente la más urgente que debemos afrontar. En este sentido, junto con asignar la debida responsabilidad a los gobiernos de las últimas décadas también deberíamos convenir que las principales respuestas en innovación para enfrentar esta problemática provienen desde las economías más libres. En definitiva, creo que la clave a la pregunta inicial reside en otros rincones de nuestra mente para entender las motivaciones en el arte político. 

Recuerdo que mientras cursaba la carrera de teatro en la Universidad de Chile, nuestro destacado profesor, Ramón Griffero con su habitual desenfado y buen humor hacía referencia a los orígenes del arte describiendo una escena paleolítica en donde todos los hombres se habían ido a cazar mamuts excepto uno medio ‘raro’ que había preferido quedarse en la cueva a dibujar en las paredes. Dado que el relato me parece bastante verosímil me animo a sugerir un segundo acto. Una vez asada la carne se ubicó toda la tribu alrededor del fuego, menos aquel artista primitivo que dividía su atención entre la fogata y su pintura. Guiado por simple curiosidad, uno de los cazadores se le acerca lentamente mientras engulle un trozo de carne. Al descubrir los dibujos sobre la pared lo captura una extraña emoción y se queda observando los animales con una atención tan voraz como la del artista que mira el trozo de carne que cuelga de su mano a medio comer. Al percatarse, el cazador se lo ofrece como gesto de admiración. De allí en adelante esta dinámica siguió repitiéndose y complejizándose y quizás podríamos señalarla como un acto primitivo que inicia el largo recorrido de la subvención a las artes. 

Si nos adelantamos unos 80 mil años hasta 1776, fecha de publicación de “La riqueza de las naciones” de Adam Smith encontraremos la diferenciación que el autor hace entre trabajos productivos y no productivos. Dentro de los trabajos no productivos Smith nombra a abogados, religiosos, médicos, 

bufones, cantantes de ópera, músicos, etc. Esta observación técnica basada en el simple hecho que estas profesiones no producen bienes tangibles que puedan ser comercializados no es en ningún caso un reproche profesional. Es más, él le atribuye al arte un valor superior, pero nota que para poder financiar estas actividades y acceder a ellas es necesario tener disponibilidad de recursos económicos. Pues bien, en aquella época hasta entrado el siglo veinte los artistas más afortunados eran financiados por mecenas. Más tarde, los estados totalitarios financiaron a artistas para elaborar su propaganda política y finalmente, las democracias occidentales comenzaron a asignar recursos provenientes desde el estado, entendiendo el valor social que esta significaba. 

Actualmente, los proyectos aprobados deben responder a criterios donde se calibran factores artísticos, políticos y sociales, siendo beneficiados aproximadamente el 20 por ciento de los postulantes. En otras palabras, los artistas en su mayoría nunca han podido emanciparse económicamente como otras áreas del desarrollo humano. La dinámica anárquica de la oferta y demanda no favorece a las artes, pero ¿qué pasaría si fuera al revés? ¿Si el requerimiento por producción artística fuera tan alto que por consiguiente sus creadores gozaran de total empleabilidad con abultados sueldos, seguirían siendo igualmente críticos con nuestro sistema económico? Temo que sí. 

Fruto de los avances tecnológicos y aumento del poder adquisitivo las artes nunca han gozado de mayor proliferación, exposición y demanda, sin embargo las críticas al sistema socioeconómico no cesan, y no son pocas las voces que no solo exigen más recursos, sino más bien un cambio radical a nuestro sistema por otro que rasque donde pique, y es que todas las razones expuestas anteriormente apuntan a satisfacer las inquietudes racionales originadas en el hemisferio izquierdo de nuestros cerebros, sin embargo si discutimos sobre arte y de su atracción exclusiva con un pensamiento político dominante, irónicamente, debemos buscar las respuestas en el hemisferio derecho. El origen de esta historia de amor turbulento, a mi entender, se encuentra en la emoción, en las tripas. Son las emociones surgidas de nuestras experiencias las que muchas veces guían nuestros comportamientos e ideas. Estas ideas proveen de sustento teórico al campo ideológico, pero no debemos soslayar la fuerza primitiva de las emociones. Es en este ámbito donde tanto las corrientes políticas liberales como conservadoras quedan en desventaja frente a las narrativas populistas porque ambas admiten con realismo (y no pocas veces con pesimismo) sus propias limitaciones, que son en definitiva las limitaciones que ha de sobrellevar el ser humano. El problema es que este baño frío de pragmatismo es incapaz de seducir y mucho menos de saciar a un alma adolescente y hambrienta que no quiere saber de límites en su búsqueda de lo bello y lo perfecto. El imaginario político de la izquierda a través de sus promesas idílicas posee una capacidad única para convocar y movilizar. Tarde o temprano se ha de llegar a la inevitable lucha social donde surge un relato épico que fortalece al alma revolucionaria ya convencida en llegar hasta las últimas consecuencias. En esta batalla de largo aliento son innumerables los enemigos del pueblo, triunfos heroicos y amargas derrotas. Imágenes incrustadas en nuestras mentes que han sido captadas y transmitidas en todo su esplendor por medios artísticos, y con toda lógica; arte, izquierda y revolución son pasiones inseparables e insustituibles que calan en lo más profundo del deseo humano.

Marco Romero
Gestor Cultural

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