• 28/mayo/2018 •

Nosotros los progresistas

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

Si hasta hace un tiempo resultaba difícil entender qué era el progresismo en nuestro país, el surgimiento del feminismo vino a complicar aún más las cosas y hemos descubierto que se puede muy bien ser de avanzada en los temas económicos y políticos pero eso no necesariamente asegura que se lo sea cuando se trata de la igualdad de géneros.

Esto lo ha entendido muy bien el Presidente Piñera, y en especial su ministra de la Mujer Isabel Plá, y tuvieron la inteligencia de introducir un elemento de mayor confusión aún con una batería de 12 medidas legislativas y administrativas que -pese a las críticas por su nivel de profundidad, falta de claridad y la siempre presente letra chica- no pueden dejar de reconocerse en lo grueso como pasos concretos hacia la igualdad de género reclamada por las feministas.

Evidentemente, las propuestas del Gobierno no dan respuesta al feminismo más radical que pide reemplazar el patriarcado por un matriarcado, pero sí son suficientes para que se produzca la impresión en la opinión pública que la defensa de la igualdad no sea patrimonio exclusivo de los partidos y movimientos de izquierda.

Surge así la interrogante respecto a qué significa ser progresista en lo que se refiere al feminismo, en especial cuando se ve que muchos dirigentes políticos de “avanzada” se quedan sin respuesta frente a este nuevo fenómeno que, más allá de las modas, parece haber llegado para quedarse.

Una rápida revisión de la historia nos permite darnos cuenta que las variables con las que medimos el grado de progresismo y conservadurismo de los políticos se remonta prácticamente hasta el siglo XVIII, cuando se produjeron la Revolución Francesa y otros movimientos que dieron forma a la que conocemos en la actualidad como democracia representativa, que tuvo la responsabilidad de sustituir las formas de la monarquía y el absolutismo de la edad media.

A veces pensamos que los cambios sociales pueden ser rápidos y bruscos, pero la verdad es que no logran consolidarse si no vienen acompañados de su correlato cultural y es en ese plano que el actual feminismo con su corta historia de poco más de medio siglo, si consideramos su etapa moderna desde el sufragismo que buscaba reconocer a las mujeres como sujetos de derechos políticos, tiene una difícil misión entre los que aún no se han convertido a su ideario.

Mientras ello no ocurra y la erradicación del abuso y la desigualdad tenga que seguir siendo impuesta con amenazas de cárcel y abuso, el feminismo no sólo tendrá que luchar para ser validado como parte del progresismo sino que tendrá como enemigos tanto al progresismo como al conservadurismo.

 

Andrés Rojo Torrealba

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